En la siguiente asamblea general informé al consejo que «Trumper's» poseía ya veinte tiendas en Chelsea Terrace, una menos de las que agrupaba la Asociación de Tiendas. Sin embargo, Hadlow expresó la opinión de que ahora debíamos concentrarnos en un largo período de consolidación, si queríamos que todas y cada una de nuestras propiedades recién adquiridas estuvieran a la misma altura que las trece primeras. Hice una sola propuesta interesante más, recibida con unánime aprobación por mis colegas: que Tom Arnold fuera invitado a formar parte del consejo.
Nunca resistía la tentación de pasar una hora sentado en el banco situado frente al número 147, observando las transformaciones que Chelsea Terrace experimentaba ante mis ojos. Por primera vez, era capaz de diferenciar mis tiendas de las que aún necesitaba adquirir, que incluían las catorce del comité de Wrexall, sin olvidar el prestigioso número 1 o «El Mosquetero».
Habían pasado setenta y dos días desde la subasta, y aunque el señor Fothergill continuaba comprando las frutas y verduras en el 147, nunca me confirmaba si la señora Trentham había liquidado o no su deuda. Joan Moore informó a mi mujer que su antigua patrona había recibido en fecha reciente la visita del señor Fothergill, y aunque la cocinera no había podido escuchar toda la conversación captó voces airadas.
Daphne acudió a la tienda la semana siguiente. Le pregunté si sabía algo sobre las actividades de la señora Trentham.
– Deja de preocuparte por esa maldita mujer -fue todo cuanto Daphne dijo sobre el tema-. En cualquier caso, los noventa días pronto terminarán y, francamente, creo que deberías preocuparte más por tu Segunda Parte que por los problemas económicos de la señora Trentham.
– Tienes toda la razón. Si sigo a este paso, no habré completado el trabajo necesario antes del año próximo -dije, tras elegir una docena de ciruelas impecables y pesarlas.
– Siempre vas con prisas, Charlie. ¿Por qué es preciso terminarlo todo en una fecha concreta?
– Porque eso me mantiene en movimiento.
– Pero Becky se quedará igualmente impresionada por tu éxito si logras tu propósito un año más tarde.
– No sería lo mismo. Tendré que trabajar con más ahínco.
– El día tiene un número limitado de horas -me recordó Daphne-, Incluso para ti.
– Bien, no es culpa mía.
Daphne lanzó una carcajada.
– ¿Cómo va la tesis sobre Luini que prepara Becky?
– Ya ha terminado ese rollo. Está a punto de corregir el borrador final de treinta mil palabras, así que me lleva una buena delantera. De todas formas, con la huelga general y la adquisición de las nuevas propiedades, dejando aparte a la señora Trentham, tengo la impresión de haber estado ocupado todos los minutos de los últimos tiempos.
– ¿Becky aún no ha adivinado tus propósitos?
– No, y procuro estar ausente cuando se queda a trabajar hasta tarde en Sotheby's o se va a catalogar alguna colección importante. Aún no se ha dado cuenta de que me levanto cada mañana a las cuatro y media, cuando me dedico al verdadero trabajo.
Le pasé la bolsa de ciruelas y siete chelines con diez peniques de cambio.
– Igual que un pequeño Trollop, ¿eh? A propósito, aún no le he contado a Percy nuestro secreto, pero ardo en deseos de ver la expresión de su rostro cuando…
– Shhh, ni una palabra…
Como tantas cosas que había perseguido durante mucho tiempo, descubrí que el premio final te cae del cielo cuando menos lo esperas.
Aquella mañana estaba atendiendo en el 147. A Bob Makins siempre le molestaba que me arremangara, pero me gusta charlar con mis clientes de toda la vida, y era la única oportunidad que tenía de hacerlo, así como de descubrir qué opinaban de mis demás tiendas. Sin embargo, confieso que cuando le llegó el turno al señor Fothergill, la cola se alargaba casi hasta el colmado, al que Bob Makins consideraba como un rival.
