Cuando mi marido volvió a Chester Square aquella tarde, me hizo sentar y beber un whisky antes de explicarme que traía desagradables noticias. Nunca le había visto tan serio. Guardé silencio, preguntándome qué podía ser tan importante para obligarle a volver a casa por la tarde.
– Guy ha presentado la dimisión -anunció con gravedad-. Volverá a Inglaterra en cuanto se hayan resuelto los trámites burocráticos.
– ¿Por qué? -pregunté estupefacta.
– No ha dado ninguna explicación. Me convocaron en el ministerio de la Guerra esta mañana -prosiguió Gerald- y fui recibido por Billy Cuthbert, un camarada de los Fusileros. Me informó en privado de que si Guy no hubiera dimitido, le habrían expulsado.
Durante el tiempo que esperé el regreso de Guy, examinaba todos los informes que el señor Harris me entregaba sobre el creciente imperio de los Trumper, por insignificante que me pareciera. Entre las numerosas páginas que el detective me hizo llegar, sin duda para justificar sus exagerados honorarios, reparé en un tema que debía ser tan importante para los Trumper como la reputación de mi hijo para mí.
Procedí a investigarlo por mi cuenta, y tras examinar la propiedad un domingo por la mañana telefoneé a Savill's el lunes para ofrecer dos mil quinientas libras por la propiedad en cuestión. Me llamaron a finales de semana para decir que alguien les había ofrecido tres mil.
– Entonces, ofrezca cuatro mil -dije, antes de colgar el teléfono.
Los agentes de bienes inmuebles me confirmaron por teléfono aquella tarde que ya era la propietaria de Chelsea Terrace, 25-99, un bloque de pisos. Les di permiso para comunicar al representante de los Trumper quién iba a ser su nueva vecina.
Capítulo 23
Guy Trentham llegó a la puerta de Chester Square, 19, una fría tarde de 1922, a finales de septiembre, justo después de que Gibson retirase el servicio de té. Su madre nunca olvidaría aquel momento, porque cuando Guy entró en la sala de estar casi no le reconoció. La señora Trentham estaba redactando una carta en su escritorio, cuando Gibson anunció:
– El capitán Guy.
Se volvió y vio a su hijo entrar en la sala, encaminarse directamente a la chimenea y quedarse de pie, las piernas separadas, de espaldas al fuego. Tenía los ojos vidriosos fijos en algún punto situado frente a él, pero no dijo nada.
La señora Trentham agradeció interiormente que Gerald se encontrara tomando parte en un debate que se celebraba en los Comunes aquella tarde; su vuelta no estaba prevista hasta que terminara la votación, a las diez de la noche.
Era obvio que Guy llevaba varios días sin afeitarse. Tampoco le hubiera ido mal un cepillo, y nadie reconocería el traje que vestía como aquel confeccionado por Gieves tres años antes. La desaliñada figura se erguía dando la espalda al fuego. Su cuerpo temblaba. Llevaba un paquete envuelto en papel marrón bajo el brazo.
– ¿Qué te han dicho, madre? -preguntó por fin Guy, con voz temblorosa y vacilante.
– Nada importante. -Ella le miró con aire interrogativo-. Dejando aparte que has renunciado, y que de no haberlo hecho te habrían expulsado del ejército.
– Sí, todo eso es verdad -dijo, colocando el paquete sobre la mesa que había a su lado-. Y todo porque conspiraron contra mí.
– ¿Quiénes?
– El coronel Hamilton, Trumper y la chica.
– ¿El coronel Forbes se decantó por la palabra de la señorita Salmon, a pesar de la carta que le escribí?
– Sí… Sí, así es. Después de todo, el coronel Hamilton todavía tiene muchos amigos en el regimiento, y algunos se alegraron mucho de apoyarle, sobre todo si eso suponía la eliminación de un rival.
Ella le contempló durante un largo momento, mientras Guy desplazaba el peso de su cuerpo de un pie al otro.
