En cuanto a la falta de suministros, Charlie aconsejó a Woolton que comprara arroz, como dieta básica sustitutoria, a causa de la escasez de patatas.
– ¿Y de dónde sacamos el producto? -preguntó Woolton -. Los viajes a China y el Extremo Oriente son tan peligrosos que están fuera de toda consideración.
– Lo sé -contestó Charlie-, pero conozco a un proveedor de Egipto que nos proporcionará un millón de toneladas al mes.
– ¿Es de confianza?
– Por supuesto que no, pero su hermano aún trabaja en el East End, y si le internáramos durante unos meses, creo que podría llegar a un acuerdo con la familia.
– Si la prensa se entera de lo que vamos a hacer, Charlie, harán ligas con mis intestinos.
– Yo no se lo voy a decir, señor ministro.
Al día siguiente, Eli Calil se encontró internado en la cárcel de Brixton, mientras Charlie volaba a El Cairo para acordar con su hermano la entrega de un millón de toneladas de arroz al mes, arroz que había sido destinado previamente a los italianos.
Charlie accedió a que Nasim Calil recibiera la mitad del pago en libras esterlinas y la otra mitad en piastras, sin necesidad de documentación alguna, siempre que los cargamentos llegaran a tiempo. De lo contrario, el gobierno de Calil recibiría información detallada de la transacción.
– Eres muy justo, Charlie, como siempre. ¿Qué pasará con mi hermano Eli? -preguntó Nasim Calil.
– Le pondremos en libertad al finalizar la guerra, pero sólo si los cargamentos llegan a tiempo.
– Casi tan considerado como justo -replicó Nasim-. Un par de años en la cárcel no perjudicarán a Eli. Al fin y al cabo, es uno de los escasos miembros de mi familia que todavía no ha pasado por tal experiencia.
Charlie procuraba pasar un par de horas al día, como mínimo, con Tom Arnold, para estar al corriente de lo que ocurría en Chelsea Terrace. Arnold admitió que «Trumper's» se las iba arreglando para mantenerse a flote, si bien había considerado necesario cerrar cinco comercios y proteger con tablones otros cuatro. La noticia deprimió a Charlie, pues Syd Wrexall le había escrito para ofrecerle su agrupación de tiendas y la bombardeada taberna de la esquina por sólo seis mil libras, una suma que, según Wrexall, Charlie le había ofrecido en firme tiempo atrás. Lo único que Charlie debía hacer, aseguraba a Arnold en una carta, era firmar el talón.
Charlie estudió el contrato que Wrexall incluía.
– Le hice esa oferta antes de que la guerra estallara -dijo-. Devuélvale los documentos. Estoy seguro de que el año que viene, para estas fechas, cederá las tiendas por cuatro mil libras. De todos modos, trata de mantenerle animado, Tom.
– No será muy difícil -contestó Tom-. Desde que la bomba cayó sobre «El Mosquetero», Syd vive en Cheshire. Es dueño de una taberna en un pueblecito llamado Hatherton.
– Mejor aún -comentó Charlie-. Nunca le volveremos a ver. Aún estoy más convencido de que dentro de un año accederá a nuestra oferta, así que hagamos como si la carta no hubiera llegado. Al fin y al cabo, el correo no funciona muy bien en estos tiempos.
Charlie tuvo que dejar a Tom y viajar a Southampton, donde había llegado el primer cargamento de Calil. Sus camioneras habían acudido a recoger los sacos, pero el director del puerto se negaba a entregarlos sin una documentación debidamente firmada. Charlie podría haberse ahorrado el viaje, y no tenía la menor intención de repetirlo cada mes.
Cuando llegó al puerto descubrió enseguida que no existían problemas con los sindicatos, que deseaban descargar los sacos, o con sus chicas, que se hallaban sentadas en los guardabarros de sus camiones, a la espera de empezar la distribución.
Mientras tomaban una pinta en la taberna, Alf Redwood, el líder de los estibadores, advirtió a Charlie que el señor Simkins, director general de la Junta Portuaria, era muy meticuloso en lo concerniente al papeleo, y quería que todo se hiciera según las reglas.
– ¿De veras? -dijo Charlie-. En ese caso, tendré que proceder de acuerdo con las reglas, ¿verdad?
