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La siguiente vez que oí el apellido «Trentham» fue años después, cuando la marquesa de Wiltshire, una amiga íntima de mi madre, vino a tomar el té. Aunque ya tenía doce años, me enviaron a jugar, pero me quedé en el vestíbulo cuando escuché una pregunta de mi madre.

– ¿Asististe al funeral de Guy?

– Sí, pero no fue bien recibido por los bondadosos feligreses de Ashurst -le aseguré a la marquesa-. Los que se acordaban bien de él se comportaron como si les hubieran quitado un peso de encima.

– ¿Estaba presente sir Raymond?

– No, brilló por su ausencia -fue la respuesta-. La señora Trentham proclamó que estaba demasiado viejo para viajar, un triste recordatorio para todos de que todavía aspira a heredar una considerable fortuna en un futuro no muy lejano.

Estos nuevos datos carecieron de sentido para mí.

La única ocasión posterior en que el apellido Trentham se mentó en mi presencia fue durante una conversación entre mi padre y el coronel Hamilton. Éste se iba de casa después de una entrevista privada celebrada en el estudio.

– Por más que le ofrezcamos a la señora Trentham -se limitó a decir mi padre-, nunca nos venderá esos pisos.

El coronel cabeceó furiosamente, pero sólo farfulló:

– Maldita mujer.

Cuando mis padres se fueron de casa, busqué en el listín el apellido Trentham. Sólo localicé uno: el mayor G. H. Trentham, MP, Chester Square, 14. No supe más que antes.

Cuando el colegio Trinity me ofreció en 1938 la beca Newton de matemáticas, pensé que papá iba a estallar de orgullo. Fuimos a pasar el fin de semana a la ciudad universitaria para examinar mi futura residencia. Después, paseamos por los claustros del colegio y el Gran Patio.

La única nube que ensombreció este despejado horizonte fue la Alemania nazi. Se discutía en el parlamento el reclutamiento obligatorio de los jóvenes mayores de veinte años, y yo ardía en deseos de alistarme, si Hitler osaba poner el pie en suelo polaco.

Mi primer año en Cambridge fue bien, sobre todo porque Horace Bradford me dio clases. Su esposa Victoria y él eran considerados la flor y nata del grupo de capacitados profesores que enseñaban matemáticas en la universidad. Aunque se rumoreaba que la señora Bradford había ganado el premio Wrangler por ser la primera de su curso, nos explicó que no le habían concedido el prestigioso galardón por el hecho de ser mujer. Se concedió el premio al hombre que había quedado en segundo lugar. Esta información motivó que mi madre se estremeciera de rabia.

La señora Bradford celebraba que a mi madre le hubieran concedido el título de la universidad de Londres en 1921, mientras Cambridge todavía se negaba a reconocer el suyo en 1939.

Cuando terminé mi primer curso, yo, como muchos jóvenes estudiantes de Cambridge, solicité alistarme en el ejército, pero mi profesor me pidió que trabajara con él y su mujer en el ministerio de la Guerra, encuadrado en un nuevo departamento que se iba a especializar en descifrar mensajes en código.

Acepté la oferta sin pensarlo dos veces, y saboreé la perspectiva de pasar el tiempo sentado en una cochambrosa habitación de Bletchley Park, intentando descifrar códigos. Llegué a sentirme culpable por ser una de las pocas personas uniformadas que extraían cierto placer de la guerra. Papá me dio dinero para comprar un MG de segunda mano; así podría desplazarme a Londres de vez en cuando para verles.

Logré en ocasiones arrancarle una hora de sus ocupaciones en el ministerio de la Guerra, pero él sólo comía pan y queso, regados con un vaso de leche, para dar ejemplo al resto del equipo. Podría considerarse el dato edificante, pero muy poco nutritivo, como me advirtió el señor Selwyn, añadiendo que hasta el ministro estaba en contra.

– ¿Y el señor Churchill? -pregunté.

– Me han dicho que es el siguiente de la lista.

