Conocía a aquel profesor; había coincidido con él en muchos juicios. Era una persona seria, muy distinto de algunos de sus colegas, que se dedican a preparar informes complacientes y muy bien pagados sobre delincuentes detenidos. Para sostener que éstos padecen graves trastornos mentales que desaconsejan totalmente su ingreso en la cárcel y que, en consecuencia, deberían quedar de inmediato bajo arresto domiciliario. Huelga decir que esos señores, en el noventa y nueve por ciento de los casos, están más sanos que una manzana. Y huelga decir también que estos asesores lo saben muy bien, pero, ante según qué honorarios, no hilan demasiado delgado.
Genchi era una persona seria de quien los jueces se fiaban. Y era lógico que así fuera. Jamás se habría prestado a declarar en un juicio para decir bobadas o para presentar un informe amañado. Dellissanti había elegido a un experto que jamás habría permitido que alguien ejerciera su influencia para conseguir que exagerara sus valoraciones. Lo cual significaba que se sentía muy seguro.
Mientras leía con preocupación percibí una presencia a mi espalda. Me volví, levantando los ojos. Alessandra Mantovani, con la toga ya sobre los hombros. Me saludó de manera muy profesional -buenos días, abogado- y yo contesté de la misma manera. Buenos días, fiscal.
Después fue a sentarse en su sitio. Su rostro estaba imperceptiblemente tenso. Unas arruguitas en las comisuras de la boca; los ojos levemente entornados. Tuve la certeza de que ya había leído la lista de Dellissanti. El funcionario que la seguía depositó en su banco dos polvorientas carpetas de tapas descoloridas, llenas de expedientes. Trascurrieron unos minutos y finalmente entró Dellissanti con su consabido séquito de secretarias, ayudantes y pasantes. Casi inmediatamente sonó el timbre eléctrico que señalaba el comienzo de la vista.
Habían llegado prácticamente juntos. El abogado del acusado y el juez.
Una casualidad, seguro.
20
Los preliminares concluyeron enseguida.
El juez declaró abierto el juicio oral y ordenó leer las acusaciones al secretario judicial; íntegramente, según las disposiciones legales. Algo que no suele hacerse en la práctica. El juez pregunta a las partes: «¿damos por leídas las acusaciones?». Y, por regla general, ni siquiera escucha la respuesta y sigue adelante. Da por descontado que a nadie le interesa escuchar la lectura de las acusaciones, porque todo el mundo ya las conoce perfectamente por adelantado.
Aquel día Caldarola no dio por leídas las acusaciones y las tuvimos que escuchar íntegras en la nasal y opresiva voz del secretario judicial Filannino Barletta. Un hombre delgado, de piel grisácea, poco pelo y una mueca de tristeza perversa en las comisuras de la boca.
Eso no me gustó. Caldarola era un sujeto que intentaba por encima de todo despachar rápidamente los asuntos. Olía a chamusquina que perdiera tanto tiempo con las formalidades, debía de significar algo, pero yo no entendía muy bien qué.
Tras la lectura de las acusaciones, Caldarola invitó al ministerio público a presentar sus peticiones de pruebas. Alessandra se levantó y la toga se deslizó impecablemente a lo largo del cuerpo sin que fuera necesario arreglarla sobre los hombros. Tal como le ocurría a casi todo el mundo y, por ejemplo, a mí.
Habló muy poco. Prácticamente se limitó a decir que demostraría todos los hechos señalados en las acusaciones a través de los testigos de su lista y la exhibición de documentos. Por su manera de mirar al juez, me di cuenta de que ella también experimentaba una sensación similar a la mía. La de que algo estaba ocurriendo a nuestras espaldas.
Después me tocó a mí, y yo hablé todavía menos. Me remitía a las peticiones del ministerio público, solicitaba interrogar al acusado, si él accedía a responder, y me reservaba hacer mis propias observaciones acerca de las peticiones de la defensa cuando las hubiera oído.
– Se concede la palabra a la defensa del acusado.
Dellissanti se levantó.
– Gracias, Señoría. Estamos todos aquí, pero no deberíamos estarlo. En efecto, hay juicios que ni siquiera tendrían que empezar. Y éste es uno de ellos.
