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– ¿Cómo se relacionaban con ella los otros chicos?

– Al principio la veían como a un bicho raro. Hubo un montón de comentarios crueles, pero yo los corté por lo sano. Nunca llegó a mostrarse realmente sociable, pero aprendió a estar con los otros cuando resultaba necesario. Y, a medida que se fue haciendo mayor, los chicos empezaron a fijarse en su tipo. Pero ella no estaba por esas cosas, lo que más le preocupaba era sacar buenas notas. Quería ser una buena maestra, hacer algo en la vida. Y siempre era la primera de la clase… y no era porque fuese mi protegida, pues cuando se fue a Yucaipa, a la enseñanza media, siguió sacando sobresalientes, siempre estaba en el cuadro de honor, y sus notas eran las más altas de toda la escuela. Podría haberse ido a la universidad que hubiera querido, y no necesitaba de mi recomendación para entrar en Forsythe. Tal como estaban las cosas, le dieron una beca que cubría todos los gastos escolares, más estipendio.

– ¿Cuándo cambió de idea respecto a lo de hacerse maestra?

– A principios del último curso. Había realizado un cursillo de Psicología. Dado su medio ambiente, se podía comprender el motivo por el que ella se sentía interesada por la naturaleza humana… y no hay ofensa en ello. Pero no dijo nada de hacerse psicóloga hasta que fue a una de esas sesiones de asesoramiento para la elección de carrera, que hacían en la universidad de Long Island…, esas jornadas en que montan unas mesas en las que hay representantes de diversas profesiones, que están entregando folletos explicativos y respondiendo a las preguntas de los estudiantes. Allí conoció a un psicólogo, a un profesor que realmente la impresionó. Y, aparentemente, también ella lo impresionó a él. Le dijo que sería una excelente psicóloga, e insistió en ello hasta el punto de ofrecerse para recomendarla. Él se trasladaba a Los Ángeles, y le aseguró que, si se decidía, en California la aceptarían en la escuela para graduados. Fue todo un empujón para ella…, el imaginarse como doctora.

– ¿Cuál era el nombre de ese profesor?

– Nunca me lo dijo.

– ¿Y nunca se lo preguntaste?

– Sharon siempre fue una persona muy reservada, me decía lo que quería que yo supiese. Y descubrí que el peor modo para sonsacarle algo era preguntándoselo. ¿Quieres un poco de pastel?

– Me encantaría, pero estoy realmente lleno.

– Bueno, pues yo voy a tomarme un poco. Tengo ganas de algo dulce. En este momento, tengo verdaderas ganas de algo dulce.

No me enteré de nada más durante media hora de álbumes de fotos y anécdotas familiares. Algunas de las fotos incluían a Sharon: bien puesta, sonriente, hermosa de niña, encantadora como quinceañera, cuidando a los niños. Cuando las comenté, Helen Leidecker no dijo nada.

Hacia las nueve de la noche una cierta incomodidad se había instalado entre nosotros. Éramos como dos chavales que en su primera cita hubiesen ido más lejos de lo que deberían y ahora estábamos alejándonos. Cuando le agradecí el tiempo que me había dedicado, ella ya estaba ansiosa por verme partir. Cinco minutos más tarde había dejado Willow Glen, y cuarenta y cinco minutos después estaba en la Route 10.

Mis compañeros de la carretera eran semirremolques cargados de productos agrícolas, o camiones-plataforma transportando árboles de vivero y balas de paja. Comencé a sentirme amodorrado, y probé a escuchar música. Eso me adormiló aún más, por lo que paré cerca de Fontana, en una combinación de gasolinera de autoservicio de la Shell y bar de camioneros abierto las veinticuatro horas.

Dentro había maltrechos mostradores grises, reservados de vinilo rojo reparados con cinta aislante, estantes rotatorios de juguetes de carretera, y un duro, pesado silencio. Una pareja de camioneros de anchas espaldas y un vagabundo de ojos hundidos estaban sentados a la barra. Ignorando las miradas por sobre el hombro, tomé sitio en uno de los cubículos, en un rincón, que me facilitaba una ilusión de aislamiento. Una camarera delgada, con una mancha color vino oporto en su mejilla izquierda me llenó la taza con una cafeína líquida de intensidad industrial, y yo llené mi mente con una tempestad de preguntas.

