Al día siguiente, la fotografía de Nigel sustituyó a la de su hermano en la mesilla de noche.
CHARLIE
1926-1945
Capítulo 25
Hacía mi ronda habitual de los lunes por Chelsea Terrace, en compañía de Tom Arnold, cuando me dio su opinión.
– Nunca ocurrirá -afirmé.
– Tal vez tenga razón, señor, pero de momento muchos tenderos se están asustando.
– Una pandilla de cobardes. Con un millón de parados, sólo unos cuantos estarían tan locos como para lanzarse a una huelga general.
– Es posible, pero la Asociación de Tiendas continúa aconsejando a sus miembros que protejan con tablas los escaparates.
– Syd Wrexall aconsejaría a sus miembros que protegieran con tablas los escaparates si un pequinés levantara una pata sobre la puerta de «El Mosquetero». Es más, lo haría aunque el animal no fuera a mearse.
Una sonrisa cruzó los labios de Tom.
– ¿Así que está dispuesto a luchar, señor Trumper?
– Ya lo creo. Pienso dar mi total apoyo al señor Churchill en este tema. -Me detuve para echar un vistazo al escaparate de «Sombreros y Bufandas»-. ¿Cuántos empleados tenemos?
– Setenta y uno.
– ¿Y cuántos piensas que pueden secundar la huelga?
– Media docena, diez a lo sumo… y sólo los afiliados al sindicato de dependientes. De todos modos, algunos empleados no podrán venir a trabajar si se paralizaran los transportes públicos.
– Bien. Dame esta misma noche los nombres de los que dudas, y hablaré con todos ellos durante la semana. Al menos, podré convencer a uno o dos de que tienen futuro en la empresa.
– ¿Y qué pasará con ese futuro si la huelga sigue adelante?
– ¿Cuándo vas a meterte en la cabeza, Tom, que nada de lo que ocurra afectará a «Trumper's»?
– Syd Wrexall piensa que…
– Te aseguro que eso es lo único que no hace.
– … piensa que tres tiendas, como mínimo, saldrán a la venta el mes que viene, y que si hay una huelga general quedarán disponibles muchas más. Los mineros están persuadiendo…
– No están persuadiendo a Charlie Trumper. Si te enteras de alguien que quiera vender, Tom, dímelo, porque yo todavía quiero comprar.
– ¿Aunque todos los demás vendan?
– Ese es el momento exacto en que hay que comprar. El momento ideal de subir a un tranvía es cuando todo el mundo baja. Dame esos nombres, Tom. Ahora, me voy al banco.
Me desvié en dirección a Knightsbridge. Hadlow me informó en su despacho de que el saldo de «Trumper's» ascendía a doce mil libras; un buen sostén, en el caso de que se produjera una huelga general, añadió.
– ¿Tú también? -me exasperé-. No habrá huelga. Y si la hay, te pronostico que sólo durará unos días.
– ¿Como la última guerra? -dijo Hadlow, mirándome por encima de sus gafas-. Soy precavido por naturaleza, señor Trumper…
– Bien, pues yo no -le interrumpí-. Prepárate para hacer un buen uso de esa cantidad.
– Ya he apartado la mitad, por si la señora Trentham no logra abonar la cantidad que pujó por el número 1 -me recordó -. Todavía le quedan -se volvió para consultar el calendario colgado en la pared -treinta y dos días para hacerlo.
– Pues sugiero que no perdamos la calma en ningún momento del mes.
– Por si el mercado cae en picado, sería mejor no arriesgarlo todo, ¿no cree, señor Trumper?
– No, no lo creo, pero por eso estoy… -empecé callándome para ocultar mis auténticas sentimientos.
– Es cierto -replicó Hadlow, desconcertándome un poco-, pero por ese mismo motivo le he apoyado con tanto entusiasmo hasta el momento -añadió, magnánimamente.
A medida que pasaban los días, fui admitiendo la posibilidad de que se produjera la huelga general. La sensación de incertidumbre y la falta de confianza en el futuro motivaron que algunas tiendas salieran a la venta.