Primera pausa. La cabeza se volvió hacia el banco donde estábamos sentados nosotros. Alessandra y yo. Buscaba provocarnos. Alessandra mostraba un rostro inexpresivo y miraba al vacío, hacia algún lugar por detrás del estrado del juez. Yo no era tan hábil y, en lugar de ignorarlo, tenía los ojos clavados sobre él, que era exactamente lo que él quería.
– Un profesional, un académico íntegro a carta cabal, miembro de una de las familias más importantes y respetadas de nuestra ciudad, ha sido arrastrado al barro por unas acusaciones falsas que sólo tienen su origen en el resentimiento de una mujer desequilibrada y…
Me levanté casi de golpe. Había mordido el anzuelo.
– Señor juez, la defensa no puede hacer estas afirmaciones ofensivas. Y menos aún en esta fase en la que se tiene que limitar a la petición de pruebas. Le ruego que invite al abogado Dellissanti a atenerse escrupulosamente a las disposiciones legales: exponer los hechos que pretende demostrar y solicitar la admisión de las pruebas. Sin comentarios.
Caldarola me dijo que no era necesario que me alterara. Aunque, de todos modos, en caso de que no me tranquilizara, daría exactamente lo mismo. El juego no estaba en mis manos.
– Abogado Guerrieri, no se lo tome de esta manera. La defensa tiene derecho a aclarar el contexto y las razones de su petición de pruebas. De otro modo, ¿cómo puedo yo comprender si dicha petición está justificada? Usted siga adelante, abogado Dellissanti. Y usted, abogado Guerrieri, procuremos evitar ulteriores interrupciones.
Hijo de puta. Lo pensé, pero habría deseado decirlo. Grandísimo hijo de puta. ¿Qué te han prometido?
Dellissanti tomó de nuevo la palabra, totalmente a sus anchas.
– Gracias, Señoría, usted ha captado perfectamente el sentido, como siempre. Es, en efecto, evidente que, para presentar nuestras pruebas, tengo que exponer algunas consideraciones que constituyen la premisa de dichas pruebas. Queremos presentar, en esencia, tal como efectivamente haremos, una petición de comparecencia de un asesor psiquiátrico. Debemos decir, y debemos poder decir, que lo haremos porque consideramos que la presunta persona ofendida está aquejada de graves trastornos psíquicos que ponen en entredicho su credibilidad e igualmente su capacidad para prestar declaración como testigo. En estas circunstancias, sobre todo cuando está en juego la honorabilidad, la libertad y la propia vida de un hombre como el profesor Scianatico, queda muy poco espacio para eufemismos o circunloquios. Les guste o no les guste al ministerio público y a la parte civil.
Otra pausa. Su cabeza se volvió de nuevo hacia nuestro banco. Alessandra era una especie de esfinge. Si bien, mirándola con atención, se podía percibir en ella una minúscula y rítmica contracción de la mandíbula un poco por debajo del pómulo. Pero eso sólo mirándola con mucha atención.
– Así que solicitamos, en primer lugar, probar que la presunta -dijo presunta con un bisbiseo que casi pareció un escupitajo- persona ofendida está aquejada de patologías psiquiátricas que sabrá exponer mejor nuestro asesor, debidamente consignado en la lista, el profesor Genchi. Un nombre que no necesita presentación. Pedimos, además, demostrar la existencia de dichas patologías, las razones de la separación que tuvo lugar a su debido tiempo y, con carácter más general, las de una situación de grave inadaptación social e inadecuación personal de la presunta parte ofendida a través de los testigos incluidos en nuestra lista. Solicitamos también que preste declaración el profesor Scianatico, quien, lo comunico ya desde ahora, accede ciertamente a ser interrogado y a responder a cualquier pregunta para, de esta manera, poder facilitar ulteriores elementos que demuestren su inocencia. No tenemos ninguna consideración que hacer acerca de las peticiones de prueba presentadas por el ministerio público. Y tampoco acerca de las presentadas por la parte civil, la cual, a decir verdad, no parece haber hecho ninguna que sea especialmente significativa. Gracias, Señoría, he terminado.