– Le dije que mi nombre era Fowler, cabo Denis Fowler, y que deseaba ver a Charlie. Sabía que no estaba, porque le había visto entrar en una de sus tiendas de Chelsea Terrace unos minutos antes. La criada, que me miró con suspicacia, me pidió que esperase en el vestíbulo, mientras subía la escalera para informar a la señora Trumper de mi presencia. Eso me dio tiempo suficiente para deslizarme en la sala de estar y coger el cuadro, siguiendo las indicaciones de Daphne. Salí de la casa antes de que se dieran cuenta.
– Informarán del robo a la policía y te detendrán.
– Ni hablar -dijo Guy. Levantó el paquete de la mesa y empezó a desenvolverlo-, Trumper no querrá que la policía encuentre esto.
Entregó el cuadro a su madre.
La señora Trentham contempló el pequeño óleo.
– A partir de ahora, deja de mi cuenta al señor Trumper -dijo ella, sin más explicaciones. Guy sonrió por primera vez desde que había puesto el pie en su casa-. Sin embargo, debemos concentrarnos en el inmediato problema de tu futuro. Todavía confío en encontrarte un empleo en la City. Ya he hablado con…
– Eso no saldrá bien, madre, y tú ya lo sabes. No hay futuro para mí en Inglaterra. Al menos, hasta que mi nombre quede limpio. En cualquier caso, no quiero instalarme en Londres para explicar a tu círculo de bridge por qué no estoy en la India con mi regimiento. No, me iré al extranjero hasta que la situación se haya calmado un poco.
– En ese caso, necesitaré algo de tiempo para meditar -replicó la madre de Guy-, Entretanto, sube a bañarte. Buscaré ropa limpia y pensaré en lo que se debe hacer.
En cuanto Guy salió de la sala, la señora Trentham volvió a su escritorio y guardó bajo llave el cuadro en el cajón inferior del lado izquierdo. Introdujo la llave en su bolso y se concentró en lo que debía hacerse cuanto antes para salvaguardar el buen nombre de los Trentham.
Un plan empezó a forjarse en su mente mientras miraba por la ventana. Si bien le exigiría utilizar sus ya menguados recursos económicos, le concedería el respiro necesario para demostrar que Trumper era un ladrón y un mentiroso, y para humillarle públicamente cuando llegara el momento.
La señora Trentham sabía que sólo tenía unas cincuenta libras en la caja fuerte de su dormitorio, pero aún le quedaban seis mil de las veinte mil que su padre le había entregado el día en que se casó.
– Por si se produce una emergencia imprevista -le había profetizado.
La señora Trentham sacó una hora de papel de la gaveta y empezó a tomar notas. Sabía que tardaría mucho en volver a ver a su hijo, una vez se marchara aquella noche de Chester Square. Cuarenta minutos después estudió sus resultados:
50 libras (en metálico)
Sydney
Max Harris
Gabán
5.000 libras (cheque)
Bentley's
Cuadro
Policía (comisaría de la zona)
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el regreso de Guy. Se parecía más al hijo que recordaba. Una chaqueta cruzada y pantalones de franela sustituían al traje arrugado. Dobló la hoja de papel, tras haber decidido exactamente qué iniciativa iba a tomar.
– Siéntate y escucha con atención -dijo la mujer.
Guy Trentham abandonó Chester Square pocos minutos después de las diez, la hora en que su padre debía regresar de los Comunes. Llevaba en el bolsillo cincuenta y tres libras en metálico y un cheque por cinco mil. Había accedido a escribir a su padre, explicándole por qué se había trasladado a Australia, en cuanto desembarcara en Sydney. Su madre también prometió que, durante su ausencia, haría todo lo que pudiera por limpiar su nombre, a fin de que pudiera volver a Inglaterra libre de culpas y ocupara el lugar que le correspondía, como cabeza de familia.
La señora Trentham ordenó a los dos únicos criados que habían visto aquella noche a Guy que no mencionaran su visita a nadie, so pena de perder su empleo.