Me nombraron capitán en 1943, un simple reconocimiento por parte del ministerio de la Guerra del trabajo que estábamos llevando a cabo. A mi padre le encantó, por supuesto, pero yo lamenté no poder contar a mis padres la alegría experimentada cuando desciframos el código empleado por los submarinos alemanes. Todavía me asombra que siguieran utilizándolo hasta mucho tiempo después de nuestro descubrimiento. El código era como el sueño de un matemático, que desciframos por fin en el reverso de un menú que tomamos en Lyon's Comer House, muy cerca de Piccadilly. La camarera que nos servía me describió como un vándalo. Yo reí y pensé que me iba a tomar el resto del día libre para sorprender a mi madre, presentándome en uniforme de capitán. Consideraba mi aspecto elegante, pero su reacción al abrir la puerta me sobrecogió. Me miró como si viera un fantasma. Se recobró al instante, pero esa reacción al verme de uniforme se convirtió en una pieza más del rompecabezas, un rompecabezas que nunca se alejaba de mis pensamientos.

La siguiente pista apareció en la última línea de una necrológica, a la que no presté excesiva atención hasta descubrir que una tal señora Trentham heredaría una fortuna. En sí, no era una pista importante, pero al fin comprendí que era la hija de alguien llamado sir Raymond Hardcastle. Un nombre que me permitió llenar varias casillas que encajaban en ambas direcciones. Lo que más me sorprendió fue la falta de mención a Guy Trentham entre los parientes supervivientes.

En ocasiones, deseaba no haber nacido con la clase de mente que disfruta descifrando códigos y fórmulas matemáticas, pero, de todos modos, «bastardo», «Trentham», «hospital», «capitán Guy», «pisos», «sir Raymond», «ese inútil de Nigel», «funeral» y la palidez de mi madre al verme vestido de capitán parecían poseer una estrecha relación. Presentí también que necesitaba resolver otras incógnitas, antes de que la lógica me condujera a la solución correcta.

Entonces, comprendí a quién se había referido la marquesa años antes, cuando le dijo a mi madre que había asistido al funeral de Guy. Fue al capitán Guy a quien enterraron. Aun así, ¿por qué era ese dato tan significativo?

El siguiente sábado por la mañana me levanté a una hora intempestiva y viajé a Ashurst, el pueblo en donde había residido antes la marquesa de Wiltshire. Había llegado a la conclusión de que no era una coincidencia. Llegué a la iglesia parroquial poco después de las seis y, como había imaginado, a esa hora no había nadie en el cementerio. Paseé entre las lápidas, mirando los nombres: Yardley, Baxter, Flood, Harcourt-Browne. Malas hierbas cubrían algunas tumbas, otras estaban engalanadas con flores frescas. Me detuve para contemplar la tumba del abuelo de mi madrina. Me alejé. Debía haber un centenar de feligreses enterrados alrededor de la torre del reloj, pero aun así no tardé mucho en localizar el bien cuidado panteón familiar de los Trentham, a pocos metros de la sacristía de la iglesia.

Cuando localicé la lápida más reciente de la familia, un sudor frío cubrió mi cuerpo.

GUY TRENTHAM, MC

1896-1927

TRAS UNA LARGA ENFERMEDAD

TODA SU FAMILIA LE ECHA EN FALTA

De esta forma, el misterio llegaba, literalmente, a un punto muerto, en la tumba de un hombre que, sin lugar a dudas, habría podido responder a todas las preguntas de seguir con vida.

Cuando la guerra terminó volví al Trinity y me concedieron un año suplementario para obtener el título. Aunque mis padres consideraban como hecho más sobresaliente del año el que hubiera logrado el máximo galardón de mi promoción en matemáticas, junto con una beca para realizar investigaciones, yo pensaba que la investidura de papá en el palacio de Buckingham no era moco de pavo.

La ceremonia constituyó un doble placer, pues tuve la oportunidad de ver a mi antiguo profesor, el señor Bradford, ser nombrado caballero por el papel desempeñado en el campo del descifrado de mensajes en clave (si bien, como mi madre señaló, no hubo nada para su mujer). Recuerdo que también me sentí ofendido, en nombre del doctor Bradford. Papá había hecho su parte, llenando los estómagos de los británicos, pero, como Churchill había afirmado en la Cámara de los Comunes, nuestro pequeño equipo había acortado en un año, probablemente, la duración de la guerra.