– Yo creía que el tema se había aclarado. Al fin y al cabo, la partida de nacimiento…
– Y así habría sido de estar firmada también por Charlie Trumper, pero la partida sólo llevaba una firma: la de ella. Para empeorar las cosas, el coronel Hamilton aconsejó a la señorita Salmon que amenazara con denunciarme por incumplimiento de palabra. Si lo hubiera hecho, a pesar de mi inocencia, el buen nombre del regimiento se habría visto perjudicado irremediablemente. Por lo tanto, creí que mi única elección era apelar a mi honor y dimitir al instante. -Su voz adquirió un tono más amargo-. Y todo porque Trumper tuvo miedo de que la verdad saliera a la luz.
– ¿A qué te refieres, Guy?
Evitó la mirada de su madre y se dirigió hacia el bar, donde se sirvió un generoso whisky, sin soda. Tomó un largo sorbo. Su madre aguardó en silencio a que continuara.
– Después de la segunda batalla del Mame, el coronel Hamilton me ordenó que abriera una investigación sobre la cobardía de Trumper en el campo de batalla -dijo Guy, volviendo junto a la chimenea-. Muchos opinaron que debía ser llevado ante un consejo de guerra, pero el único otro testigo, el soldado Prescott, resultó muerto por una bala perdida a pocos metros de nuestras trincheras. Yo había guiado estúpidamente a Prescott y Trumper hasta nuestras líneas, y cuando Prescott cayó me volví y distinguí una sonrisa en el rostro de Trumper. Se limitó a decir: «Mala suerte, capitán, ahora se ha quedado sin testigo, ¿eh?».
– ¿Se lo contaste a alguien?
Guy volvió al bar para llenarse el vaso.
– ¿A quién se lo podía decir, después de perder a mi único testigo? Con Prescott muerto, hice cuanto pude para que le concedieran la Medalla Militar, aunque eso supusiera sacar a Trumper del apuro. Después, descubrí que ni siquiera había confirmado mi versión de los hechos. Casi me impidieron recibir la Cruz Militar.
– Y ahora que ha logrado obligarte a abandonar tu carrera, sólo es tu palabra contra la de él.
– Ese sería el caso, si Trumper no hubiera cometido un estúpido error en el campo de batalla que todavía puede causar su ruina…
– ¿De qué estás hablando?
– Bien -continuó Guy, con voz algo más serena-, fui al rescate de esos dos hombres en plena batalla. Les encontré escondidos en una iglesia bombardeada. Tomé la decisión de quedarnos allí hasta que anocheciera, con la intención de conducirles de vuelta a nuestras trincheras. Mientras esperábamos en el tejado a que anocheciera, Trumper creyó que me había dormido. Le vi bajar a la sacristía y coger un magnífico cuadro de la Virgen María de detrás del altar. Continué observándole y vi que ocultaba el pequeño óleo en su mochila. No dije nada en aquel momento, porque comprendí que ésa era la prueba que necesitaba para demostrar su doblez; al fin y al cabo, el cuadro bien podía ser devuelto posteriormente. Una vez en nuestras líneas registré de inmediato el equipo de Trumper, para poder arrestarle por robo, pero no encontré nada.
– ¿Y de qué te puede servir ahora?
– La pintura ha reaparecido.
– ¿Reaparecido?
– Sí -dijo Guy, alzando la voz-. Daphne Harcourt-Browne me dijo que había visto la pintura en la sala de estar de Trumper, e incluso me la describió en detalle. No tuve la menor duda de que era el mismo cuadro de la Virgen María y el Niño que él había robado de la iglesia.
– No hay nada que hacer, mientras el cuadro siga en su casa.
– Ya no está allí. Por eso voy disfrazado de esta forma.
– Deja de hablar en clave. Sé más explícito, Guy.
– Esta mañana visité la casa de los Trumper y le dije al ama de llaves que había servido en el frente occidental con su amo.
– ¿Crees que fue una decisión inteligente, Guy?