Pagó su ronda y se dirigió al edificio de la administración, donde solicitó ver al señor Simkins.
– Está bastante ocupado en este momento -contestó la recepcionista, absorta en pintarse las uñas.
Charlie pasó de largo y entró en el despacho de Simkins. Descubrió a un hombre calvo y delgado sentado detrás de un enorme escritorio, mojando un biscote en una taza de té.
– ¿Quién es usted? -preguntó el director del puerto, tan sorprendido que dejó caer el biscote dentro del té.
– Charlie Trumper. He venido a averiguar por qué no me entrega el arroz.
– Carezco de la autoridad pertinente -respondió Simkins, intentando rescatar el biscote que flotaba en la bebida-. Falta la documentación oficial procedente de El Cairo, y sus formularios de Londres son muy inadecuados, muy inadecuados.
Dedicó a Charlie una sonrisa de satisfacción.
– Tardaría días en conseguir la documentación necesaria.
– Ese no es mi problema.
– Pero estamos en guerra, señor.
– Por eso es fundamental respetar las ordenanzas. Estoy seguro de que los alemanes lo hacen.
– Me importa una mierda lo que hagan los alemanes. Tengo un millón de toneladas de arroz que entran por este puerto cada mes, y quiero distribuir hasta el último grano lo antes posible. ¿Me he expresado con claridad?
– En efecto, señor Trumper, pero yo necesito la documentación oficial, debidamente cumplimentada, antes de entregarle su arroz.
– Le ordeno que me entregue ese arroz de inmediato -gritó Charlie.
– No hace falta que eleve la voz, señor Trumper porque, como ya le he explicado, carece de autoridad para darme órdenes. Esto es la Junta Portuaria y no se halla, como usted sin duda sabrá, bajo la autoridad del ministerio de Alimentación. Vuelva a Londres y procure que la próxima vez nos entreguen los formularios debidamente cumplimentados.
Charlie pensó que era demasiado viejo para golpear al hombre, de modo que descolgó el teléfono del escritorio y pidió un número.
– ¿Qué está haciendo? -preguntó Simkins-. Ese es mi teléfono… Carece de autoridad para utilizar mi teléfono.
Charlie aferró el teléfono con determinación y dio la espalda a Simkins.
– Soy Charlie Trumper -dijo, cuando oyó la voz al otro lado de la línea-. ¿Puede ponerme con el primer ministro?
Las mejillas de Simkins se tiñeron de rojo y después de blanco, cuando la sangre abandonó su rostro a gran velocidad.
– No creo que sea necesario… -empezó.
– Buenos días, señor -dijo Charlie-. Estoy en Southampton. Es por el problema del arroz que le comenté anoche. Parece que existen ciertos impedimentos. Tengo problemas…
Simkins agitó las manos frenéticamente para llamar la atención de Charlie, mientras cabeceaba con insólita energía.
– Tengo un millón de toneladas de arroz que llegan cada mes, primer ministro, y las chicas están sentadas en sus…
– Todo irá bien -susurró Simkins-, Todo irá bien, le doy mi palabra.
– ¿Quiere hablar con el responsable, señor?
– No, no -farfulló Simkins-, No será necesario. Tengo todos los formularios, todos los formularios que usted necesita, todos los formularios.
– Se lo comunicaré, señor -dijo Charlie, haciendo una pausa-, Volveré a Londres esta noche. Sí, señor, sí, le informaré en cuanto llegue. Adiós, primer ministro.
– Adiós -contestó Becky, colgando el teléfono-. Ya me dirás de qué va esto cuando vuelvas a casa esta noche.
El ministro estalló en carcajadas cuando Charlie le contó lo sucedido aquella noche. Jessica Allen le imitó.
– ¿Sabe una cosa? Al primer ministro le habría encantado hablar con ese hombre si usted se lo hubiera pedido -dijo Woolton.
– En ese caso, Simkins habría sufrido un infarto -contestó Charlie-. Y entonces, mi arroz y mis conductoras se habrían quedado atascados en ese puerto para siempre. En cualquier caso, dada la escasez de comida, no me habría gustado que el pobre hombre echara a perder otro de sus biscotes.