Unos seis meses después, el coronel sir Danvers Hamilton dejó aquella nota a Gerald en el buzón de Chester Square, 19. Cuando Gerald me dijo que Hamilton deseaba entrevistarse con él en privado, intuí problemas. Con los años había conocido a muchos oficiales compañeros de Gerald, de modo que sabía muy bien cómo manejarlos. Gerald, por otra parte, es muy ingenuo en lo concerniente a la naturaleza humana, y siempre concede al otro el beneficio de la duda. Repasé de inmediato los compromisos que tenía mi marido en la Cámara de los Comunes la semana siguiente y cité a sir Danvers el lunes a las seis de la tarde, sabiendo perfectamente que Gerald, a causa de sus compromisos, se vería obligado a cancelar la cita en el último momento.
Gerald telefoneó el día en cuestión algo después de las cinco, diciendo que no podría escaparse y que le representara en su lugar. Una hora después, sir Danvers llegó a Chester Square. Tras disculpar la ausencia de mi marido le convencí de que me comunicara su mensaje. Cuando el coronel me informó de que la señorita Salmon estaba embarazada, yo le pregunté, por supuesto, qué nos importaba eso a Gerald o a mí. Vaciló sólo un momento e insinuó que Guy era el padre. Comprendí al instante que, si permitía la propagación de tales rumores, no tardarían en llegar a oídos de sus hermanos de armas en Poona, y que perjudicarían gravemente las posibilidades de ascenso de mi hijo. Deseché tal insinuación como ridícula, y despedí al coronel sin más.
Durante una partida de bridge celebrada la semana siguiente en casa de Celia Littlechild, ésta confesó que había contratado a un detective privado llamado Harris para espiar a su primer marido, pues sospechaba que le era infiel. Después de oír esto, no logré concentrarme en el juego, lo que provocó el enfado de mi compañera.
Al volver a casa busqué el nombre en el listín de Londres. Allí estaba: «Max Harris, detective privado. Ex Scotland Yard. Se atiende toda clase de problemas». Me quedé unos minutos mirando el teléfono. Por fin, descolgué y pedí a la operadora que me pusiera con Flaxman 3720. Pasaron unos segundos antes de que respondieran.
– Harris -dijo una voz brusca, sin más explicaciones.
– ¿Es la agencia de detectives? -pregunté, casi colgando el teléfono antes de que el hombre pudiera responder.
– Sí, señora, en efecto -dijo la voz, con un poco más de entusiasmo.
– Es posible que necesite su ayuda… para un amigo, por supuesto -dije, sintiéndome bastante estúpida.
– Un amigo. Sí, claro. En ese caso, lo mejor sería concertar una entrevista.
– Pero no en su oficina -insistí.
– Lo entiendo muy bien, señora. ¿Le va bien en el hotel St. Agnes, de la calle Bury, South Kensington, mañana a las cuatro de la tarde?
– Sí -contesté, y colgué el teléfono, dándome cuenta de que él no sabía mi nombre y yo no conocía su aspecto.
Cuando llegué al St. Agnes, un lugar espantoso al lado de Brompton Road, South Kensington, di varias vueltas a la manzana antes de decidirme a entrar en el vestíbulo. Un hombre de unos treinta o treinta y cinco años se hallaba apoyado en el mostrador de recepción. Dio un salto en cuanto me vio.
– ¿Busca al señor Harris, por casualidad? -inquirió.
Asintió y, sin perder tiempo, me condujo al salón de té y me ofreció un asiento en el rincón más apartado. Se sentó frente a mí y le examiné con toda atención. Debía medir alrededor de un metro setenta y era corpulento, de cabello castaño oscuro y bigote aún más castaño. Vestía una chaqueta de tweed Harris a cuadros sobre fondo marrón, una camisa crema y una estrecha corbata amarilla. Cuando empecé a explicarle mi propósito, se puso a chasquear los nudillos, uno a uno, primero de la mano izquierda y luego de la derecha, distrayéndome. Tuve ganas de levantarme y marcharme, y lo habría hecho de haber creído por un momento que me resultaría fácil encontrar a alguien menos repugnante para realizar mis deseos.
