Ella volvió a besarlo.
– Ahora, lárgate.
Se fue hasta la puerta, se detuvo y dijo:
– Esto, Ma…
– ¿Qué pasa?
– ¿Puedo ir al pueblo?
– Depende de lo que vayas a hacer allí.
– Russell y Brad me han llamado. Hay una película en el Sixplex, en Redlands.
– ¿Qué película?
– Top Gun.
– ¿Quién conduce?
– Brad.
– De acuerdo. No hay nada que objetar, siempre que no sea Russell el que os lleve con ese jeep suyo arreglado…, ya basta con haber estado a punto de estrellaros una vez. ¿Está esto claro, joven?
– Sí, Ma.
– De acuerdo. Confío en ti, Gabe, no me defraudes. Y te quiero en casa a las once.
– Gracias. -Salió, tan contento de verse en libertad, que se olvidó de mirarme mal.
El comedor era grande y oscuro, y el olor a lavanda impregnaba las paredes empapeladas. El mobiliario era antiguo, de madera de nogal negra y tallada. Gruesas cortinas ocultaban las ventanas, y despintados retratos familiares, en viejos marcos, colgaban en los espacios libres…: una historia pictórica del clan Leidecker en diversos estadios de desarrollo. En otro tiempo, Helen había sido hermosa, con sus facciones mejoradas por una generosa sonrisa que quizá nunca fuese resucitada. Sus hijos mayores eran palos con cabello desordenado, que se parecían a ella. El padre, con su rubia barba y un barril por pecho era una previsión de lo que sería Gabe… quien, sin embargo, había empezado la vida como una calva, rosada y bizqueante bola de grasa. Sharon no estaba en ninguna de las fotos.
La ayudé a poner en la mesa los platos, cubiertos y servilletas de lino y me fijé en una funda de guitarra que había en el suelo, junto al armario de la vajilla.
– Era del señor Leidecker -me dijo-. Por muchas veces que le dijese que la guardase, siempre acababa ahí. Pero tocaba tan bien, que realmente no me importaba. Ahora, la dejo ahí como recuerdo. De algún modo, me parece que lo que más echo a faltar de él es su música.
Parecía tan abatida, que le dije:
– Yo también toco un poco.
– ¿De veras? Entonces tócala, por favor.
Abrí la funda. Dentro había una vieja Gibson L-5, de allá por los años treinta, anidada en terciopelo azul. Estaba como nueva, con el damasquinado impecable y la madera limpiada no hacía mucho. Soltaba ese olor a gato mojado que adquieren los instrumentos viejos. La alcé, rasqué las cuerdas, la afiné.
Ella había vuelto a la cocina y me llamó:
– Ven aquí para que te pueda oír.
Fui con la guitarra, me senté ante la mesa y toqué unos cuantos acordes de jazz, mientras ella preparaba pollo, puré de patatas, maíz, guisantes y limonada. La guitarra tenía un tono rico y cálido y toqué La Mer, usando los líquidos arreglos, a lo zíngaro, de Django.
– Muy bonito -me dijo ella, pero podía darme cuenta de que el jazz, incluso el jazz cálido, no era lo suyo. Pasé a juguetear con los dedos y toqué algo melódico y estilo country, en C mayor, y el rostro de ella se rejuveneció.
Trajo la comida a la mesa…, enormes cantidades de comida. Dejé la guitarra a un lado. Me sentó a la cabecera de la mesa, se colocó a la derecha y sonrió nerviosa.
Yo estaba tomando el lugar de un muerto, y noté que se esperaba algo de mí, seguir algún tipo de protocolo que jamás podía ni soñar en llegar a dominar. Eso y el ceremonioso modo en que me llenó el plato me puso melancólico.
Ella jugueteó con la comida y me miró mientras yo me obligaba a comer. Me metí dentro tanto como pude, la felicité como cocinera entre bocados, y esperé a que hubiera retirado los platos y traído pastel de manzana, antes de decir:
– La foto de la graduación de Sharon que perdieron los Ransom, ¿también te dio una a ti?
– Oh, eso -dijo. Se le hundieron los hombros y se le humedecieron los ojos. Noté como si hubiera vuelto a tirar a las gélidas aguas a un superviviente de un naufragio. Pero, antes de que pudiera decir nada más, saltó en pie y desapareció pasillo abajo.
