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– ¿Le dijo que Sharon había muerto?

– Que había sufrido un accidente y ya no iba a volver.

– ¿Qué clase de accidente?

– Simplemente, un accidente.

– A la edad de Sherry, debió de suponer que había sido a causa del accidente en la piscina… que ella había asesinado a su hermana.

– No… es imposible. ¡Ridículo! ¡Había visto a Sharon sobrevivir al incidente, esto fue días después!

– A esa edad, nada de eso hubiera supuesto una diferencia para la pequeña.

– ¡Oh, no… usted no puede acusarme de…! ¡No! ¡No le hice…, punca le hubiera hecho nada tan cruel a Sherry!

– Pero ella seguía preguntando por Sharon, ¿no es así?

– Durante un tiempo. Luego dejó de hacerlo: se la quitó de la cabeza.

– ¿Y también dejó de tener pesadillas?

Su expresión me dijo que todos esos años que yo había pasado estudiando no habían sido en vano.

– No, esas… Si lo sabe usted todo, ¿por qué me está haciendo pasar por esto?

– Le diré otra cosa que también sé: después de que Sharon se hubo ido, Sherry se quedó aterrada… a los tres años, el miedo primario es la ansiedad de la separación. Y su miedo fue en aumento. Comenzó a echarlo hacia fuera, a mostrarse más violenta. Empezó a atacarla a usted.

Otra suposición correcta:

– ¡Sí! -exclamó, ansiosa de ser la víctima-. Tenía las rabietas más terribles que yo jamás haya visto. Eran más que rabietas… eran ataques de nervios… como de un animal salvaje. No me dejaba que la tuviese en brazos, me daba patadas, me mordía, me escupía, rompía cosas… Un día entró en mi dormitorio y, deliberadamente, destruyó mi vasija favorita de la dinastía Tang. Justo ante mis narices. Y cuando la regañé, tomó unas tijeras de manicura y me las clavó en un brazo… ¡Tuvieron de darme varios puntos!

– ¿Y qué es lo que hizo usted respecto a este problema?

– Comencé a pensar más seriamente acerca de sus orígenes, de su… biología. Le pregunté a Billy, y me dijo que su linaje no era… selecto. Pero me negué a dejarme descorazonar por esto, e hice del mejorarla mi principal proyecto. Pensé que un cambio de ambiente podría ayudar. Así que cerré esta casa y me la llevé conmigo de vuelta a Palm Beach. La casa que tengo allí es… tranquila. Palmeras raras, unos encantadores y grandes ventanales… es uno de los mejores edificios que hizo Addison Mizner. Pensé que el ambiente… el ritmo de las olas del mar… la calmarían.

– Y habría unos tres millares de kilómetros entre ella y Willow Glen -comenté.

– ¡No! Eso no tuvo nada que ver con mi decisión. Sharon ya había salido de su vida.

– ¿Lo había hecho?

Me miró. Empezó a llorar, pero sin lágrimas, como si ella fuese un pozo seco del que ya nada se pudiera sacar.

– Hice lo mejor que supe -dijo finalmente, con voz estrangulada-. La mandé a la mejor escuela primaria… a la mejor. Yo misma había ido a ella. Le daban lecciones de baile, de equitación, clases de comportamiento social, tenían excursiones en barca, hacían bailes para los niños. Pero no sirvió de nada. No se portaba bien cuando estaba con otros niños, y la gente empezó a hablar. Decidí que necesitaba más de mi atención personal, y me dediqué por completo a ella. Nos fuimos a Europa.

Unos pocos miles de kilómetros más.

– A su casa de Roma.

– A mi taller -me corrigió-. Henry me lo regaló cuando yo estaba estudiando arte. Antes de llegar allí hicimos un gran viaje turístico: Londres, París, Montecarlo, Gstaad, Viena. Le compré un precioso juego de maletas en miniatura, que combinaban con las mías, hice que le preparasen todo un vestuario nuevo…, incluso tenía un abriguito de pieles, con su gorro apropiado. Le encantaba vestirse elegantemente. ¡Cuando lo deseaba, podía ser tan dulce y encantadora! Hermosa y con estilo, tal como si fuera de familia noble. Y yo quería que conociese las cosas mejores de la vida.

– Para compensar sus orígenes.

