– Hay una oferta de diez mil libras -dijo un sorprendido señor Fothergill.
– Once mil -exclamó la señora Trentham, mirando a Charlie con belicosidad.
– Doce mil -ladró Charlie.
El tono de las conversaciones alcanzó un volumen ensordecedor. Becky tuvo ganas de levantarse y echar a su marido de la sala.
– Silencio, por favor -pidió el señor Fothergill-. ¡Silencio!
El coronel continuaba secándose la frente, el señor Sanderson tenía la boca lo bastante abierta para facilitar el acceso de un enjambre de moscas y la cabeza del señor Hadlow se hallaba firmemente sepultada entre sus manos.
– Trece mil -dijo la señora Trentham.
Becky observó que la mujer, al igual que su marido, había perdido los papeles por completo.
– ¿Alguien ofrece catorce mil? -preguntó el subastador.
Charlie, con semblante preocupado, se limitó a arrugar la frente, menear la cabeza y hundir las manos en los bolsillos.
Becky suspiró aliviada, despegó sus manos y volvió a ponerse las gafas, nerviosa.
– Catorce mil -dijo el señor Fothergill, mirando hacia Becky.
Se desató una nueva algarabía cuando ella se quitó rápidamente las gafas y se levantó para protestar. Charlie parecía absorto. Los ojos de la señora Trentham estaban clavados en Becky, a la que había localizado por fin.
– Quince mil libras -anunció, con una sonrisa de triunfo.
El subastador miró a Becky, que había guardado las gafas en el bolso, cerrándolo con un chasquido. También miró a Charlie, que continuaba con las manos hundidas en los bolsillos.
– En la parte delantera de la sala se ofrecen quince mil libras. ¿Alguien da más? -Los ojos del subastador escrutaron sucesivamente a Becky, Charlie y la señora Trentham-, Quince mil a la una. -Miró a su alrededor de nuevo-. Quince mil a las dos… Quince mil a las tres. -El martillo se abatió con un golpe sordo-. Declaro vendida la propiedad por quince mil libras a la señora de Gerald Trentham.
Becky corrió hacia la puerta, pero Charlie ya se hallaba en la acera.
– ¿A qué estabas jugando, Charlie? -preguntó, aun antes de alcanzarle.
– Sabía que pujaría hasta las trece mil libras, porque ésa es la cantidad que todavía tiene en el banco.
– ¿Cómo lo sabes?
– El segundo criado de la señora Trentham me pasó la información esta mañana. Por cierto, le he contratado como mayordomo.
El coronel se reunió en aquel momento con ellos.
– Debo reconocer, Rebecca, que tu plan era brillante -dijo-. Me engañó por completo.
– Y a mí también -dijo Charlie.
– Corriste un peligro espantoso, Charlie Trumper -insistió Becky a su marido.
– Tal vez, pero al menos sabía cuál era su límite. No tenía ni idea de cuál era tu juego.
– Cometí un gigantesco error -dijo Becky-. Cuando volví a ponerme las gafas… ¿De qué te ríes, Charlie Trumper?
– Loado sea Dios por los auténticos aficionados.
– ¿Qué quieres decir?
– La señora Trentham se creyó de veras que estabas pujando y se pasó de rosca. De hecho, ella no fue la única que se dejó arrastrar por la emoción. Empiezo a sentir pena por…
– ¿Por la señora Trentham?
– Desde luego que no -dijo Charlie, con cierta vehemencia-. Por el señor Fothergill. Va a pasar noventa días en el cielo, pero luego caerá a tierra de morros.
LA SEÑORA TRENTHAM
1919-1927
Capítulo 22
No creo que nadie pueda tildarme de presuntuosa, pero creo en la máxima «Un lugar para todo, y todo en su lugar», aplicada también a los seres humanos.
Nací en Yorkshire en pleno apogeo del imperio Victoriano, y me considero capacitada para afirmar que, durante aquel período de la historia de nuestra isla, mi familia jugó un papel considerable.
Mi padre, sir Raymond Hardcastle, no era sólo un inventor e industrial de gran imaginación y talento, sino que fundó una de las empresas más prósperas de la nación. Al mismo tiempo, siempre trató a sus trabajadores como si formaran parte de la familia, e impuso este ejemplo, siempre que trataba con aquellos menos afortunados que él. He tratado de conducir mi vida por el mismo camino.
