El inspector sonrió, pero la expresión de la señora Trentham no se alteró.
– No estará insinuando que mi hijo tuvo algo que ver con el robo, ¿verdad? -preguntó con frialdad.
– Por supuesto que no, señora, pero hemos encontrado un gabán que Gieves, la sastrería de Saville Row, ha identificado, porque fue confeccionado para el capitán Trentham. La llevaba un antiguo soldado, el cual…
– Entonces, también habrán encontrado al ladrón -dijo la señora Trentham con desdén.
– No, señora. El caballero en cuestión sólo tiene una pierna.
La señora Trentham no demostró la menor señal de consternación.
– En tal caso, sugiero que telefoneen a la comisaría de policía de Chelsea -aconsejó-, pues estoy segura de que esclarecerán los hechos.
– Pero es que yo vengo de la comisaría de Chelsea -replicó el inspector, con una sonrisa afectada.
La señora Trentham se levantó del sofá y se encaminó con parsimonia hacia su escritorio; abrió un cajón y sacó una hoja de papel. Se la entregó al inspector. Este se sonrojó al leer su contenido. Al terminar de leer la hoja se la devolvió a la mujer.
– Le ruego que me perdone, señora. Ignoraba que hubiera denunciado el robo el mismo día. Hablaré con el joven agente Wrigley en cuanto vuelva a la comisaría. -La señora Trentham se mostró indiferente ante la turbación del policía -. Bien, no la molestaré más. Conozco la salida.
La señora Trentham esperó a que la puerta se cerrara para descolgar el teléfono y pedir un número de Flaxman.
Dirigió una única petición al detective. Harris hizo crujir sus nudillos, mientras meditaba en la forma de complacer la última solicitud de su cliente.
La señora Trentham supo que Guy había llegado a Australia cuando su cheque fue cobrado por Coutts & Co. en un banco de Sydney. La carta dirigida a su padre llegó, tal como había prometido, seis semanas después. Cuando Gerald le informó del contenido, ella fingió sorpresa, pero su marido no demostró excesivo interés por la extraña decisión de Guy.
Los informes que Harris le entregó durante los sucesivos meses dieron a entender que la nueva empresa de los Trumper se robustecía día a día, pero una sonrisa se formaba en los labios de la señora Trentham cuando pensaba que le había parado los pies a Charlie por la módica cantidad de cuatro mil libras.
La misma sonrisa iluminó su rostro cuando, algunas semanas después, recibió una carta de Savill's, ofreciéndole la oportunidad de infligir una frustración similar a la señora Trumper, aunque el costo, en esta ocasión, sería un poco más elevado. La señora Trentham verificó el saldo de su cuenta bancaria, y se sintió satisfecha al ver que era suficiente para sus propósitos.
Savill's había informado regularmente a la señora Trentham sobre las tiendas que salían a la venta en Chelsea Terrace, pero jamás trató de impedir a Trumper que las comprara, razonando que la posesión de los pisos bastaría para arruinar los proyectos a largo plazo de Charlie. Sin embargo, al examinar los detalles concernientes a Chelsea Terrace número 1, comprendió que las circunstancias eran muy diferentes. No sólo era la tienda de la esquina, encarada hacia Fulham Road, y la mayor propiedad de la manzana, sino que pertenecía a un excelente, aunque algo en decadencia, marchante de arte y tasador. Era el premio obvio a los años de preparación en el colegio Bedford y, más recientemente, en Sotheby's que la señora Trumper había dedicado.
Una carta que acompañaba a la factura de venta preguntaba si la señora Trentham deseaba ser representada en la subasta que el señor Fothergill, el actual propietario, pensaba conducir en persona.
Respondió a la carta el mismo día, dando las gracias a Savill's pero explicando que prefería pujar sin intermediarios; solicitaba, asimismo, su opinión sobre la cantidad máxima que podía alcanzar la propiedad.
La respuesta de Savill's incluía varios «aunques» y «peros», ya que, en su opinión, la propiedad era única. También indicaban que no se hallaban en condiciones de tasar el valor de las existencias. Sin embargo, calculaban que el coste total se elevaría a unas cuatro mil libras.
