Proseguía riñéndome por permitir que Grace escribiera más cartas que yo. No podía aducir la excusa del trabajo, añadía, porque ser enfermera de pabellón en un hospital clínico de Londres robaba a Grace casi todo su tiempo. Becky también me amonestó, así que durante los siguientes meses me esforcé un poco más.
Kitty visitaba periódicamente Chelsea Terrace, pero sólo con el propósito de sacarme más dinero; sus exigencias aumentaban a cada ocasión. Siempre se las componía para no encontrarse con Becky. Las cantidades que obtenía, aunque exorbitantes, siempre eran razonables.
Le supliqué que buscara trabajo, hasta le ofrecí uno, pero se limitó a explicarme que ella y el trabajo estaban reñidos. Nuestras conversaciones no solían exceder de unos contados minutos, pues en cuanto le daba el dinero salía pitando. Comprendí que, a cada tienda que abriera, me resultaría más difícil convencer a Kitty de que sentara la cabeza. Después de mudarnos a nuestra nueva residencia de Gilston Road, la frecuencia de sus visitas aumentó.
A pesar de los esfuerzos de Syd Wrexall por frustrar mi ambición de comprar todas las tiendas disponibles de la avenida (conseguí apoderarme de siete antes de toparme con una oposición real), le había echado el ojo encima a los números 25-99, una manzana de pisos que procuré adquirir sin que Wrexall se enterase. No hace falta mencionar mi deseo de echarle el guante a Chelsea Terrace, 1, pues dada su ubicación en la calle era crucial para mi proyecto a largo plazo de poseer toda la manzana.
Todas las piezas fueron encajando en su sitio a lo largo de 1922, y empecé a tener ganas de que Daphne volviera, para contarle con todo detalle lo que había hecho durante su ausencia.
La semana después de que Daphne regresara a Inglaterra de su prolongada luna de miel, nos invitó a cenar a su nueva casa de Eaton Square. Estaba ansioso por escuchar sus noticias, y también confiaba en que se quedara impresionada al averiguar que ahora poseíamos nueve tiendas, una casa nueva en Gilston Road y que, de un momento a otro, un bloque de pisos engrosaría la cartera Trumper. No obstante, sabía qué pregunta me haría en cuanto pusiera el pie en su casa, así que ya había preparado la respuesta: «Tardaré otros diez años en poseer toda la manzana…, siempre que me puedas inmunizar contra inundaciones, peste o el estallido de una guerra».
Una carta fue introducida en el buzón de Gilston Road, 11, justo antes de que Becky y yo nos dirigiéramos a la cena.
Reconocí al instante la firme letra. La abrí y empecé a leer las palabras del coronel. Cuando terminé la carta no comprendí por qué querría él…
Capítulo 20
Charlie se quedó solo en el vestíbulo y decidió no mencionar la carta del coronel a Becky hasta volver de cenar con Daphne. Becky llevaba tanto tiempo aguardando el acontecimiento que temió amargarle el resto de la velada si se negaba a ir.
– ¿Te encuentras bien, querido? -preguntó Becky al llegar al pie de la escalera-. Estás un poco pálido.
– Estoy bien -contestó Charlie, ocultando nerviosamente la carta en el bolsillo interior-. Vamos o llegaremos tarde, y eso no puede ser. -Miró a su esposa y reparó por primera vez en que llevaba el vestido de baile rosa, curvado por delante-. Estás arrebatadora. Ese vestido hará que Daphne palidezca de envidia.
– Tú tampoco tienes mal aspecto.
– Siempre que me pongo este traje de pingüino, me siento como el jefe de camareros del Ritz -admitió, mientras Becky le enderezaba la corbata blanca.
– ¿Cómo lo sabes, si nunca has ido al Ritz?
– Al menos, el traje ha salido de mi propia tienda esta vez -dijo Charlie, abriendo la puerta para que su esposa pasara.
– Ah, pero ¿ya has pagado la factura?
Mientras conducía hacia Eaton Square, a Charlie le costaba concentrarse en la animada conversación de su mujer, y trataba de adivinar por qué el coronel quería dimitir cuando todo marchaba tan bien.
