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Una disertación presentada a la

FACULTAD DE LA ESCUELA DE GRADUADOS

En cumplimiento parcial de los

Requisitos para la obtención del grado de

DOCTOR EN FILOSOFÍA

(Psicología)

Junio de 1981

Pasé a la página de dedicatorias.

A Shirlee y Jasper, que han significado para mí más de lo que imaginan, y a Paul, que me ha guiado, con maestría, desde la oscuridad a la luz.

Jasper?

¿Amigo? ¿Amante? ¿Otra víctima?

En la sección de reconocimientos, Sharon reiteraba su agradecimiento a Kruse, siguiendo esto con una mención, de pasada, de los demás miembros del Comité: profesores Sandra J. Romansky y Milton F. Frazier.

Jamás había oído el nombre de Romansky, así que supuse que habría entrado en el Departamento cuando yo ya me había ido. Tomé mi Directorio de la Asociación Psicológica Americana y la hallé listada como consultora de Salud Pública en un hospital en la Samoa Estadounidense. Su biografía citaba un año de enseñanza en la Universidad, durante el curso 1981-1982. Su especialidad habían sido los estudios sobre la mujer, en el Departamento de Antropología. En 1981 había sido una doctora recién salida de la fábrica: con veintiséis años de edad… dos años más joven que Sharon.

Era el «miembro exterior» permitido en cada Comité, que normalmente era elegido por el candidato, por ser una buena persona y no tener demasiados conocimientos en el tema en cuestión.

Podría tratar de seguirle la pista, pero el Directorio tenía tres años de antigüedad y no había seguridad alguna de que no se hubiera trasladado.

Además, había otra fuente de información más próxima.

Resultaba difícil creer que el Ratonero hubiera aceptado pertenecer a un Comité. Experimentalista hasta la médula, Frazier siempre había despreciado cualquier cosa que oliese vagamente a dedicación al paciente, y considerado la psicología clínica como «el bajo vientre de la ciencia comportamientarista».

Había sido presidente del Departamento en mis días estudiantiles, y yo recordaba muy bien cómo había estado tratando con todas sus fuerzas de imponer la «regla de prorrateo», según la cual se les hubiera exigido a todos los estudiantes graduados el llevar a cabo un año completo de investigación con animales, antes de que pudieran presentar su candidatura para el doctorado. La Facultad había votado en contra de aquello, pero había dejado pasar un requerimiento de que toda investigación doctoral comportase algo de experimentación: grupos de control, manipulación de variables… Y los estudios de casos habían quedado absolutamente prohibidos.

Y, sin embargo, esto era exactamente a lo que sonaba aquello.

Mi vista se posó en la última línea de la página:

Y mis más sentidas gracias a Alex

quien, aun en su ausencia,

continúa inspirándome.

Giré la página con tanta violencia, que casi la arranco. Y comencé a leer el documento que le había ganado a Sharon el derecho a llamarse doctora.

El primer capítulo era de lectura muy lenta: una revisión, penosamente minuciosa, de la literatura sobre el desarrollo de la identidad y la psicología de los gemelos, inundada de pies de página, referencias y escrita en la jerga que Maura Bannon había mencionado. Supuse que la aprendiz de periodista no habría pasado de aquí.

El capítulo segundo describía la psicoterapia de una paciente a la que Sharon denominaba J, una joven a la que había tratado durante siete años y «cuya patología especial y procesos ideativos poseen características estructurales y funcionales, así como interactivas, que atraviesan numerosos confines de diagnósticos que hasta ahora habían sido tenidos por ortogonales, y manifiestan un significativo valor heurístico y pedagógico para el estudio del desarrollo de la identidad, el desdibujamiento de las fronteras del ego, y el uso de técnicas regresivas, hipnóticas e hipnagógicas, en el tratamiento de los desórdenes idiopáticos de la personalidad».

En otras palabras, los problemas de J eran tan infrecuentes, que podían enseñarles a los terapeutas cosas acerca del modo en que funcionaba la mente.

J era descrita como una joven de unos veinticinco años, de familia de clase alta. Educada e inteligente, había llegado a California a hacer carrera en una profesión no especificada, y se había presentado a Sharon para tratamiento, debido a problemas de baja autoestima, depresión, insomnio y sensación de «vacuidad».

Lo más preocupante de todo era lo que ella llamaba «sus horas perdidas». Desde hacía un tiempo venía despertándose, como cuando uno ha tenido un largo sueño, para hallarse sola y en extraños lugares: caminando por la calle, dentro de su coche aparcado junto a la acera, echada en la cama en un hotel barato o sentada a la barra de algún cafetucho.

Billetes usados y recibos de alquiler de coches, encontrados en su bolso, le sugerían que había volado o conducido hasta aquellos lugares, pero no tenía recuerdo alguno de haberlo hecho. No tenía ni idea de lo que había hecho por períodos que el calendario le decía que habían durado de tres a cuatro días. Era como si le hubiesen arrebatado pedazos enteros de su vida.

Sharon había diagnosticado, correctamente, esos saltos en el tiempo como «estados de fuga». Como la amnesia y la histeria, la fuga es una reacción disociativa, un literal largarse de la mente, ante la ansiedad y el conflicto. Un paciente disociativo al verse enfrentado a un mundo estresante, se autoeyecta de ese mundo y vuela a una diversidad de escapatorias.

En la histeria, el conflicto es transferido a los síntomas físicos: pseudoparálisis, ceguera… y el paciente acostumbra a presentar una belle indifference: o sea una apatía acerca de sus incapacidades, como si todo aquello le estuviese pasando a otro. En la amnesia y la fuga, lo que se da es una auténtica huida y pérdida de la memoria. Pero, en la fuga, ese borrado es por poco tiempo: el paciente recuerda quién era antes de la escapada, y está totalmente en contacto con la realidad, cuando sale de la fuga. Lo que sigue envuelto en el misterio es lo que sucede en medio.

Los niños maltratados o abandonados aprenden bien pronto a desvincularse del horror y, al crecer, son susceptibles a mostrar síntomas disociativos. Lo mismo es cierto de pacientes con identidades fragmentadas o confusas. Narcisistas. Casos limites.

Para cuando J apareció en la consulta de Sharon, sus fugas se estaban haciendo tan frecuentes, prácticamente una por mes, que estaba empezando a sentir miedo de salir de casa, y usaba barbitúricos para calmar sus nervios.

Sharon había preparado un historial muy completo, buscando traumas en la primera infancia. Pero J había insistido en que había tenido una infancia de cuento de hadas: todas las comodidades materiales, unos padres atractivos y sofisticados, que la habían adorado, mimado y tratado como a una princesa, hasta que habían muerto en un accidente de automóvil.

Todo había sido maravilloso, insistía ella; no había razón racional alguna para que tuviese estos problemas. La terapia sería corta… una simple puesta a punto, y pronto estaría en perfecto estado de marcha.

Sharon anotaba que este tipo de negativa, llevada al extremo, era consistente con un modo de actuación disociativa. No creyó muy apropiado enfrentarse a J y le sugirió un período de seis meses de psicoterapia a modo de prueba, y cuando J se negó a comprometerse por tanto tiempo, se pusieron de acuerdo en un período de tres meses.

J no acudió a la primera cita, ni a la segunda. Sharon trató de llamarla, pero se encontró con que habían desconectado el teléfono que ella le había dado. Durante los siguientes tres meses no había sabido nada de J y había supuesto que la joven habría cambiado de idea respecto al tratamiento. Luego, una tarde, después de que Sharon despidiera a su último paciente, J había irrumpido en su consulta, llorando y atontada por los tranquilizantes, suplicando que la visitase.