La señora Trentham acudió de forma regular a las subastas de Christie's que se realizaron durante las siguientes semanas; tomaba asiento en la última fila y observaba el procedimiento. Nunca movió la cabeza o levantó la mano. Quería estar segura de que, cuando llegara el momento de pujar, estaría familiarizada con el mecanismo habitual.
La mañana en que se puso a la venta el número 1 de Chelsea Terrace, la señora Trentham entró en el local ataviada con un vestido rojo oscuro largo que arrastraba por el suelo. Eligió un asiento en la tercera fila y estuvo sentada veinte minutos, antes de que la subasta comenzara. Sus ojos escrutaban a los diferentes participantes que entraban en la sala y se sentaban. El señor Wrexall llegó unos minutos después que ella, y se sentó en la mitad de la primera fila. Su aspecto era sombrío, aunque decidido. Se ajustaba perfectamente a la descripción del señor Harris: unos cuarenta y cinco años, calvo y grueso. Pensó que el exceso de peso le hacía parecer mucho mayor. Su piel era de un tono aceitunado, y cada vez que bajaba la cabeza aparecían varias papadas nuevas. La señora Trentham decidió en aquel instante que, si fracasaba su empeño en apoderarse de Chelsea Terrace, 1, tendría que entrevistarse con el señor Wrexall.
El coronel avanzó por el pasillo, seguido de sus dos otros directores, a las nueve y cincuenta, ocupando los asientos libres situados detrás de la señora Trentham. Aunque miró al coronel éste no hizo el menor esfuerzo por reparar en su presencia.
Las nueve y cincuenta y cinco y no se veía aún ni rastro de los Trumper.
Savill's había advertido a la señora Trentham que, tal vez, un agente representara a Trumper, pero a tenor de las informaciones que había recogido a lo largo de los años sobre el hombre, éste no permitiría que nadie pujara por él. No la decepcionó, porque entró en la sala cuando faltaban cuatro minutos en el reloj situado detrás del estrado. Aunque unos años más viejo que en la fotografía que sostenía en la mano, no cabía duda de que era Charlie Trumper. Llevaba un traje elegante y bien cortado, que disimulaba su incipiente gordura. La sonrisa casi nunca abandonaba sus labios, pero ella tenía planes para borrársela. Daba la impresión de querer alertar a todo el mundo sobre su llegada, pues estrechó las manos y charló con varias personas, antes de ocupar un asiento reservado junto al pasillo, unas cuatro filas detrás de ella. La señora Trentham movió un poco su silla para poder observar a Trumper y al subastador sin necesidad de volverse constantemente.
De súbito, el señor Trumper se levantó, encaminándose a la parte posterior de la sala para coger otro contrato de compraventa. Después, volvió a su asiento reservado. La señora Trentham tuvo la convicción de que lo había hecho a propósito. Sus ojos escudriñaron todas las filas, y empezó a sentirse inquieta.
Cuando el señor Fothergill entró, la sala estaba llena. A pesar de que casi todos los asientos se hallaban ocupados, la señora Trentham no vio a la señora Trumper.
Desde el momento en que el señor Fothergill anunció la primera puja, la subasta no procedió como la señora Trentham había imaginado, e incluso planeado. Su experiencia del mes anterior en Sotheby's no la había preparado para el resultado final, el anuncio que el señor Fothergill efectuó apenas seis minutos después.
– Vendido a la señora Trentham por quince mil libras.
Frunció el ceño al pensar en el espectáculo que había dado en público, a pesar de haber adquirido la tienda de objetos de arte y el golpe asestado a Rebecca Trumper. El coste había sido considerable, y ya no estaba segura de contar con el dinero suficiente para cubrir la cantidad que debía pagar.
Después de ocho días de meditación, durante los cuales llegó a pensar en pedir a su marido, e incluso a su padre, que cubrieran el déficit, decidió sacrificar las mil quinientas libras del depósito, replegarse y lamer sus heridas. La alternativa consistía en confesar a su marido lo que había ocurrido aquel día en Chelsea Terrace, I.