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– Tal como va el mundo últimamente, no me sorprendería que terminaran trabajando como empleados a tus órdenes.

Charlie prosiguió la conversación, pero no podía apartar los ojos del Holbein. Por fin, Daphne rompió el hechizo.

– Ven, Charlie, vamos a comer algo. Siempre estoy hambrienta de un tiempo a esta parte.

Percy y Becky se levantaron, y siguieron a Daphne y Charlie hacia el comedor.

Daphne guió a sus invitados por un largo pasillo. Después, atravesaron otra sala, del mismo tamaño y proporción que la anterior. Los seis lienzos que colgaban de las paredes eran de Reynolds.

– En este caso, el único pariente es la fea -les aseguró Percy, sentándose en un extremo de la mesa y señalando la larga figura gris de una dama, que colgaba en la pared situada detrás de él-. Y le habría costado lo suyo establecerse en Wiltshire, de no ir acompañada de una hermosísima dote.

Charlie parecía más interesado en el cuadro que en la historia de la familia de Percy.

Se sentaron a la mesa. Estaba dispuesta para cuatro, pero albergaría con toda comodidad a ocho. La cena de cuatro platos habría alimentado hasta la saciedad a dieciséis. Criados con libreas se situaron detrás de cada silla, a fin de complacer el menor deseo de los comensales.

– Cada casa debería tener uno -susurró Charlie a su esposa, que se hallaba sentada frente a él.

La conversación que ocupó la cena les dio ocasión a los cuatro de averiguar todo lo ocurrido durante los pasados dos años. Al terminar el banquete, cuando Daphne y Becky se marcharon para dejar a los hombres disfrutar de un puro, Charlie pensó que era como si los Wiltshire no se hubieran ausentado ni un día.

– Me alegro de que las chicas nos hayan dejado solos -empezó Percy-, pues me temo que deberíamos tocar un tema mucho menos agradable.

Charlie lanzó una bocanada de humo de su primer puro, preguntándose cómo sería padecer cada día el mismo suplicio.

– Cuando Daphne y yo estuvimos en la India, nos topamos con ese crápula de Trentham -Charlie tosió cuando el humo se le atragantó, y prestó toda su atención a las explicaciones que su invitado le daba sobre la conversación sostenida entre él y Trentham-. Su amenaza de que te iba a «destruir», fuera como fuese, puede ser una simple fanfarronada, por supuesto -continuó Percy-, pero Daphne creyó conveniente que te pusiéramos al corriente.

– ¿Y qué puedo hacer yo? -Charlie dejó caer en el cenicero de plata que habían colocado frente a él justo a tiempo un largo trozo de ceniza.

– Sospecho que no mucho, excepto recordar que quien avisa no es traidor. Llegará a Inglaterra en cualquier momento, y su madre va contando a todo el mundo que le han hecho una oferta tan irresistible en la City que ha decidido sacrificar su carrera. Me parece imposible que nadie la crea y, de cualquier modo, la gente honrada piensa que la City es el lugar adecuado para la gentuza como Trentham.

– ¿Crees que debería decírselo a Becky?

– No. De hecho, no le he hablado a Daphne de mi segundo encuentro con Trentham en el club Overseas. No hace falta que tortures a Becky con los detalles. Por lo que he oído esta noche, está más feliz que unas pascuas.

– Sin contar que está a punto de dar a luz.

– Exacto. El tiempo dirá la última palabra. Bien, ¿vamos a reunimos con las damas?

Mientras tomaba un generoso coñac en otra sala llena de antepasados, que incluía un pequeño óleo del príncipe Charlie, Becky escuchó a Daphne describir a los norteamericanos, a los que adoraba, si bien consideraba que nunca debimos menospreciarlos; a los africanos, que le parecían muy agradables, aunque se les debería devolver su tierra lo más pronto posible; y a los indios, que ya no podían esperar a recuperar su independencia, según el hombrecillo que continuaba llegando a la residencia oficial del gobernador en andrajos.

– ¿Te refieres, por casualidad, a Gandhi? -preguntó Charlie, lanzando bocanadas de humo con mayor confianza-. Me parece un hombre impresionante.

De regreso a Gilston Road, Becky le contó a Charlie todas las habladurías que Daphne le había revelado. Sin embargo, resultó obvio para Charlie que las dos mujeres no habían tocado el tema de Trentham, o la amenaza que había formulado.