La última acción de la señora Trentham antes de que su marido regresara fue telefonear a la policía. El agente Wrigley tomó nota del robo denunciado.
La señora Trentham no se mantuvo ociosa durante las semanas que esperó la llegada de la carta que su hijo había prometido escribir. El día posterior a la partida de Guy hacia Australia realizó una de sus visitas periódicas al hotel St. Agnes, con un paquete cuidadosamente envuelto bajo el brazo. Entregó el paquete al señor Harris y procedió a darle una serie de minuciosas instrucciones.
Dos días más tarde, el detective le confirmó que el retrato de la Virgen María y el Niño había sido confiado a Bentley's, los prestamistas, y no podría ser vendido hasta pasados cinco años, cuando la papeleta de empeño expirase. Le dio una foto del cuadro y el recibo para demostrarlo. La señora Trentham se guardó la foto en el bolso, pero no se molestó en preguntarle a Harris qué había hecho de las cinco libras que le habían pagado por el cuadro.
– Bien -dijo, colocando el bolso junto a la silla-. Muy satisfactorio.
– ¿Quiere que encauce al hombre adecuado de Scotland Yard en dirección a Bentley's? -preguntó Harris.
– Por supuesto que no -replicó la señora Trentham-, La próxima vez que alguien vea ese cuadro lo hará en una subasta de Sotheby's.
Capítulo 24
– Buenos días, señora. Lamento molestarla.
– No es ninguna molestia -dijo la señora Trentham al oficial de policía que Gibson había anunciado como inspector Richards.
– La verdad es que no es a usted a quien quería ver, sino a su hijo, el capitán Trentham.
– En ese caso, le espera un largo viaje, inspector.
– No estoy seguro de comprenderla, señora.
– Mi hijo se está ocupando de los intereses familiares en Australia, como socio de una importante firma de tratantes de ganado.
Richards fue incapaz de disimular su sorpresa.
– ¿Y cuánto tiempo estará ausente, señora?
– Durante mucho tiempo, inspector.
– ¿Podría ser más precisa?
– El capitán Trentham dejó Inglaterra con destino a la India en febrero de 1920, a fin de completar su servicio con el regimiento. Ganó una Cruz Militar en la segunda batalla del Marne. -Indicó con la cabeza la repisa de la chimenea. El inspector pareció muy impresionado-. Por supuesto, su intención nunca fue quedarse en el ejército, pero había proyectado pasar una temporada en las colonias antes de volver para ocuparse de nuestras propiedades en Berkshire.
– ¿Y volvió a Inglaterra antes de tomar posesión de su cargo en Australia?
– Por desgracia no, inspector. Se desplazó a Australia en cuanto hubo presentado la renuncia. Mi marido, al que estoy segura conocerá como miembro del Parlamento por Berkshire West, le confirmará las fechas exactas.
– No creo que sea necesario molestarle, señora.
– ¿Puedo preguntarle por qué deseaba ver a mi hijo?
– Estamos realizando investigaciones relativas al robo de un cuadro en Chelsea. -La señora Trentham no hizo el menor comentario. El inspector continuó-: Alguien cuya descripción coincide con la de su hijo fue visto en las cercanías, vistiendo un viejo sobretodo del ejército. Esperábamos que nos ayudara en nuestras pesquisas…
– ¿Cuándo se cometió el delito?
– A principios de septiembre, señora, y como el cuadro aún no ha sido recuperado seguimos en el caso… -La señora Trentham mantenía la cabeza algo inclinada, mientras continuaba escuchando con toda atención-…, pero ahora se nos ha dado a entender que el propietario no desea presentar cargos, por lo que es de esperar que el caso se cierre muy pronto. ¿Es éste su hijo? -El inspector señaló una foto de Guy en uniforme, que descansaba sobre una mesita auxiliar.
– En efecto, inspector.
– No se ajusta mucho a la descripción que nos han proporcionado -dijo el policía, visiblemente desconcertado-. De todos modos, como usted ha dicho, estaría en Australia en aquel momento. Una coartada indestructible.