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– ¿Pasa algo?

– No estamos seguros, señor -dijo uno de los gorilas-, pero somos detectives de los almacenes y queremos preguntarle si tiene la bondad de acompañarnos.

– Será un placer -contestó Charlie, incapaz de adivinar cuál era el problema.

Subieron en el ascensor a la planta que nunca había visto y le guiaron por un largo pasillo hasta una habitación desnuda que había al final. No había cuadros en las paredes ni alfombras en el suelo; el único mobiliario consistía en tres sillas de madera y una mesa. Le dejaron solo. Momentos después, entraron dos hombres de mayor edad en la habitación.

– ¿Le importaría contestar a unas preguntas, señor? -preguntó el más alto.

– No, en absoluto -contestó Charlie, asombrado por el extraño trato que le estaban dispensando.

– ¿De dónde es usted? -preguntó el primero.

– De Inglaterra.

– ¿Y cómo llegó aquí? -inquirió el segundo.

– En el viaje inaugural del Queen Mary.

Observó que ambos expresaban perplejidad al escuchar su respuesta.

– En ese caso, señor, ¿por qué lleva dos días recorriendo los almacenes y tomando nota, sin comprar ni un solo artículo?

Charlie estalló en carcajadas.

– Porque soy el dueño de veinticuatro tiendas en Londres. Comparaba, simplemente, sus métodos norteamericanos con los míos.

Los dos hombres cuchichearon nerviosamente entre sí.

– ¿Puedo preguntarle su nombre, señor?

– Trumper, Charlie Trumper.

Uno de los hombres se puso en pie y abandonó la habitación. Charlie intuyó que no habían terminado de creerse su historia. Le recordó lo que había ocurrido cuando le habló a Tommy de su primera tienda. El otro hombre permaneció en silencio, de modo que los dos estuvieron sentados frente a frente sin decir nada durante varios minutos, hasta que la puerta se abrió y entró un caballero alto y elegante, que vestía un traje marrón oscuro, zapatos del mismo color y una corbata de tonos dorados. Casi se precipitó con los brazos extendidos para abrazar a Charlie.

– Le presento mis disculpas, señor Trumper -fueron sus primeras palabras-. Ignorábamos que se encontraba en Nueva York, ni que estuviera visitando los almacenes. Me llamo John Bloomingdale, y soy el dueño de este humilde local que, según mis noticias, se ha dedicado usted a examinar.

– Ya lo creo -empezó Charlie, pero el señor Bloomingdale le interrumpió al instante.

– Estamos a la par, porque yo también eché un vistazo a sus famosas tiendas de Chelsea Terrace, que me dieron una o dos ideas.

– Habla en serio? -preguntó Charlie, incrédulo.

– Oh, desde luego. ¿No ha visto la bandera de Estados Unidos en nuestro escaparate principal, con los cuarenta y ocho estados representados con flores de diferentes colores?

– Bueno, sí, pero…

– Se los robamos en el viaje que mi esposa y yo hicimos para asistir a las bodas de plata. Considéreme a su servicio, señor.

Los dos detectives exhibieron amplias sonrisas.

Aquella noche, Becky y Charlie fueron a cenar a la residencia particular de los Bloomingdale, en la encrucijada de la Sesenta y Una y Madison. John Bloomingdale respondió a todas las preguntas de Charlie hasta altas horas de la madrugada.

Al día siguiente, el propietario del «humilde local» ofreció una gira oficial a Charlie por los almacenes, mientras Patty Bloomingdale acompañaba a Becky al museo de Arte Metropolitano y al Frick, bombardeando a Becky con preguntas relativas a la señora Simpson, a las que Becky no sabía contestar, pues jamás había oído hablar de ella hasta que llegaron de Inglaterra.

Después, viajaron a Chicago en tren; allí se alojaron en el Stevens. Al llegar descubrieron que la habitación se había transformado en una suite. El señor Joseph Field, de «Marshall Field's», había dejado una nota de su puño y letra, invitándoles a cenar la noche siguiente.

