Aunque la sala no era mucho más grande que la sala de estar de Daphne, habían conseguido apretujar cien sillas de diferentes formas y tamaños. Las paredes estaban cubiertas de un tapete verde descolorido que exhibía marcas de ganchos, en los puntos donde habían colgado cuadros en el pasado. La alfombra estaba tan raída que Charlie distinguió por los huecos las tablas del suelo. Presintió que dotar al número 1 de la pulcritud que distinguía a las tiendas Trumper le iba a costar mucho más de lo que imaginaba.
Paseó la vista a su alrededor y calculó que habría unas setenta personas en la sala; se preguntó cuántas habían venido sin intención de pujar, sólo por el placer de presenciar el enfrentamiento entre los Trumper y la señora Trentham.
Syd Wrexall, como representante de la Asociación de Tiendas, se hallaba ya en la primera fila, los brazos cruzados y una expresión de serenidad forzada en el rostro. Su amplio volumen ocupaba casi dos sillas. Charlie sospechó que no aguantaría más allá de la segunda o tercera puja. No tardó en localizar a la señora Trentham, sentada en la tercera fila, y con la vista clavada en el reloj de péndulo.
A falta de dos minutos para el comienzo, Becky entró en el número 1. Charlie estaba ansioso por seguir sus instrucciones al pie de la letra. Se levantó de su silla y avanzó con determinación hacia la salida. Esta vez, la señora Trentham se volvió para observar los movimientos de Charlie. Éste, con semblante inocente, recogió otro contrato de compra y venta en la parte posterior de la sala, volvió a su asiento con parsimonia y se detuvo para charlar con otro tendero que, evidentemente, se había tomado una hora libre para presenciar la subasta.
Cuando Charlie volvió a su sitio no miró a su mujer, que estaba sentada algo más atrás. Tampoco miró a la señora Trentham, aunque su instinto le advirtió de que tenía los ojos clavados en él.
El reloj dio las diez. El señor Fothergill, un hombre alto y delgado que llevaba impecablemente peinadas sus guedejas plateadas, subió los cuatro peldaños que conducían a su palco circular de madera. Charlie pensó que tenía un aspecto impresionante. Se acomodó, apoyó una mano en el borde del palco y sonrió al público apiñado.
– Buenos días, damas y caballeros -saludó, cogiendo su mazo.
El silencio descendió sobre la sala. El señor Fothergill se acarició la corbata de lazo antes de proseguir.
– Vamos a proceder a la venta de la propiedad conocida como Chelsea Terrace, número 1, sus instalaciones, accesorios y contenido, que han estado abiertos al público en general durante las dos últimas semanas. A quien puje más alto se le exigirá un depósito del diez por ciento, apenas concluida la subasta, para completar la transacción en un plazo máximo de noventa días. Así rezan los términos de sus contratos de compra y venta, y lo repito únicamente para que no surjan malos entendidos a posteriori.
Carraspeó. El corazón de Charlie se aceleró. Vio que el coronel cerraba los puños. Becky sacó unas gafas del bolso y las dejó sobre su regazo.
– La subasta se abre con una postura de mil libras -dijo Fothergill al silencioso público. Muchos espectadores se congregaban en un lado de la sala o se recostaban contra la pared, pues ya no quedaban sillas libres. Charlie clavó la mirada en el subastador. El señor Fothergill sonrió al señor Wrexall, que seguía con los brazos cruzados, en una actitud de decidida resolución-, ¿Alguien ofrece más de mil?
– Mil quinientas -dijo Charlie, en voz demasiado alta.
Aquellos que ignoraban la intriga se volvieron para ver quién hacía la oferta. Algunos hicieron comentarios con sus vecinos.
– Mil quinientas -dijo el subastador-, ¿Alguien ofrece dos mil?
El señor Wrexall descruzó los brazos y levantó una mano, como un niño decidido a demostrar que sabe la respuesta a una pregunta formulada por el profesor.
– Dos mil quinientas en el centro de la sala. ¿Alguien ofrece tres mil?