No tengo hermanos, pero sí una hermana mayor, Amy. Aunque sólo existe una diferencia de dos años entre nosotras, no voy a pretender que estuviéramos muy unidas, quizás porque yo era una niña extravertida, incluso vivaz, y ella era más bien tímida y reservada, y se mostraba retraída, sobre todo cuando entraba en contacto con miembros del sexo opuesto. Padre y yo intentamos buscarle un marido adecuado, pero la empresa se demostró imposible, y hasta padre se rindió cuando Amy cumplió cuarenta años. A cambio, desde la prematura muerte de mi madre, ha dedicado eficazmente su tiempo a cuidar de mi adorado padre en su vejez, un acuerdo, debería añadir, que les cuadra a ambos de una forma admirable.
Yo, por mi parte, no tuve problemas para encontrar marido. Si no recuerdo mal, Gerald fue el cuarto, o quizás quinto, pretendiente que se postró de hinojos para solicitar mi mano en matrimonio. Nos conocimos cuando me hallaba invitada en la casa de campo de lord y lady Fanshaw, en Norfolk. Los Fanshaw eran viejos amigos de mi padre, y yo me veía con su hijo menor Anthony desde hacía mucho tiempo. Al enterarme de que no iba a heredar las tierras o el título de su padre, como yo suponía, decidí frustrar sus expectativas de mantener una relación duradera conmigo. Si no recuerdo mal, a padre no le alegró mi conducta, y hasta es posible que me castigara en aquel momento, pero como intenté explicarle más adelante, Gerald no era el más deslumbrante de mis galanes, pero procedía de una familia que poseía tierras cultivables en tres condados, aparte de una finca en Aberdeen.
Nos casamos en la iglesia de Santa María, Great Ashton, en julio de 1894, y nuestro primer hijo, Guy, fue concebido un año más tarde; es conveniente tardar un período de tiempo pertinente en dar a luz el primer hijo, para no dar lugar a torpes habladurías.
Mi padre siempre nos trató por igual a mí y a mi hermana, aunque a menudo me dio a entender que yo era su favorita. De no ser por su sentido de la justicia me lo habría dejado todo a mí, porque idolatraba a Guy, pero Amy heredará, cuando fallezca mi padre, la mitad de su enorme fortuna. Dios sabe qué uso dará a tanta riqueza; sus únicos intereses en la vida se limitan a la jardinería, el ganchillo y alguna visita ocasional a Scarborough.
Pero, volviendo a Guy, todo el mundo que le conoció durante aquellos años de formación comentó, invariablemente, su hermosura, y, si bien nunca le consentí, consideré pura y simplemente mi deber tomar las medidas oportunas para que se educara en orden a prepararle para el papel que, sin duda, llegaría a jugar en la vida. Impulsada por esta idea, y antes aún de bautizarlo, lo inscribimos en la escuela primaria Asgarth, y después en Harrow, desde donde ingresaría, supuse, en la Real Academia Militar. Su abuelo no escatimó gastos en su educación y, en el caso de su nieto mayor, fue más que generoso.
Seis años después di a luz a un segundo hijo, Nigel, que nació algo prematuramente, lo cual explicaría por qué le costó más progresar que a su hermano mayor. Guy, entretanto, tuvo varios profesores particulares, uno o dos de los cuales le encontraron demasiado travieso. Al fin y al cabo, ¿qué niño no te pone sapos en el baño o te corta los cordones de los zapatos por la mitad?
A la edad de nueve años ingresó en Asgarth, y de allí pasó a Harrow. El reverendo Anthony Wood era el director en aquel tiempo, y yo le recordé que Guy era la séptima generación de Trenthams que asistía a aquel colegio.
Guy destacó en la fuerza combinada de cadetes, llegando a sargento mayor de la compañía el último año, y en el cuadrilátero de boxeo, donde derrotó a todos sus oponentes, con la notable excepción del combate contra Radley, en que se enfrentó con un nigeriano. Después me enteré de que tenía más de veinte años.