Durante la cena, que se celebró en la mansión de Lake Shore Drive, Charlie recordó al señor Field el anuncio en que describía sus grandes almacenes como situados entre los mayores del mundo, y le advirtió que Chelsea Terrace era dos metros más larga.

– Ah, pero ¿le dejarán construir un edificio de veintiuna plantas, señor Trumper?

– Veintidós -rectificó Charlie, ignorando si el ayuntamiento de Londres le iba a conceder el permiso.

Al día siguiente, Charlie aumentó sus conocimientos sobre grandes almacenes visitando «Marshall Field's» por dentro. Admiró en especial el sentido de equipo que poseían los empleados. Todas las chicas vestían elegantes uniformes verdes, con las letras MF bordadas en oro en las solapas, traje gris los encargados de cada planta, y chaquetas cruzadas de tonos oscuros los directores.

– Eso permite a los clientes localizar a un miembro de mi plantilla cuando necesitan que alguien les ayude, sobre todo cuando se producen aglomeraciones -explicó el señor Field.

Mientras Charlie dedicaba todo su interés a la organización de «Marshall Field's», Becky pasaba interminables horas en el Instituto de Arte, admirando en especial las obras de Wyeth y Remington que, en su opinión, debían hacer exposiciones en Londres. Volvió a Inglaterra con una muestra de cada artista embalada en maletas recién adquiridas, pero el público de Inglaterra no vio ni el óleo ni la escultura hasta pasados unos años, porque, una vez sacados de las maletas, Charlie no permitió que salieran de la casa.

Al acabar el mes se hallaban agotados, y seguros de una sola cosa: querían volver a Estados Unidos infinidad de veces, aunque temían que jamás podrían ponerse a la altura de la hospitalidad recibida, tanto si los Field como los Bloomingdale decidían presentarse un día en Chelsea Terrace. Con todo, John Field le pidió un pequeño favor a Charlie, y éste se comprometió a ocuparse de ello personalmente en cuanto volviera a Londres.

Los rumores de la relación sentimental entre el rey y la señora Simpson, que Charlie había seguido con todo detalle en la prensa norteamericana, comenzaban a llegar a oídos de los ingleses, y

Charlie se sintió entristecido cuando el rey consideró necesario anunciar su abdicación. La inesperada e imprevista responsabilidad recayó sobre los hombros del duque de York, que se convirtió en el rey Jorge VI.

La otra noticia que Charlie había seguido con gran nerviosismo fue la subida al poder en la Alemania nazi de Adolf Hitler; era incapaz de entender por qué el primer ministro hacía caso omiso de la sabiduría popular y no aceptaba que la única solución era atizarle un buen mamporro en la nariz al tipo.

– No es un pilluelo del East End -explicó Becky a su marido durante el desayuno-, sino el jefe del estado.

– Peor aún -replicó Charlie-, porque eso es exactamente lo que le ocurriría a herr Hitler si se atreviera a asomar la jeta por Whitechapel.

Pocas novedades comunicó el señor Arnold a Charlie después de su vuelta, pero enseguida percibió los efectos que la visita a la costa este de Estados Unidos había causado en su patrón, pues durante los días sucesivos padeció un bombardeo incesante de órdenes e ideas.

– La Asociación de Tiendas -advirtió Arnold al presidente durante la asamblea general del lunes por la mañana, después de que Charlie terminara de elogiar las virtudes de los norteamericanos por enésima vez- ya está hablando muy en serio de los efectos que una guerra con Alemania provocarían en los negocios.

– Bastarían para apaciguar a cualquier hombre -dijo Charlie, sentándose tras su escritorio-. De todos modos, Alemania no nos declarará la guerra… No se atreverán. Al fin y al cabo, no pueden haber olvidado lo que sucedió la última vez. Bien, ¿a qué otros problemas nos enfrentamos?

– Descendiendo a un nivel más terrenal -intervino Tom, desde el otro lado del escritorio-, todavía no he encontrado a la persona idónea para dirigir la joyería, desde que Norman Slade se jubiló.