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Becky no salió de su habitación hasta pasados varios días de la operación.

Charlie averiguó después, por mediación de Grace, que aún tardaría varias semanas en recobrarse por completo, pese a los esfuerzos del doctor Armitage, sobre todo al saber que nunca más podría tener hijos sin poner en peligro su vida.

Iba a verla cada mañana y cada noche, pero pasaron quince días antes de que pudiera contarle a Charlie que Trentham había entrado en su casa por la fuerza y amenazado con matarla si no le decía dónde estaba el cuadro.

– ¿Por qué? No lo entiendo -dijo Charlie.

– ¿Ha aparecido el cuadro?

– Ni rastro, hasta el momento -contestó Charlie, justo cuando Daphne entraba con una enorme cesta llena de provisiones.

Besó a Becky en la mejilla y confirmó que había comprado la fruta en «Trumper's» aquella mañana. Becky forzó una sonrisa mientras mordisqueaba un melocotón. Daphne se sentó en el extremo de la cama y les puso al corriente de las últimas noticias.

Les informó de que, a raíz de una visita a los Trentham, había averiguado que Guy se hallaba en Australia, y su madre afirmaba que no había puesto el pie en Inglaterra, sino que había viajado directamente a Sidney desde la India.

– Vía Gilston Road -comentó Charlie.

– La policía no piensa así -dijo Daphne-, Están convencidos de que abandonó Inglaterra en 1920 y no hay pruebas de que haya regresado.

– Bien, nosotros no vamos a allanarles el camino -dijo Charlie, cogiendo la mano de Becky.

– ¿Por qué no? -preguntó Daphne.

– Porque considero que Australia está lo bastante lejos para dejar en paz a Trentham; no ganaremos nada persiguiéndole. Si los australianos le dan la cuerda suficiente, terminará colgándose él mismo.

– ¿Y por qué Australia? -se interesó Becky.

– La señora Trentham va diciendo a todo el mundo que le ofrecieron entrar como socio en una empresa dedicada a la venta de ganado. Una oferta difícil de rechazar, aun a costa de renunciar a su carrera militar. El vicario es la única persona que se ha creído la historia.

Sin embargo, Daphne tampoco tenía respuesta a la pregunta de por qué Trentham había robado el óleo.

El coronel y Elizabeth visitaron a Becky en diversas ocasiones, pero como no mencionó en ningún momento su carta de dimisión,

Charlie sacó a colación el tema.

Seis semanas después, Charlie y Becky regresaron a casa, sin abusar de la velocidad, pues el señor Armitage le había recomendado un mes de reposo antes de volver a trabajar. Charlie prometió al médico que su esposa no haría nada hasta que se sintiera plenamente recobrada.

La mañana en que Becky regresó a casa, Charlie la dejó acostada y se dirigió a Chelsea Terrace, directamente a la joyería que había adquirido durante la ausencia de su mujer.

Ya en la tienda, dedicó un tiempo considerable a elegir un collar de perlas cultivadas, un brazalete de oro y un reloj Victoriano de señora. Después, ordenó que fueran enviados a Grace, a la jefa de enfermeras y a la enfermera que había atendido a Becky durante su estancia en el hospital. Se detuvo a continuación en la verdulería, donde pidió a Bob que preparara una cesta con la fruta más selecta. También escogió una botella de vino de calidad en el 101 para acompañarla.

– Envíalos al señor Armitage, plaza Cadogan, 7, SW1 Londres, de mi parte -añadió.

– Ahora mismo -contestó Bob-. ¿Algo más?

– Sí. Quiero que realices esa entrega cada lunes, hasta el fin de sus días.

Durante su encuentro semanal con Tom Arnold, posterior a la vuelta de Becky a Gilston Road aquel noviembre de 1922, Charlie se refirió a los problemas con que Arnold se enfrentaba por el simple hecho de sustituir a un dependiente. De hecho, seleccionar el personal era uno de los mayores dolores de cabeza que afligían a Arnold, pues encontraba de cincuenta a cien personas disponibles por cada puesto vacante. Arnold confeccionó una lista restringida, pues Charlie insistió en entrevistarse con los candidatos definitivos antes de tomar la decisión final.

