Charlie entró en el número 1 para pagar una factura mucho menor y preguntó a la chica que atendía detrás del mostrador si ya habían terminado de poner el marco nuevo a la Virgen María y el Niño. Llevaba un retraso de tres semanas.
No lamentaba el retraso, pues así tenía otra excusa para chafardear. Se fijó en que el papel de la pared situada tras la zona de recepción seguía desprendiéndose, y en la única empleada sentada ante el escritorio. Su aspecto le convenció de que no siempre recibía la paga semanal.
El señor Fothergill apareció con el cuadro recién enmarcado y entregó el pequeño óleo a Charlie.
– Gracias -dijo Charlie, examinando una vez más las enérgicas pinceladas rojas y azules que daban forma al retrato.
Se dio cuenta de cuánto lo había echado de menos.
– ¿Sabe cuánto vale? -preguntó a Fothergill, tendiéndole un billete de diez chelines.
– Unas libras, a lo sumo -contestó el experto, tocándose la corbata de lazo-. Al fin y al cabo, se pueden encontrar a lo largo y ancho de Europa multitud de versiones del tema, ejecutado por artistas desconocidos.
– Me sorprende -dijo Charlie, mientras consultaba su reloj y guardaba la factura en el bolsillo. Le quedaba tiempo de sobra para pasear sin prisa por los jardines de la Princesa y llegar a la residencia del coronel un par de minutos antes de las diez-. Buenos días -se despidió del señor Fothergill.
Aunque aún era muy temprano, las aceras de Chelsea bullían de gente, y Charlie levantó su sombrero en varias ocasiones para saludar a los clientes que reconocía.
– Buenos días, señor Trumper.
– Buenos días, señora Symonds -contestó Charlie.
Cruzó la calle para atajar por el parque.
Empezó a ensayar mentalmente lo que diría al coronel una vez descubierta la razón por la que consideraba necesario presentar la dimisión. Fuera cual fuese esa razón, Charlie estaba decidido a no perder a su presidente. Dejó atrás la puerta del parque y caminó por el sendero artificial.
Se apartó a un lado para dejar pasar a una dama que empujaba un carrito de niño y saludó burlonamente a un viejo soldado. Se hallaba sentado en el banco del parque y hacía rodar una Woodbine. Después de atravesar el pequeño parque salió a Gilston Road, y cerró la puerta a su espalda.
Charlie se encaminó hacia Tregunter Road y aceleró el paso. Sonrió al pasar frente a su pequeña casa, olvidando que llevaba el cuadro bajo el brazo. Su mente continuaba preocupada por la dimisión del coronel.
Giró sobre sus talones al oír un grito y una puerta que se cerraba detrás de él. Fue más un reflejo que el deseo de averiguar qué ocurría. Se quedó paralizado al observar que una figura desaliñada bajaba corriendo los escalones de su casa y se precipitaba hacia él.
Petrificado, vio acercarse al supuesto vagabundo, hasta que el hombre se detuvo de repente a unos pasos de distancia. Los dos hombres se miraron fijamente durante unos segundos. Tanto caballero como vagabundo exhibían un afeitado impecable. El reconocimiento dio paso a la incredulidad.
Charlie se negó a creer que aquella figura desaliñada y de cabello alborotado, ataviada con un gabán viejo y un sombrero raído, fuera el mismo hombre que había visto por primera vez en la estación de Edimburgo seis años antes.
El detalle de aquel momento que Charlie jamás olvidaría serían los tres círculos que se destacaban en las hombreras de Trentham, la señal de los galones de capitán arrancados recientemente.
Trentham bajó la vista hacia el cuadro durante un segundo, y luego, de improviso, se abalanzó sobre Charlie y le arrebató el grabado. Se volvió y empezó a correr en dirección contraria. Charlie se lanzó al instante en su persecución y no tardó en ganar terreno a Trentham, estorbado por su grueso gabán y el peso del cuadro.