Charlie pasó la noche sin dormir, en parte por haber abusado de la comida y el alcohol, pero sobre todo porque su mente saltaba de la dimisión del coronel al problema del inminente regreso de Trentham a Inglaterra.

A las cuatro de la mañana se levantó, se puso su ropa vieja y se fue al mercado, algo que procuraba hacer al menos una vez a la semana, convencido de que ningún empleado de «Trumper's» podía manejárselas en el Garden mejor que él. En fecha reciente, un comerciante del mercado llamado Ned Denning había logrado colarle un par de aguacates excesivamente maduros, y al día siguiente le animó a comprar una caja de naranjas que Charlie no quería para nada. Este decidió levantarse muy temprano al tercer día para intentar que despidieran al tipo de su trabajo.

El lunes siguiente, Ned Denning fue nombrado primer director general del colmado «Trumper's».

Charlie aprovechó bien la mañana, comprando provisiones para los números 131 y 147, y Bob Makins llegó una hora más tarde para conducirle a él y a Ned de regreso a Chelsea Terrace, en la furgoneta adquirida unos días antes.

En cuanto se detuvieron frente a la verdulería, Charlie ayudó a descargar y guardar los artículos, para después ir a desayunar a casa unos minutos antes de las siete. Consideró que todavía era demasiado temprano para llamar por teléfono al coronel.

La cocinera le sirvió huevos con bacon, que compartió con Daniel y la niñera. Becky no bajó, pues aún no se había recuperado de la cena.

En cuanto la niñera salió de la cocina para llevar al niño al cuarto de jugar, Charlie consultó la hora en su reloj de cadena. Aunque faltaban sólo unos minutos para las ocho, no pudo esperar más, se dirigió al vestíbulo, descolgó el teléfono y pidió a la operadora que le pusiera con Flaxman, 172. La comunicación se realizó al cabo de pocos segundos.

– ¿Puedo hablar con el coronel?

– Le diré que ha llamado, señor Trumper -fue la respuesta.

El pensamiento de que nunca sería capaz de disimular su acento por teléfono divirtió a Charlie.

– Buenos días, Charlie -dijo otro acento que reconoció de inmediato.

– ¿Puedo ir a verle, señor?

– Por supuesto, pero espera hasta las diez, camarada. Elizabeth ya se habrá marchado a visitar a su hermana en Camden Hill.

– Estaré ahí a las diez en punto -prometió Charlie.

Después de colgar, decidió emplear las dos horas que le restaban en hacer una gira por las tiendas. Por segunda vez en aquella mañana, y sin que Becky se hubiera despertado, se marchó a Chelsea Terrace.

Charlie sacó al señor Arnold de la ferretería y comenzó la inspección de las once tiendas. Explicó con todo lujo de detalles a su subdirector los planes que tenía para instalar en el edificio seis nuevas tiendas.

Después de dejar el 129, Charlie confesó a Arnold su preocupación por la licorería, que aún no daba la talla, a pesar del nuevo servicio de reparto, que se utilizaba sólo para la verdulería. Charlie se sentía orgulloso de que su tienda fuera una de las primeras de Londres en tomar pedidos por teléfono y entregarlos el mismo día a los clientes que habían abierto una cuenta. Otra idea que les había robado a los norteamericanos, y cuanto más leía sobre sus competidores de Estados Unidos, más deseaba visitar el país y estudiar sus innovaciones sobre el terreno.

– Aún recordaba su primer servicio de reparto, cuando utilizaba el carretón del abuelo para el transporte y a Kitty para efectuar las entregas. Ahora, conducía una elegante furgoneta azul de tres caballos, con la inscripción «Trumper, el comerciante honrado. Fundado en 1823», escrita con letras azules en ambos lados.

Se detuvo en la esquina de Chelsea Terrace y contempló la tienda que siempre dominaría Chelsea, con su enorme ventana salediza y la gran puerta doble. Sabía que casi había llegado el momento oportuno de entrar y ofrecer al señor Fothergill un generoso talón que cubriera las deudas del subastador; un antiguo empleado del número 1 le había asegurado recientemente que la cantidad ascendía ya a unas dos mil libras.