– Por lo tanto, el valor conjunto del edificio y las existencias asciende a unas tres mil libras -dijo Hadlow.
– Pero el número 1 superará ese precio -dijo Charlie.
– ¿Por qué? -preguntó Hadlow.
– Porque la señora Trentham se encontrará entre los pujadores.
– ¿Por qué estás tan seguro? -preguntó el presidente.
– Porque nuestra doncella todavía sale con su segundo criado.
El resto de la junta estalló en carcajadas, pero el presidente no se unió a sus risas.
– Otra vez no -dijo-. Primero los pisos, y ahora esto. ¿Cuándo acabará?
– Sospecho que cuando esté muerta y enterrada -dijo Charlie, alzando la voz a cada palabra.
– Ni siquiera entonces, quizás -remachó Becky.
– Si te refieres a su hijo -dijo el coronel-, no creo que nos cause muchos problemas desde dieciséis mil kilómetros de distancia. En cuanto a su madre, el infierno no posee la furia…
– La cita es errónea -dijo Charlie.
– ¿Cómo es? -preguntó el coronel.
– Es de Congreve, coronel. Los versos dicen: «El cielo no posee la rabia del amor transformado en odio, ni el infierno la furia de una mujer despreciada». -Charlie había dejado en silencio a la junta muchas veces, pero nunca como en aquel momento-. Sin embargo -continuó-, y ciñéndonos al tema, necesito saber qué límite me impondrá la junta para pujar por el número 1.
– Considero que cinco mil será la cifra necesaria, aunque escandalosa -dijo Becky.
– Pero no más -observó Hadlow, estudiando la hoja de balance que tenía frente a él.
– ¿Tal vez una puja más? -insinuó Becky.
– Lo siento, pero no comprendo -dijo Hadlow-. ¿Qué quiere decir «una puja más»?
– Las pujas nunca alcanzan la cantidad exacta que uno supone, señor Hadlow. La mayoría de la gente que acude a una subasta lo hace con una cantidad redonda en la cabeza; por lo tanto, si se supera esta cifra es fácil apoderarse del lote.
Hasta Charlie aprobó con la cabeza.
– Entonces, accedo a una puja más -dijo Hadlow admirado.
– Sugiero que la señora Trumper se encargue de la puja -dijo el coronel-, porque con su experiencia…
– Le agradezco su amabilidad, coronel, pero necesitaré la ayuda de mi marido -sonrió Becky-, Y de toda la junta, en realidad. Debo decirles que ya he preparado un plan.
Contó a sus colegas lo que había pensado.
– Muy divertido -dijo el coronel cuando ella terminó-. ¿Se me permitirá asistir a la subasta?
– Oh, sí -dijo Becky-. Todos ustedes deben estar presentes, pero, a excepción de Charlie y yo, se quedarán sentados en silencio en la fila situada directamente detrás de la señora Trentham, pocos minutos antes de que la subasta empiece.
– Maldita mujer -exclamó el coronel-. Lo siento.
– Cierto, pero no hemos de olvidar en ningún momento que es una aficionada -añadió Becky.
– ¿Qué significa esa afirmación? -preguntó Hadlow.
– A veces, los aficionados se dejan arrastrar por la ocasión, y cuando eso ocurre los profesionales no tienen nada que hacer, porque el aficionado suele terminar pujando más alto. No debemos olvidar que tal vez sea la primera subasta en que participa la señora Trentham, y como desea tanto como nosotros esa propiedad y posee recursos superiores, tendremos que poner en juego toda nuestra astucia para apoderarnos del lote.
Sus colegas asintieron, expresando el acuerdo con su opinión.
Una vez terminada la asamblea, Becky explicó su plan con todo detalle a Charlie, e incluso le hizo acudir a Sotheby's una mañana con la orden de pujar por tres piezas de plata holandesa. Obedeció las instrucciones de su mujer, pero terminó adquiriendo un bote de mostaza de Georgia por el que no sentía el menor interés.
– Es la mejor manera de aprender -le aseguró a Becky-. Agradece que no pujaras por un Rembrandt.