Charlie estaba a punto de agarrar a Trentham por la cintura, cuando oyó el grito. Vaciló un momento al pensar que provenía de su casa. Cambió de dirección y corrió hacia los peldaños de su casa, sabiendo que le concedía a Trentham la ocasión de huir. Entró como una exhalación en la sala de estar y encontró a la cocinera y a la niñera inclinadas sobre Becky. Estaba tendida en el sofá y chillaba de dolor.
Los ojos de Becky se iluminaron al ver a Charlie.
– Voy a tener el niño -fue todo cuanto dijo.
– Cójala con suavidad y ayúdeme a transportarla hacia el coche -dijo Charlie a la cocinera.
Sacaron a Becky de la casa, mientras la niñera corría a abrir la puerta del coche para que la acomodaran en el asiento posterior. Charlie miró a su esposa. Estaba pálida y tenía los ojos vidriosos. Pareció perder la conciencia después de cerrar la puerta del coche.
Charlie se sentó al volante y gritó a la cocinera, que estaba girando la manivela para poner el motor en marcha.
– Llame a mi hermana y dígale que vamos para allá. Que esté preparada para cualquier emergencia.
El motor se encendió y la cocinera saltó a un lado para no ser atropellada. Charlie aceleró y trató de evitar a peatones, bicicletas, tranvías, caballos y otros vehículos, camino del hospital.
Se volvía incesantemente para mirar a su esposa, dudando de que siguiera con vida.
– ¡Quiero que los dos vivan! -gritó, con toda la fuerza de sus pulmones.
Bajó por el Embankment a toda velocidad, chillando a la gente que cruzaba la calle y que desconocía su apuro. Al atravesar el puente de Southwark oyó gemir a Becky por primera vez.
– Pronto llegaremos, querida -prometió-. Resiste un poco más.
Tras salir del puente se desvió por la primera calle a la izquierda y mantuvo la velocidad hasta divisar las enormes puertas de hierro del hospital. Cuando dio la vuelta al macizo de flores circular vio que Grace y dos hombres vestidos con batas blancas largas esperaban, con una camilla al lado. Charlie frenó el coche a pocos centímetros del grupo.
Los dos hombres alzaron a Becky y la depositaron en la camilla. Después, subieron corriendo los escalones y entraron en el hospital. Charlie les siguió. Grace corría a su lado, explicándole que el señor Armitage, el ginecólogo jefe del hospital, ya había dispuesto un quirófano en la primera planta.
Becky se encontraba en el interior del quirófano cuando Charlie llegó a la puerta. Le dejaron solo en el pasillo. Se puso a pasear arriba y abajo, indiferente a los empleados que se dirigían a su trabajo.
Grace salió pocos minutos después y le aseguró que el señor Armitage lo tenía todo bajo control, y que Becky no podía estar en mejores manos. El bebé nacería de un momento a otro. Apretó la mano de su hermano y volvió al quirófano. Charlie siguió paseando, pensando únicamente en su mujer y en su primer hijo. La visión de Trentham se había hecho borrosa. Rezó para que Daniel tuviera un hermano, que tal vez un día tomaría las riendas de «Trumper's». Rezó a Dios para que Becky no padeciera mucho durante el parto. Paseó arriba y abajo de aquel largo pasillo de paredes verdes, y hasta pensó en algunos nombres: George, Charlie…, Tommy.
Pasó otra hora antes de que un hombre alto y corpulento saliera del quirófano, seguido de Grace. Charlie se volvió para escrutar su rostro, pero como una bata blanca cubría al médico de pies a cabeza no consiguió adivinar el resultado de la operación. El señor Armitage se quitó la máscara: la expresión de su rostro contestó a la silenciosa plegaria de Charlie.
– Conseguí salvar la vida de su esposa -dijo el médico-, pero no pude hacer nada por el niño, señor Trumper. Lo siento mucho.
Capítulo 21