La mano del señor Wrexall se elevó unos centímetros de su rodilla y volvió a caer. Profundas arrugas se marcaron en su frente.
– ¿Alguien ofrece tres mil? -preguntó por segunda vez el señor Fothergill.
Charlie apenas podía dar crédito a su suerte. Iba a conseguir el número 1 por dos mil quinientas libras. Mientras esperaba a que el martillo se abatiera, los segundos parecieron transformarse en minutos.
– ¿Alguien en la sala ofrece tres mil? -preguntó el señor Fothergill, algo decepcionado-. En tal caso, ofrezco el número 1 de Chelsea Terrace por dos mil quinientas libras a la una… -Charlie contuvo el aliento-, A las dos. -El subastador levantó su martillo…-. Tres mil libras -anunció el señor Fothergill con un suspiro audible, cuando la mano enguantada de la señora Trentham descansó de nuevo en su regazo.
– Tres mil quinientas -dijo Charlie cuando el señor Fothergill sonrió en su dirección, pero en cuanto volvió la vista hacia la señora Trentham ésta cabeceó afirmativamente a la petición de cuatro mil libras elevada por el subastador.
Charlie dejó que pasaran unos segundos antes de levantarse, enderezarse la corbata y caminar con semblante lúgubre por el centro del pasillo hasta salir a la calle. No vio a Becky ponerse las gafas, o la expresión de triunfo que invadió el rostro de la señora Trentham.
– ¿Alguien ofrece cuatro mil quinientas libras? -preguntó el subastador. Desvió la vista un breve instante hacia el asiento de Becky y añadió-: Sí. -Se volvió hacia la señora Trentham y preguntó-: ¿Cinco mil libras, señora?
Los ojos de la mujer inspeccionaron a toda prisa la sala, pero todo el mundo comprendió que ignoraba la identidad del último lidiador. Los murmullos aumentaron de volumen, pues todo el público de la subasta empezó a practicar el juego de localizar al lidiador. Sólo Becky, a salvo en su asiento de atrás, no movió ni un músculo.
– Silencio, por favor -pidió el subastador-. Hay una oferta de cuatro mil quinientas libras. ¿He oído cinco mil libras? -Su mirada volvió a la señora Trentham. Esta levantó la mano poco a poco, pero mientras lo hacía se giró en redondo para ver quién pujaba contra ella. Nadie se movió cuando el subastador dijo-: Cinco mil quinientas. Tengo una oferta de cinco mil quinientas. -El señor Fothergill paseó la vista por el público-, ¿Alguien ofrece más?
Miró a la señora Trentham. La mujer parecía desconcertada, y sus manos descansaban inmóviles sobre su regazo.
– Cinco mil quinientas a la una -dijo el señor Fothergill-. Cinco mil quinientas a las dos. -Becky se humedeció los labios para reprimir una amplia sonrisa-. Y cinco mil quinientas a las tres.
El subastador levantó el martillo.
– Seis mil -dijo la señora Trentham con voz clara, casi agitando la mano.
El público se quedó sin aliento. Becky se quitó las gafas con un suspiro, comprendiendo que su minucioso plan había fracasado, a pesar de que la señora Trentham había pagado hasta el triple de lo que una tienda en Chelsea Terrace había costado hasta el momento.
Los ojos del subastador escrutaron la parte posterior de la sala, pero Becky aferraba con firmeza las gafas, así que desvió la mirada hacia la señora Trentham, que no podía disimular una mirada de triunfo.
– Seis mil a la una -dijo el subastador, paseando la vista por la sala-. Seis mil a las dos. Si nadie ofrece más, seis mil a las tres…
Alzó el martillo de nuevo.
– Diez mil libras -dijo una voz desde atrás.
Todo el mundo se volvió. Charlie había regresado y se hallaba de pie en el pasillo, la mano derecha alzada en el aire.
El coronel empezó a sudar, algo que no solía hacer en público, al ver que el licitador era Charlie. Se sacó un pañuelo del bolsillo superior y se secó la frente.