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Mi segunda lección fue descubrir que Becky me había regañado. Podía haber protestado por su descaro, pero sabía que tenía razón.

Vi con mucha frecuencia a Daphne durante los siguientes meses, sin que Becky se enterase de nuestra verdadera relación. Me enseñó muchísimo sobre el mundo de mis nuevos clientes y terminó llevándome a tiendas de ropa, cines y a un teatro del West-End, para ver obras como El abanico de lady Windermere y Volpone. Ninguna obra sacaba chicas bailando en el escenario, pero me gustaron. Sólo le paré los pies cuando intentó que dejara de acudir los sábados por la tarde a ver los partidos del West Ham, en favor de otro equipo llamado los Arlequines. Sin embargo, lo que dio comienzo a una historia de amor que resultó tan cara como cualquier mujer fue su introducción a la Galería Nacional y a sus cinco mil lienzos. Pocos meses después la arrastré yo a las últimas exhibiciones: Renoir, Manet, y un joven español muy de moda llamado Picasso. Estos pintores estaban empezando a atraer la atención de la sociedad elegante de Londres. Tenía la esperanza de que Becky notara el cambio obrado en mí, pero sus ojos nunca se apartaban del capitán Trentham.

A instancias de Daphne empecé a leer dos periódicos al día. Eligió el Daily Express y el News Chronicle, y cuando me invitaba a visitarla en Lowndes Square ojeaba algunas de sus revistas, Punch o Strand. Empecé a descubrir quién era quién, quién hacía qué, y a quién. Fui a Sotheby's por primera vez y vi cómo se subastaba un Constable de la primera época por el precio récord de novecientas guineas. Más dinero del que representaban «Trumper's», sus luces y accesorios juntos. Confieso que ni aquella magnífica escena campestre, ni cualquier cuadro de los que vi en galerías y subastas podía compararse con el orgullo que sentía por el retrato de la Virgen María y el Niño que había pertenecido a Tommy, y que seguía colgado sobre mi cama.

Cuando Becky presentó el balance del primer año en enero de 1920, empecé a darme cuenta de que mi ambición de comprar una segunda tienda ya no era un sueño. Sin previa advertencia, dos locales se pusieron a la venta aquel mismo mes. Indiqué a Becky al instante que se las arreglara para conseguir el dinero necesario para comprarlos.

Daphne me advirtió más tarde que Becky encontraba serios problemas para obtener el dinero, y aunque yo no dije nada estaba esperando el comentario de que iba a ser imposible, sobre todo porque su mente parecía totalmente absorta en Trentham y en su inminente partida hacia la India. Cuando anunció el día de su marcha que se habían prometido de forma oficial, le hubiera cortado la cabeza (y también la mía) de buena gana, pero Daphne me aseguró que varias damas de Londres habían padecido la ilusión, en uno u otro momento, de que iban a casarse con el capitán Trentham. No obstante, Becky confiaba tanto en las intenciones de Trentham que yo no sabía a cuál de las dos mujeres creer.

Mi antiguo comandante en jefe apareció en la tienda la semana siguiente para completar la lista de compras de su mujer. Nunca olvidaré el momento en que sacó un monedero del bolsillo de la chaqueta y buscó sueltos. Hasta entonces, no se me había ocurrido que un coronel viviera en el mundo real. Sin embargo, se marchó con la promesa de enviarme dos entradas de diez chelines para el baile del regimiento; se mostró a la altura de su palabra.

Mi euforia (otra palabra Harcourt-Browne) por la decisión del coronel duró unas veinticuatro horas. Entonces, Daphne me dijo que Becky estaba embarazada. Mi primera reacción fue desear haber matado a Trentham en el frente occidental, en lugar de contribuir a salvar la vida de aquel hijo de puta. Sin embargo, supuse que volvería cuanto antes de la India para casarse con Becky antes de que el crío naciera. Detestaba la idea de que volviera a entremeterse en nuestras vidas, pero era la única medida que un caballero podía tomar. Pocos días después, Becky admitió que iba a tener un hijo.