– Buenos días -saludé, cuando el señor Fothergill se paró frente al mostrador-. ¿Qué le apetece hoy, señor? Tengo unos magníficos…
– ¿Podríamos hablar un momento en privado, señor Trumper?
Mi sorpresa fue tanta que no le contesté al instante. Sabía que a la señora Trentham todavía le quedaban nueve días para cumplir el contrato, y yo había dado por sentado que no sabría nada hasta aquel momento. Al fin y al cabo, sus propios Hadlows y Sandersons se encargarían de la documentación.
– Me temo que el almacén es el único sitio libre -le advertí. Me quité la bata verde, me bajé las mangas y cogí la chaqueta -. Mi director ocupa ahora el piso de arriba -expliqué, mientras guiaba al subastador a la parte posterior de la tienda.
Le invité a sentarse en una caja de naranjas vuelta del revés, y yo me acomodé en otra caja frente a él. Nos miramos, a sólo unos pasos de distancia, como dos jugadores de ajedrez. Un lugar extraño para discutir el negocio más importante de mi vida, pensé. Intenté mantener la calma.
– No iré con rodeos -empezó Fothergill-. Hace varias semanas que no veo a la señora Trentham, y últimamente se niega a contestar a mis llamadas telefónicas. Además, Savill's me ha dejado bastante claro que no han recibido instrucciones de completar la transacción en representación suya. Han llegado a decirme que, en su opinión, a esa mujer ya no le interesa la propiedad.
– De todas maneras, usted todavía conserva el depósito de mil quinientas libras -le recordé, tratando de reprimir una sonrisa.
– Es posible, pero desde entonces he tenido otros compromisos, y con la huelga general…
– Son tiempos duros, estoy de acuerdo.
Las palmas de mis manos empezaron a sudar.
– Pero jamás ha ocultado su deseo de ser el propietario del número 1.
– Es cierto, pero desde la subasta me he dedicado a comprar varias otras propiedades con el dinero que había reservado para su tienda.
– Lo sé, señor Trumper, pero ahora desearía acordar un precio mucho más razonable…
– Y yo deseaba pujar hasta tres mil quinientas libras, si lo recuerda.
– Su última oferta ascendió a doce mil libras, si no recuerdo mal.
– Estrategia, señor Fothergill, pura estrategia. No tenía la intención de pagar doce mil libras, como usted sabrá sin duda.
– Pero la señora Trumper pujó hasta cinco mil quinientas libras, olvidando que su última oferta había sido de catorce mil.
– No puedo contradecirle -le dije, adoptando mi acento barriobajero-, pero si se hubiera casado, señor Fothergill, sabría muy bien por qué en el East End siempre se refieren a ellas como «Problemas y conflictos».
– Cedería la propiedad por siete mil libras, pero sólo a usted.
– La cedería por cinco mil a cualquiera que se las pagara.
– Nunca.
– En un plazo de nueve días, diría yo, pero le voy a decir lo que haré -añadí. Me incliné hacia adelante y estuve a punto de caer-. Me mantendré fiel a la oferta de mi esposa, cifrada en cinco mil quinientas libras, el límite que mi junta nos había autorizado, pero sólo si tiene todos los documentos preparados para la firma antes de medianoche. -El señor Fothergill abrió la boca para protestar-. Por supuesto -añadí, antes de que me diera su opinión-, no le costará mucho trabajo. Al fin y al cabo, el contrato está en su escritorio desde hace ochenta y un días. Sólo ha de cambiar el nombre. Bien, si me perdona, debo atender a mis clientes.
– Nunca me habían tratado de una forma tan arrogante, señor -declaró el señor Fothergill, poniéndose en pie de un furioso salto.
Se volvió y desapareció, dejándome solo en la trastienda.
– Nunca pensé que yo era arrogante -le dije a la caja de naranjas-. Más bien un puritano, diría yo.
Después de acostar a Daniel le conté a Becky toda la conversación durante la cena.