Aquel lunes en particular, Arnold había sopesado ya a varias chicas para el puesto de ayudante en la floristería, tras la jubilación de una empleada que llevaba muchos años en la casa.

– He seleccionado tres para el puesto -dijo-, pero he pensado que una de las candidatas rechazadas le podría interesar. No contaba con las cualificaciones requeridas para este puesto en concreto, pero…

Charlie echó un vistazo a la hoja de papel que Arnold le había entregado.

– Joan Moore. ¿Por qué debería yo…? -empezó Charlie, examinando rápidamente la solicitud-. Ah, ya entiendo. Es usted muy observador, Tom. -Leyó unas cuantas líneas más-. Pero yo no necesito… Bueno, por otra parte, tal vez sí. -Levantó la vista-. Cítela la semana que viene y hablaré con ella.

Charlie entrevistó el martes siguiente a la señorita Moore por espacio de una hora en su casa de Gilston Road, y su primera impresión fue que se trataba de una muchacha alegre, bien educada y algo inmadura. Sin embargo, antes de ofrecerle el puesto de doncella personal de la señora Trumper, le hizo un par más de preguntas.

– ¿Solicitó este trabajo porque conocía la relación existente entre mi esposa y su antigua patrona? -preguntó Charlie.

La muchacha le miró sin pestañear.

– Sí, señor.

– ¿Su antigua patrona la despidió?

– No exactamente, señor, pero cuando me fui se negó a darme referencias.

– ¿Qué razón adujo?

– Yo salía con el segundo criado, sin decírselo al mayordomo, que se halla al frente de la casa.

– ¿Sigue saliendo con el segundo criado?

La chica vaciló.

– Sí, señor. Esperamos casarnos en cuanto ahorremos lo suficiente.

– Bien. Preséntese a trabajar el próximo lunes por la mañana. El señor Arnold tomará las medidas oportunas.

Becky lanzó una carcajada cuando Charlie le dijo que había contratado una doncella personal para ella.

– ¿Y qué haré yo con una de ésas? -preguntó después.

Charlie le explicó exactamente qué haría con «una de ésas».

Cuando terminó, Becky se limitó a decir:

– Eres muy malo, Charlie Trumper, te lo aseguro.

Durante la primera asamblea de la junta de 1925, Sanderson advirtió a sus socios de que el número 1 de Chelsea Terrace se pondría a la venta antes de lo que imaginaban.

– ¿Por qué? -preguntó Charlie, un poco nervioso.

– Su estimación de que no resistiría más de dos años está empezando a parecer profética -continuó Sanderson.

– ¿Cuánto quiere?

– El tema se ha complicado un poco.

– ¿Por qué?

– Porque ha decidido subastar la propiedad en persona.

– ¿Subastarla? -inquirió Becky.

– Sí -contestó Sanderson-. Así se ahorra pagarle la comisión a un agente.

– Entiendo. ¿A cuánto opina que ascenderá el precio? -preguntó el coronel.

– No es una pregunta fácil de responder -dijo Sanderson-, Es cuatro veces más grande que cualquier tienda de la avenida, tiene cinco pisos y es aún mayor que la taberna de Syd Wrexall, en la otra esquina. Posee también la fachada más grande de Chelsea y otra entrada por la esquina que da a Fulham Road. Por todos estos motivos, es difícil estimar su valor.

– Aun así, ¿podría calcular una cifra? -preguntó el presidente.

– Si insiste, yo diría que alrededor de las dos mil, pero podría llegar a las tres, en el caso de que alguien demostrara mucho interés.

– ¿Y las existencias? -preguntó Becky-. ¿Sabemos qué va a hacer con ellas?

– Sí, van incluidas en el lote.

– ¿Y cuál es su valor, más o menos? -se interesó Charlie.

– Creo que eso es competencia de la señora Trumper -dijo

Sanderson.

– Se ha devaluado bastante -intervino la aludida-. Muchas de las mejores obras de Fothergill han ido a parar a Sotheby's, y sospecho que Christie's tampoco se ha quedado atrás. Sin embargo, lo que queda puede cotizarse por el precio total de mil libras.