– Gran tiburón blanco -murmuró Milo.
– ¿Qué has dicho?
– Que algunos de esos chicos son muy listos.
– Bueno, no sé qué decirte. Pero el caso es que saben cómo trabajar duro, así que yo les pago. Todos ellos creen que soy la cosa mejor que han encontrado, desde que descubrieron el pan cortado en rebanadas. Y sus mamacitas me están tan agradecidas, que me traen comida envuelta en papel de aluminio…, les encanta el papel de aluminio. Y además son cosas buenas, nada de basura de ésa de hamburguesería: menudillos y tamales dulces, como los que uno lograba encontrar en Alvarado, antes de que los hijos de puta de las multinacionales se lo quedaran.
Empujó una puerta mosquitera y entró en la casa, dejando que se cerrase de golpe. Milo la atrapó antes. Entramos.
La casa era pequeña y mal iluminada, tan repleta de basura que apenas si quedaba sitio para caminar. Nos fuimos abriendo paso por entre montones de periódicos viejos, torres de embalajes de cartón y cajas de madera para fruta, montones de ropa, un piano pintado con pintura gris de base, tres mesas de planchas que sostenían una colección de radios-reloj en diversos estadios de desmontaje. El mobiliario que lograba coexistir con todo aquel amontonamiento era de madera oscura, barata, y sillones demasiado mullidos, con mantelitos en los brazos y el respaldo. Cosas de las que se compran en las tiendas de segunda mano.
El suelo era de pino, gris de tanto ser pisado, astillado en algunos lugares. Un manto sobre un hogar, tapiado con ladrillos, contenía figuritas de porcelana, la mayor parte de ellas desconchadas o faltándoles miembros. El reloj sobre el manto decía Coca-Cola. Estaba congelado en las siete y cuarto.
– Sentaos -dijo Crotty. Apartó de un manotazo unos diarios de una mecedora y se sentó. Una nube de polvo se alzó y luego cayó como el rocío.
Milo y yo limpiamos un sofá con los muelles rotos, y creamos nuestra propia tormenta de polvo.
Crotty se aclaró la garganta. Milo sacó su cartera y le entregó varios billetes. El viejo los contó, los abrió en abanico, cerró los dedos sobre ellos.
– De acuerdo, vayamos a por ello rápido: Belding, Leland. Un cerdo capitalista, con demasiado dinero y ninguna moral. Un marica latente.
– ¿Por qué dices eso? -le pregunté, y escuché a Milo gemir.
Crotty se volvió hacia mí.
– Porque soy un jodido experto en latentes. Por eso, doctor Psicología. Tú puede que tengas el diploma, pero yo tengo la experiencia. -Hizo una mueca y dijo-: Puñados de experiencia.
– Sigamos con Belding -le dijo Milo.
Crotty lo ignoró.
– Déjame que te diga una cosa, Ricitos. Si hay algo sobre lo que sé, es sobre los latentes. Durante treinta jodidos años estuve viviendo en esa jodida situación.
Milo bostezó y cerró los ojos.
– Él está jodidamente aburrido -dijo Crotty-. Y si alguien debiera estar escuchándome atentamente, es él. ¡Infiernos, uno supone que alguien en su posición debería estar viniendo a verme, arrodillándose a mis pies, y suplicándome que le facilitase el tesoro de mi experiencia! Pero no; para empezar, ¿cómo conocí a Pelma? Pues un día en que estoy medio muerto en la Sala de Emergencias, con el dulce Rick dándole masajes a mi corazón, devolviéndome a la vida. Y entonces aparece este Pelma, todo él maricón duro, mirando su reloj y deseando saber cuándo acaba el turno de Rick. Los muy jodidos son el bello y la bestia.
Se volvió a Milo y agitó un dedo.
– Siempre has sido un insensible. Allí estaba yo, apagándome por momentos, y en lo único en que tú podías pensar era en tu polla.
– No hagas que suene como si tu vida estuviera amenazada, Ellston. Todo lo que tenías era el estómago revuelto. Gases, era lo único que tenías. Demasiados menudos, poca fibra.