– ¡Sí! Me negaba a aceptar que fuese incorregible. ¡Yo la amaba!

– ¿Qué tal fue el viaje?

No me contestó.

– Y, durante todo esto, ¿nunca consideró reuniría con Sharon?

– Me… me vino a la mente. Pero no sabía cómo hacerlo. No creí que fuera una buena solución… ¡No me mire de ese modo! ¡Estaba haciendo lo que creía que era mejor!

– ¿Alguna vez pensó en Sharon…, en cómo le estarían yendo las cosas?

– Billy me daba informes: estaba bien y las cosas le iban bien. Ellos eran una gente muy dulce.

– Lo son. E hicieron un trabajo infernalmente bueno al criarla, considerando de lo que disponían. Pero, ¿realmente esperaba usted que lo consiguiesen?

– ¡Sí, claro que lo esperaba! ¿Por quién me toma usted? ¡Estaba muy bien! ¡Era lo mejor para ella!

Mayonesa comida del bote. Ventanas de papel encerado.

– Hasta la semana pasada -dije.

– Yo… no sé nada de eso.

– No, seguro que no lo sabe. Volvamos a Sherry. Dados sus problemas sociales, ¿qué tal le fue en la escuela?

– Pasó por diez escuelas en tres años. Después de eso, usamos tutores privados.

– ¿Cuándo la llevó por primera vez a Kruse?

Bajó la mirada a su vaso vacío. Le racioné otro par de dedos. Se los liquidó.

– ¿Cuántos años tenía cuando comenzó a tratarla? -insistí.

– Diez.

– ¿Y por qué no le buscó ayuda antes?

– Pensé que yo sola podría resolver las cosas.

– ¿Y qué es lo que la hizo cambiar de idea?

– Le… le hizo daño a un niño, en una fiesta de cumpleaños.

– ¿Cómo le hizo daño?

– ¡Y por qué tiene que averiguar usted todo esto? ¿Oh, está bien! ¿Y qué más da? ¡Ya me ha despellejado viva! Estaban jugando a eso de clavarle la cola al asno en el sitio correcto. Le tocaba jugar a ella, no le acertó al asno y se puso furiosa… odiaba perder. Se arrancó le venda de los ojos de un tirón y clavó la aguja con la cola en el trasero de un chico… del chico cuyo cumpleaños se estaba celebrando. El crío era un mocoso insoportable, los padres eran unos trepas sociales, nouveaux riches, sin el menor sentido de lo que es adecuado. Hicieron una montaña de un grano de arena y me amenazaron con llamar a la policía, a menos que la llevase a que la viese alguien.

– ¿Y por qué eligió a Kruse?

– Lo conocía socialmente. Mi gente venía relacionándose con su gente desde hacía generaciones. Tenía una casa encantadora, no muy lejos de la mía, con una maravillosa consulta independiente, en la planta baja. Con su propia entrada privada. Pensé que sería discreto.

Se echó a reír. Una risa de beoda, estridente.

– No parezco ser muy buena en eso de las predicciones, ¿no?

– Hábleme del tratamiento.

– Cuatro sesiones por semana. Ciento veinticinco dólares por sesión. Diez sesiones pagadas por adelantado.

– ¿Qué diagnóstico le dio?

– Jamás me dio ninguno.

– ¿Y los objetivos del tratamiento? ¿Los métodos?

– No, nada de todo eso. Lo único que me dijo fue que ella tenía problemas graves, problemas de carácter, y que necesitaba una terapia intensiva. Y cuando traté de hacerle preguntas me dejó bien claro que todo lo que había entre ellos era confidencial. A mí me prohibió que me inmiscuyese en lo más mínimo. Eso no me gustó, pero él era el doctor. Supuse que sabría lo que se estaba haciendo, y me quedé totalmente fuera de todo. Incluso hice que fuese Ramey quien la llevase en coche a las visitas.

– ¿Y Kruse la ayudó?

– Al principio. Volvía a casa después de verle y estaba tranquila… casi demasiado tranquila.

– ¿Qué quiere decir?

– Adormilada. Como dormida despierta. Ahora sé que la estaba hipnotizando. Pero el caso es que, fueran cuales fuesen los beneficios que estaba obteniendo de aquello, no duraban: al cabo de una hora o dos volvía a ser la misma Sherry de siempre.