Regresó con una foto en un marco de terciopelo marrón de sobremesa, me la entregó como si me estuviese entregando los sacramentos, y se quedó mirando por encima de mi hombro, mientras yo la estudiaba.
Sharon, con una sonrisa de oreja a oreja, con birrete y toga, con una borla y hombreras doradas, su cabello negro más largo y cayendo sobre sus hombros, el rostro radiante y perfecto. El epítome de las estudiantes estadounidenses, mirando hacia el futuro con optimismo juvenil.
¿Imaginándose un rosado futuro? ¿O sería, simplemente, lo que el fotógrafo del campus creía que deseaban tener, sobre el manto de su chimenea, unos padres orgullosos?
En el rincón izquierdo inferior de la foto decía, en letras aplicadas en pan de oro:
PROMOCIÓN DEL 74
ACADEMIA FEMENINA DE PEDAGOGÍA FORSYTHE
LONG ISLAND, N.Y.
– ¿Tu alma máter? -le pregunté.
– Sí. -Se sentó, apretó la foto contra su pecho-. Ella siempre quiso ser maestra. Y yo sabía que Forsythe era el lugar más adecuado para ella. Lo bastante riguroso y protector como para servirla de parachoques contra el shock de salir al mundo…; los setenta eran una época dura y ella había tenido una vida muy protegida. Le encantó aquello y siempre sacó sobresalientes. Se graduó Summa cum Laude.
Mejor que Leland Belding…
– Era muy brillante -comenté.
– Era realmente brillante, Alex. Y no diré que algunas cosas, al principio, no le resultasen difíciles; por ejemplo, el acostumbrarse a hacer sus necesidades de un modo civilizado, y también todas las reglas sociales. Pero yo le clavé el cuerno y no la solté… fue un buen entrenamiento, para cuando tuve que educar a mis hijos. Pero, en cambio, todo lo que era intelectual lo absorbía como una esponja.
– ¿Qué tal se llevaban tus hijos con ella?
– No había entre ellos la rivalidad que hay entre hermanos, si es a eso a lo que te refieres. Ella se mostraba tierna con ellos, amorosa, como una estupenda hermana mayor. Y no amenazaba a la posición familiar de ellos, porque cada noche se iba a su casa… Al principio, eso me resultaba duro a mí. ¡Deseaba tanto adoptarla, hacerla sólo mía y guiar sus pasos hacia una vida normal! Pero, a su manera, Shirlee y Jasper la querían, y ella los quería a ellos. Hubiera sido una equivocación destruir esto, un error el robar a ese pobre par la única cosa valiosa que tenían. De algún modo, les habían dado una joya. Mi trabajo era pulimentarla, mantenerla a salvo. Le enseñé cómo ser una damisela, le compré muchas cosas… una hermosa cama con baldaquino… pero la dejé allí, con ellos.
– ¿Nunca pasó la noche contigo?
Negó con la cabeza.
– La mandaba a su casa. Era lo mejor.
Años más tarde, ya conmigo, se había mandado a ella misma a su casa. Primeros padres… primeros traumas…
– Estaba contenta con las cosas tal como eran, Alex. Ella florecía. Por eso nunca llamé a las autoridades: hubiera venido algún asistente social de la ciudad, hubiese echado una mirada a Shirlee y Jasper y los hubiera metido en un asilo para el resto de sus vidas, y a Sharon la hubiese mandado a un hogar en que la adoptasen. Papeleo y burocracia…, se hubiera perdido por entre las grietas. Mi manera de hacer las cosas era mejor.
– Summa cum Laude -dije, dando unos golpecitos en la foto-. Desde luego, sí que parece que lo era.
– Era un placer enseñarle. Le di clases privadas intensivas, hasta que tuvo once años; entonces la metí en mi escuela. Lo había hecho tan bien, que en realidad iba por delante de sus compañeros de clase, estaba preparada para asistir a un curso o dos más adelante. Pero sus habilidades sociales aún eran flojas: cuando estaba con chicos de su edad se mostraba muy tímida, pues estaba acostumbrada a jugar con Shirlee y Jasper, que eran como bebés.