Aquella noche, durante la cena, continuó explicando a Charlie las sutilezas de las subastas, con mayor detalle que durante la asamblea. Aprendió que se hacían diferentes señas al subastador, para seguir pujando sin que los demás lo supieran, pero también formas de descubrir quién pujaba contra ti.
– Pero ¿no va la señora Trentham para competir contigo? -preguntó Charlie-. Al fin y al cabo, seréis las únicas dos que aguantéis hasta el final -dijo, pasándole a su mujer una rebanada de pan.
– No, si habéis conseguido sacarla de sus casillas antes de que yo entre en liza.
– Pero la junta accedió a que tú…
– Entonces, se me permitirá que puje por encima de las cinco mil libras.
– Pero…
– Nada de peros, Charlie -sirviendo a su marido otra ración de estofado irlandés-. La mañana de la subasta te quiero listo, vestido con tu mejor traje y sentado en la séptima fila, junto al pasillo, con aspecto de extrema complacencia. Después, procederás a pujar de forma ostentosa por encima de las tres mil libras. Cuando la señora Trentham supere tu oferta, cosa que hará sin duda alguna, te pondrás de pie y saldrás de la sala, con cara de decepción, mientras yo sigo pujando en tu ausencia.
– No está mal -dijo Charlie, cortando una patata por la mitad-, pero la señora Trentham adivinará tus intenciones.
– Ni hablar, porque estableceré un código de señales con el subastador que será incapaz de descifrar.
– Pero ¿entenderé yo lo que hagas? -Charlie se levantó y empezó a quitar los platos de la mesa.
– Oh, sí, porque sabrás exactamente lo que hago cuando utilice el truco de las gafas.
– ¿El truco de las gafas? Pero si ni siquiera llevas gafas.
– Las llevaré el día de la subasta, y mientras las lleve sabrás que continúo pujando. Si me las quito, es que he terminado de pujar. Así, cuando salgas de la sala, el subastador sólo se fijará en que yo sigo llevando las gafas puestas. La señora Trentham pensará que has abandonado, y permitirá alegremente que otra persona siga pujando, siempre que crea que no te representa.
– Eres fantástica, señora Trumper -dijo Charlie, sirviéndole café-, pero ¿qué pasará si te ve charlando con el subastador, o peor aún, descubre tu código antes de que el señor Fothergill empiece la subasta?
– No podrá. Acordaré el código con Fothergill pocos minutos antes de que empiece la subasta. En cualquier caso, será en este momento cuando hagas tu gran entrada, momentos después de que los demás miembros de la junta tomen /asiento detrás de la señora Trentham. Con un poco de suerte, estará tan distraída por todo lo que ocurre a su alrededor que ni siquiera reparará en mí.
– Me he casado con una chica muy inteligente.
– No decías lo mismo cuando íbamos a la escuela elemental de la calle Jubilee.
La mañana de la subasta, Charlie admitió durante el desayuno que estaba muy nervioso, a pesar de la calma aparente de Becky, sobre todo después de que Joan informó a su señora que el segundo criado había oído de labios de la cocinera que la señora Trentham se había puesto un límite de cuatro mil libras para pujar.
– Me pregunto… -empezó Charlie.
– ¿Si lo dijo a propósito? Es posible. Al fin y al cabo, es tan astuta como tú. Mientras nos ciñamos al plan acordado… Y recuerda que todo el mundo, incluida la señora Trentham, tiene un límite… Todavía podemos derrotarla.
Estaba previsto que la subasta diera comienzo a las diez en punto. La señora Trentham entró en la sala veinte minutos antes y se contoneó pasillo adelante. Se sentó en el centro de la tercera fila. Colocó su bolso en una silla y sus papeles en la otra para asegurarse de que nadie se sentaría a su lado. El coronel y sus dos socios entraron en la sala semillena a las 9.50 y, siguiendo las instrucciones, ocuparon los asientos situados detrás de su adversario. La señora Trentham no aparentó el menor interés por su presencia. Charlie hizo aparición cinco minutos después. Avanzó por el pasillo central, saludó con el sombrero a una dama que reconoció, estrechó la mano de una clienta habitual y se sentó en el extremo de la séptima fila. Habló en voz alta con su vecino sobre la gira del equipo inglés de cricket por Australia, mientras el minutero del reloj de péndulo se acercaba lentamente a la hora señalada.