– Bien, ¿qué crees que debo hacer? -preguntó Becky.
– Lo que consideres mejor.
– No has escuchado ni una palabra de lo que he dicho desde que salimos de casa, Charlie Trumper. Pensar que sólo llevamos casados dos años.
– Lo siento -dijo Charlie, aparcando su pequeño Austin Siete junto al Silver Ghost que apuntaba a la fachada de Eaton Square, 17 -. No me importaría vivir aquí -comentó, mientras abría la puerta del coche para que su mujer bajara.
– Todavía no -insinuó Becky.
– ¿Por qué no?
– Porque tengo el presentimiento de que el señor Hadlow no podría autorizar el préstamo necesario.
Un mayordomo les abrió la puerta antes de que pisaran el último peldaño.
– Tampoco me importaría tener uno de éstos -susurró Charlie.
– Compórtate.
– Desde luego. He de procurar mantenerme en mi lugar.
El mayordomo les condujo a la sala de estar. Allí encontraron a Daphne, bebiendo un martini seco.
– Queridos -exclamó.
Becky corrió hacia ella, le lanzó los brazos al cuello y ambas se fundieron en un abrazo.
– Por qué no me lo dijiste? -preguntó Becky.
– Mi pequeño secreto. -Daphne se dio unas palmaditas sobre el estómago-. Bien, veo que me llevas la delantera, para variar.
– No tanto. ¿Para cuándo está previsto?
– El doctor Gould ha pronosticado que será para enero. Clarence si es un chico, Clarissa si es una niña. -Sus dos invitados estallaron en carcajadas-. Ni se os ocurra burlaros. Son los nombres de los más distinguidos antepasados de Percy -les dijo, justo cuando su marido entraba en la sala.
– Muy cierto -dijo Percy-, pero que me zurzan si recuerdo lo que hicieron.
– Bienvenido a casa. -Charlie le estrechó la mano.
– Gracias, Charlie -contestó Percy. Besó a Becky en las dos mejillas-. No me importa deciros que estoy muy contento de volver a veros. -Un criado le tendió un whisky con soda-. Bien, Becky, cuéntame todo lo que habéis hecho, y no ahorres detalles.
Ambos se sentaron en el sofá. Daphne se reunió con Charlie que paseaba lentamente por la sala, examinando los cuadros que colgaban de todas las paredes.
– Los antepasados de Percy -explicó Daphne-. Todos pintados por artistas de segunda fila. Los cambiaría todos por esa reproducción de la Virgen María que tienes en tu salón.
– Este no -dijo Charlie, parándose frente al segundo marqués de Wiltshire.
– Ah, sí, el Holbein. Tienes razón. Pero me temo que se ha desvalorizado mucho desde entonces.
– No sabría decirle, señora -sonrió Charlie-, Sepa usted que mis antepasados no entendían ni jota de cuadros. Pensándolo bien, no creo que el Holbein fuera encargado por los vendedores ambulantes del East End.
Daphne lanzó una carcajada.
– Por cierto, Charlie, ¿dónde has dejado tu acento de los barrios bajos?
– ¿Qué desea la señora marquesa, medio kilo de tomates y un cuarto de pomelos, o una noche de cachondeo?
– Eso está mejor. No dejes que unas cuantas clases nocturnas se te suban a la cabeza.
– Shhh -dijo Charlie, mirando a su mujer, que seguía sentada en el sofá-. Becky aún no sabe nada de las clases nocturnas, y no diré nada hasta que…
– Entiendo. Te prometo que yo no le diré nada. Ni siquiera se lo he contado a Percy. -Desvió la mirada hacia Becky, enfrascada en una animada conversación con Percy-, A propósito, ¿cuánto falta para que…?
– Yo diría que unos diez años -dijo Charlie, preparando su respuesta ensayada.
– Ah, pues yo pensaba que estas cosas suelen durar unos nueve meses.
Charlie sonrió, comprendiendo que había entendido mal la pregunta, pero continuó sin cambiar de tema.
– No se agobie, señora, todavía tenemos a punto el carretón más grande del mundo para que Clarence o Clarissa compren todo lo que se les antoje.