Sharon, la Reina del Engaño. Había surgido, literalmente, del fango, había logrado «triunfar en la vida», cumpliendo con el sueño de Pigmalión de Helen Leidecker.

Ese sueño había estado teñido de egoísmo: del deseo de Helen de volver a vivir sus fantasías intelectuales urbanas a través de Sharon. Pero no por ello habían sido menos sinceras. Y había logrado efectuar una notable transformación: domar a una niña salvaje. La había moldeado y convertido en un ejemplo de escolaridad y buena educación. La primera de la clase. Summa cum Laude.

Pero a Helen nunca le habían dado todas las piezas del rompecabezas, no tenía ni idea de lo que había pasado durante los cuatro primeros años de la vida de Sharon. Los años de formación, cuando se fragua el mortero de la identidad, cuando se excavan y fundamentan los cimientos del carácter.

Pensé de nuevo en aquella noche en que la había hallado con la foto de su compañera silenciosa. Desnuda. Regresionada a los tiempos anteriores a su descubrimiento por Helen.

Y me volvía a la mente la rabieta de un niño de dos años. Un trauma de la primera infancia. Bloqueando el horror.

¿Qué horror?

¿Quién la había criado durante los primeros tres años de su vida, cubriendo el vacío entre Linda Lanier y Helen Leidecker?

No habían sido los Ransom… era imposible que ellos le hubiesen enseñado algo acerca de los automóviles. Acerca del idioma.

Los recordé a ambos, mirándonos a Gabe y a mí mientras abandonábamos su pedacito de tierra. Y recordé su única prueba de haber sido padres: una carta.

Vuestra única hijita.

Había usado la misma frase para referirse a otros padres. Unos padres de la buena sociedad, a lo Hollywood, que jamás habían existido… ni en Manhattan, ni en Palm Beach, ni en Long Island, ni en Los Ángeles.

Martinis en el solárium.

Ventanas con papel encerado.

Separando a ambos, un abismo galáctico…, un salto imposible entre los deseos irrealizables y la insoportable realidad.

Había tratado de tender un puente sobre ese abismo, con mentiras y verdades a medias. Fabricándose una identidad con fragmentos de las vidas de otras gentes.

¿Perdiéndose a sí misma en el proceso?

Su dolor y vergüenza debieron de haber sido terribles. Por primera vez desde su muerte me sentí realmente apenado por ella.

Fragmentos.

Un retazo de Park Avenue de Kruse, el de buena familia.

Una historia de orfandad por un accidente de automóvil tomada de la biografía de Leland Belding.

Un comportamiento de damisela y un amor por la erudición cortesía de Helen Leidecker.

Sin duda, había pasado horas sentada a los pies de Helen absorbiendo historias de cómo se comportaban los ricachones en los Hamptons. Y luego, como estudiante en Forsythe, había aumentado sus conocimientos, paseando frente a las verjas de entrada a las grandes mansiones de la playa. Coleccionando imágenes mentales como si fueran pedazos de conchas rotas… imágenes que le habían permitido pintarme un cuadro de colores demasiado chillones, de chóferes y hoyitos de almejas, y dos niñas pequeñas en una piscina cubierta.

Shirlee. Joan.

Sharon Jean.

Había tejido la historia de la gemela ahogada en un sentido para Helen, en otro para mí, mintiendo… a aquellos a quienes ostensiblemente amaba, haciéndolo con la misma facilidad con que se cepillaba el cabello.

Pseudogemelas. Problemas de identidad. Dos niñitas comiendo helado. Gemelas de imagen de espejo.

Pseudomúltiple personalidad.

Elmo Castelmaine estaba seguro de que «Shirlee» había nacido ya deficiente, lo cual significaba que no podía ser una de las niñas que había visto en la foto de bordes irregulares. Pero él me había pasado la información que le había suministrado Sharon.