Compré las primeras dos a precio de saldo, con la condición de pagarlas al contado, y gracias a la rapidez con que Sanderson tuvo lista la documentación y Hadlow entregó el dinero, conseguí añadir la zapatería y la farmacia a mi monopolio.
El jueves 4 de mayo de 1926, día en que se declaró la huelga general, el coronel y yo salimos a la calle con las primeras luces del alba. Echamos un vistazo a nuestras propiedades, de norte a sur. Todos los miembros del comité de Syd Wrexall habían protegido con tablones sus tiendas; yo consideré que su iniciativa significaba rendirse a los huelguistas. Accedí, no obstante, al plan de «cierre» del coronel, que permitió a Tom Arnold, mediante una señal previamente acordada conmigo, cerrar bajo llave las trece tiendas en tres minutos. Tom había realizado el sábado anterior varios «ensayos», ante el asombro de los transeúntes.
Aunque la primera mañana de la huelga hizo buen tiempo y las calles estaban llenas de gente, la única concesión que hice a las masas fue quitar de la acera todos los productos de la 147 y la 131.
A las ocho, Tom Arnold me comunicó que tan sólo cinco empleados habían faltado al trabajo, a pesar de los espectaculares embotellamientos de tráfico que paralizaban los transportes públicos, y uno de ellos se encontraba realmente enfermo.
Mientras el coronel y yo paseábamos arriba y abajo de Chelsea Terrace nos dedicaron algunos insultos, pero no percibí que la multitud perdiera el control y, dentro de todo, la mayor parte de la gente demostraba un buen humor sorprendente. Algunos se pusieron a jugar al fútbol en plena calle.
La primera señal de auténticos desórdenes apareció el segundo día por la mañana, cuando fue lanzado un ladrillo contra el escaparate del número 5, «Joyería y Relojería». Vi a dos o tres jovencitos coger todo lo que podían del expositor y huir avenida abajo. La muchedumbre dio muestras de inquietud y empezó a gritar consignas; entonces, hice la señal a Tom Arnold, que se hallaba a unos cincuenta metros de distancia, y tocó seis veces su silbato. El coronel comprobó, al cabo de tres minutos, que todas las tiendas estaban cerradas a cal y canto. No me moví de mi sitio mientras la policía hacía acto de presencia y detenía a varios individuos. Aunque el ambiente estaba muy caldeado, ordené a Tom Arnold, pasada una hora, que procediera a abrir las tiendas y que se atendiera a los clientes como si no hubiera pasado nada. El cristal de la quincallería fue repuesto antes de tres horas…, si bien no era la mañana más adecuada para comprar joyas.
El martes sólo faltaron tres trabajadores a su puesto, pero conté hasta cuatro tiendas más de la avenida que habían sido protegidas con tablones. Las calles tenían un aspecto mucho más tranquilo. Becky me dijo mientras desayunábamos que el Times no había salido porque los impresores se hallaban en huelga, pero, en respuesta, el gobierno había sacado su propio periódico, la British Gazette, una idea de Churchill, informando a sus lectores que los empleados del ferrocarril y los transportes habían vuelto en masa a trabajar. A pesar de esto, el pescatero del número 11, Norman Cosgrave, me dijo que estaba harto, y me preguntó cuánto había pensado ofrecerle por su establecimiento. Acordamos el precio por la mañana y nos dirigimos al banco por la tarde para cerrar el trato. Una llamada telefónica bastó para confirmar que Sanderson ya tenía los documentos mecanografiados, y Hadlow había preparado el cheque; lo único que faltaba era mi firma. Lo primero que hice al volver a Chelsea Terrace fue poner a Tom Arnold al frente de la pescadería, hasta encontrar al director adecuado para el local de Cosgrave. De momento no dijo nada, pero no se quitó el olor hasta varias semanas después de contratar a un muchacho de Billingsgate.
La huelga general concluyó de forma oficial la novena mañana, y yo ya había adquirido siete tiendas más el último día del mes. Parecía ir y venir como un loco del banco, pero las adquirí todas, excepto una, por un precio que satisfizo incluso a Hadlow.