Tardé bastante en convencer al señor Harris de que no buscaba un divorcio. Le expliqué mi problema con todo lujo de detalles en aquella primera entrevista. Me quedé de piedra cuando solicitó la exorbitante cantidad de cinco chelines a la hora, sólo para iniciar las investigaciones. Sin embargo, presentí que no tenía muchas alternativas al alcance de mi mano. Convine con él en que empezara al día siguiente, y que nos volveríamos a encontrar una semana después.
El primer informe del señor Harris corroboró que, según la opinión de los que pasaban la mayor parte de sus horas de trabajo en una taberna de Chelsea llamada «El Mosquetero», Charlie Trumper era el padre del hijo de Rebecca Salmon, y que, cuando se le preguntaba directamente, no lo negaba. Como para demostrar esta aseveración, la señorita Salmon y él se casaron a los pocos días de nacer el niño, en la oficina del registro y a hurtadillas.
El señor Harris no tuvo problemas para conseguir una copia del certificado de nacimiento del niño. Confirmaba que Daniel George Trumper era hijo de Rebecca Salmon y Charlie George Trumper, que residían en Chelsea Terrace, 147. Observé que los nombres del niño correspondían a los de ambos abuelos. En mi siguiente carta a Guy incluí una copia de la partida de nacimiento, junto con un par de detalles que Harris me había proporcionado, relativos a la boda y al nombramiento del coronel Hamilton como presidente del consejo de administración de los Trumper. Supuse que aquello daba carpetazo al tema.
No obstante, dos semanas después recibí una carta de Guy; imagino que se cruzó con la mía. Explicaba que sir Danvers se había puesto en contacto con su oficial en jefe, el coronel Forbes. La insistencia de éste en que se celebrara una investigación oficial dio lugar a que Guy tuviera que presentarse ante un grupo de oficiales para explicar su relación con la señorita Salmon.
Me senté de inmediato a escribir una larga carta al coronel Forbes. Guy no estaba en condiciones de presentar todas las pruebas que yo había logrado encontrar. Incluí también otra copia de la partida de nacimiento para que no le quedara ninguna duda de que mi hijo no tenía nada que ver con la señorita Salmon. Añadí, sin mala voluntad, que el coronel Hamilton era ahora presidente de la junta de administración de los Trumper, un cargo del que obtenía cierta remuneración. Las largas hojas informativas que Harris me enviaba cada semana me resultaban de considerable utilidad, he de admitirlo.
Durante un corto tiempo las cosas volvieron a la normalidad. Gerald se dedicó a sus tareas parlamentarias, mientras yo me concentraba en ocupaciones poco absorbentes, como el nombramiento del nuevo capillero del vicario y mi círculo de bridge.
El problema, sin embargo, se agudizó más de lo que yo había imaginado, pues por pura casualidad descubrí que ya no estábamos incluidos en la lista de invitados de Daphne Harcourt-Browne, con motivo de su boca con el marqués de Wiltshire. Cabe decir que Percy jamás se habría convertido en el duodécimo marqués de no ser porque su padre y su hermano sacrificaron sus vidas en el frente occidental. Sin embargo, averigüé por otras personas presentes en la ceremonia que tanto el coronel Hamilton como los Trumper fueron vistos en Santa Margarita y en la recepción posterior.
Durante este período, el señor Harris siguió proporcionándome informes sobre las idas y venidas de los Trumper, y sobre su floreciente imperio comercial. Debo confesar que no tenía el menor interés en ninguna de sus transacciones comerciales; era un mundo totalmente ajeno a mí, pero no por ello dejé de informarme, pues así obtenía un perfil útil de los adversarios de Guy.
Pocas semanas después recibí una nota del coronel Forbes, comunicándome que había recibido mi carta, y no volví a escuchar nada más sobre el infortunado equívoco concerniente a Guy. Asumí que las aguas habían vuelto a su cauce y que las patrañas del coronel Hamilton habían recibido el desprecio que merecían. Al año siguiente, una mañana de junio, llamaron a Gerald desde el ministerio de la Guerra, para lo que él imaginó un asunto relacionado con el parlamento.