Fue por esta época cuando Daphne explicó que si esperábamos sacar dinero a los bancos necesitábamos definitivamente un testaferro. El sexo de Becky militaba (otra palabreja de Daphne) contra ella, si bien fue lo bastante cortés para no mencionar que mi acento «militaba» contra mí.

Becky informó a Daphne, al volver a casa del baile, que había elegido al coronel como hombre idóneo para representarnos cuando fuera a solicitar, con la gorra en la mano, préstamos a uno de los bancos. Yo no era optimista, pero Becky insistió, después de conversar con la esposa del coronel, que deberíamos ir a verle y exponerle nuestro caso, como mínimo.

Obedecí y, para mi sorpresa, recibimos una carta diez días después, comunicándonos que era nuestro hombre.

Desde aquel momento, mi interés se centró en averiguar cuanto antes las intenciones de Trentham. Me quedé horrorizado al descubrir que Becky no había escrito al tipo para darle la noticia, aunque estaba embarazada de casi cuatro meses. La obligué a jurar que enviaría una carta aquella misma noche, pero se negó a amenazarle con arruinar su carrera. Daphne me aseguró al día siguiente que había visto, desde la ventana de la cocina, cómo Becky echaba la carta al correo. Quedé con el coronel, y le informé sobre el estado de Becky antes de que todo el mundo se enterara.

– Déjame a mí a Trentham -dijo en tono misterioso.

Seis semanas después, Becky me dijo que continuaba sin tener noticias de Trentham, y presentí por primera vez que sus sentimientos hacia el sujeto empezaban a desfallecer.

– Bien -le dije-. Es posible que nunca volvamos a oír hablar de Guy Trentham.

Llegué a pedirle que se casara conmigo, pero no se tomó mi propuesta muy en serio, aunque nunca había sido más sincero en toda mi vida. Me pasé la noche en vela, preguntándome cómo iba a hacerla comprender que yo era digno de ella.

A medida que pasaban las semanas, Daphne y yo la cuidábamos cada vez más, pues empezaba a parecerse a una ballena varada. Continuaba sin recibir noticias de la India, pero Becky dejó de mencionar el nombre de Trentham mucho antes de que el niño naciera.

La primera vez que vi a Becky sosteniendo a Daniel en sus brazos, quise ser su padre, y me sentí lleno de dicha cuando ella me preguntó si todavía la amaba.

Si todavía la amaba.

Nos casamos una semana después. El coronel, Bob Makins y Daphne accedieron a ser los padrinos. Percy y Daphne se casaron el verano siguiente, pero no en la oficina del registro de Chelsea, sino en la iglesia de Santa Margarita, en Westminster. Aceché la presencia de la señora Trentham para ver cuál era su aspecto, pero luego recordé que no la habían invitado.

Daniel creció como la maleza. Una de las primeras palabras que repetía sin cesar fue «papá», lo cual me emocionó sobremanera. A pesar de ello, me pregunté cuánto tiempo pasaría antes de que tuviéramos que sentarnos y contar al niño la verdad. «Bastardo» es una mancha demasiado fuerte para que un niño inocente deba soportarla hasta el fin de sus días.

– De momento, no tenemos por qué preocuparnos -insistía Becky, pero no por ello dejaba yo de temer el resultado final, si guardábamos silencio sobre el tema demasiado tiempo. Al fin y al cabo, casi toda la gente de Chelsea Terrace sabía la verdad.

Sal escribió para felicitarme, informándome de paso de que había dejado de tener niños. Dos chicas (Maureen y Babs) y dos chicos (David y Rex) le parecían suficientes, hasta para una buena católica. Su marido había sido ascendido de representante de la sección de ventas de E. P. Taylor, así que todo les iba bastante bien. Jamás mencionaba Inglaterra en sus cartas, o algún deseo de volver al país que la vio nacer. Como sus únicos recuerdos auténticos del hogar debían limitarse a dormir tres en una cama, un padre borracho y una constante escasez de comida, no la culpaba.