– Eso es lo que tú dices. -Y, a mí-: Ahí tienes todo el trabajo que desees, comecocos…, te llevará años sólo el abrirte paso a través de la capa superior de autonegación.
– Belding -le amenazó Milo-, o devuélveme la pasta.
– Belding -repitió Crotty-. Un capitalista. Malvado. Porque él era un latente. Sé lo que eso le hace a una persona.
Se alzó, miró por encima un grupo de cajas que había en el suelo, se puso de rodillas frente a una de ellas y rebuscó por dentro con las dos manos.
– Ya estamos -susurró Milo.
Crotty sacó un libro de recortes, forrado en tela marrón, pasó hojas, se secó la frente, se sentó a mi lado y señaló.
– Aquí.
La punta de su dedo descansaba sobre una instantánea de un joven con uniforme de policía. Una foto en blanco y negro, con bordes irregulares, justo igual que la de Sharon y Shirlee.
El joven estaba en pie junto a un coche de la Policía, en una calle con palmeras en las aceras. Sus facciones eran delicadas, casi femeninas, sus ojos redondos y grandes. Inocentes. Cabello espeso, ondulado, con la raya en el centro, un hoyuelo en la mejilla derecha. Un chico guapo… del tipo, tan vulnerable, de un Monty Clift.
– Mira esto -dijo Crotty y señaló a otra foto en la página.
El mismo hombre, vestido de civil, de pie junto al Dodge que había visto afuera. Llevaba ropa deportiva y tenía el brazo en derredor de una chica. Ella vestía sujetador y pantaloncito corto, tenía buen tipo. Su rostro había sido rascado con un bolígrafo.
– Entonces yo era un tiarrón -dijo Crotty. Me arrancó el libro de un tirón, lo cerró con un chasquido Y lo tiró al suelo-. Estas fotos me las hicieron en 1945. Yo acababa de salir de la marina de guerra del Tío Sam, me había ganado los galones en el Pacífico, y pensaba que era el regalo que Dios había puesto en la Tierra para las mujeres, y no dejaba de repetirme que aquellos episodios en el barco con el cocinero, una albóndiga sueca sudorosa, sólo habían sido un mal sueño. No importaba que, al hacerlo con él, me había parecido sentir justo lo que uno debe de sentir cuando está enamorado, y que todas las nenas con las que me había acostado parecían habérselo pasado mejor que yo…
Se golpeó el pecho.
– Yo era tan dulce como Mary Pickford, pero estaba tratando de convencerme a mí mismo de que era un jodido Gary Cooper. Así que, ¿qué mejor trabajo para un macho sobrecompensante que el vestir de azul y llevar un largo palo?
Se echó a reír.
– El día que me dieron la licencia definitiva, solicité mi ingreso en el cuerpo. El día que terminé en la academia, pensé que era el Semental Rey de los Machos. El ser un Hombretón de Azul iba a solucionar todos mis problemas. Los jefazos me dieron una buena mirada y supieron, exactamente, dónde enviarme. De cebo a los lavabos de Mac Arthur Park, hasta que todos los maricas locales me hubieron descubierto, luego, a la patrulla que cubría los bares gays en Hollywood. Yo era maravilloso en mi trabajo: detuve más maricas que cualquier otro cebo usado en esas trampas. Me promocionaron y me destinaron a antivicio, y pasé los siguientes diez años de mi vida deteniendo maricas y más maricas… y jodiéndome a mí mismo, pues tenía que pasarlo luego con alcohol, cada noche. Llegué a detective en un tiempo récord, pero seguía no siendo otra cosa que un jodido cebo: besé a tantos desgraciados mamones que me empezaron a salir callos en los labios. En antivicio estaban encantados conmigo. Era su jodida arma secreta, movía las pestañas, me colaba en las fiestas privadas que daban en lo alto de las colinas, y descubría putos de color en los barrios negros…, lo que daba a los otros cerdos una oportunidad de abrir unas cuantas cabezas de negro…
Se inclinó hacia mí, me cogió por las solapas, abrió mucho su ojo bueno. Estaba sudando y parecía haberse puesto pálido, aunque a la escasa luz era difícil de ver.