– …hola.
En aquel momento me sentí incómodo. No sabía si hablarle de tú o de usted, puesto que diciéndole «hola» en cierto modo ya la había tuteado. A veces pienso que soy un inadaptado social. Elegí la forma impersonal. Típica precisamente de los inadaptados sociales. De aquellos que cuando se tropiezan con alguien por la calle a quien no saben cómo dirigirse dicen «qué tal».
– ¿Todo bien? ¿Alguna novedad?
– He llamado a tu despacho y me han dicho que no estabas. Entonces he recordado que me habías llamado al móvil y que yo había memorizado tu número. ¿Te molesto?
Bueno, verás, es que estoy aquí tratando una delicada cuestión de tráfico internacional de rollitos de primavera, pero intentaré encontrar de alguna manera un minuto para ti, monja.
No era ninguna molestia, naturalmente.
Me dijo que al día siguiente haría una exhibición de su arte marcial. Estaba abierto al público y, si todavía me apetecía ver cómo era, podía ir a aquel gimnasio de la zona de la cárcel. Ella y sus alumnos estarían allí desde las seis de la tarde hasta las nueve de la noche.
Me sorprendí, pero dije que iría; ella dijo que muy bien y colgó. Sin despedirse.
La tarde siguiente salí del despacho a las seis y media, aplazando una cita con un cliente que me tenía que pagar y que, por consiguiente, no puso ningún reparo. Decidí ir a pie, a pesar de que me quedaba un poco lejos, y a las siete y cuarto ya estaba en la dirección que Claudia me había facilitado. Era un gimnasio en el que hacían danza, yoga, cosas por el estilo. Se llamaba Cuerpopsique y, al entrar, pensé que estaba a punto de asistir a algo vagamente esotérico de tipo zen, meditación, movimientos lánguidos y espiritualidad oriental. Cosas que más bien no me entusiasman.
Entonces me sentí de repente un poco incómodo ante la idea de perder una tarde de trabajo de aquella manera y me dije que me quedaría una media hora por educación. Después me despediría y regresaría al despacho tomando quizá un taxi para llegar antes.
El gimnasio tenía suelo de parquet, un gran espejo que cubría toda una pared, una barra para los ejercicios de ballet. Exactamente lo que yo me había imaginado al ver el rótulo. Había unos cuantos bancos ocupados por una decena de espectadores. Me senté en uno de los pocos espacios libres.
Si el gimnasio correspondía a lo que yo había imaginado, las cosas que ocurrían encima del parquet -la lección de Claudia- eran de lo más variadas. Había unos veinte alumnos, casi todos chicos. Vestían unos pantalones negros, camisetas blancas de media manga y zapatillas negras. Sor Claudia iba vestida de la misma manera, pero su camiseta era negra en lugar de blanca. Debía de ser la señal distintiva del maestro, como un cinturón negro de yudo o algo por el estilo.
Lo que hacían no se parecía para nada a la danza, al yoga o a cualquier chorrada new age. Se pegaban entre ellos con puñetazos, puntapiés, rodillazos y codazos muy rápidos. No controlaban los golpes, tal como se hace en muchas artes marciales. No eran movimientos elegantes, pero se comprendía enseguida lo que habría ocurrido si aquellas técnicas se hubieran aplicado en una situación real, en medio de la calle, en una pelea.
Estaba asombrado por más que, en cierto sentido, lo que estaba viendo fuera coherente con las sensaciones que me había transmitido sor Claudia cuando nos habíamos conocido. Mientras seguía el entrenamiento, me vinieron a la mente en secuencia las palabras que se utilizan para denominar aquellas sensaciones. Directa, rápida, brusca, agresiva.
Mala.
La palabra «mala», como las otras, se me materializó espontáneamente en la cabeza. En libre asociación, en secuencia precisamente. En cuanto oí que mi voz interior la pronunciaba, me sentí tan incómodo como si la hubiera dicho en voz alta. O como si hubiera descubierto y nombrado una cosa que habría sido mejor mantener en secreto.
Claudia, la monja mala.
En determinado momento, sor Claudia sacó de una bolsa un largo pañuelo negro, se cubrió los ojos con él y se lo anudó detrás de la nuca. Después adoptó una especie de posición de combate mientras el que parecía el alumno más experto se situaba delante y muy cerca de ella. Era un muchacho de por lo menos metro noventa de estatura, el cabello rapado y aspecto peligroso.
Obedeciendo a una señal silenciosa e invisible, el estudiante empezó a soltar golpes contra el rostro de Claudia y ella empezó a pararlos. Todos, con los ojos vendados.
Yo he practicado boxeo muchos años. He visto, propinado, parado, esquivado y, sobre todo, recibido un montón de puñetazos. En los gimnasios, en los rings de aficionados y también en la calle. Antes de aquella tarde jamás había visto nada semejante.
Se movían con un ritmo preciso y regular que me hizo recordar un documental sobre el circo que había visto hacía muchos años La televisión era todavía en blanco y negro y había un señor más bien mayor y de aspecto simpático que, en la pista de un circo con las gradas desiertas, enseñaba prestidigitación a un grupo de chavales. Él también se vendaba los ojos y volteaba en el aire tres o cuatro o cinco pelotas sin que jamás se cayeran y siempre con el mismo ritmo. Preciso y regular. Parecía que tuviera imanes en las manos y que las pelotas se sintieran inevitable y fatalmente atraídas hacia ellas. Claudia hacía más o menos lo mismo con las hostias que le lanzaban a la cara. Tenía unas manos magnéticas y con aquellas manos magnéticas atraía y desviaba los puños cual si fueran pelotas de trapo.
En boxeo siempre nos habían dicho que no cerráramos jamás los ojos. Cuando atacabas y, sobre todo, cuando te defendías. Jamás se tenía que perder el control de la situación. Ver lo que hacía el adversario, percibir con los ojos su movimiento nada más empezar y estar preparados para reaccionar; parar o esquivar y contraatacar. Siempre me había sentido a gusto con esa idea. Los ojos siempre abiertos. Asociaba los ojos cerrados con el miedo y, de una manera trivial, los ojos abiertos con la valentía. Mirar directamente a la cara el problema, o al adversario, o lo que sea. Una de mis pocas certezas.
En determinado momento, el ritmo regular pareció alterarse. Imperceptiblemente, los puños o las paradas adquirieron más velocidad y, en un instante, todo terminó. El alumno estaba en el suelo y sor Claudia encima de él. Le retorcía un brazo y mantenía una rodilla sobre su rostro. Yo no había logrado seguir muy bien el movimiento que había conducido a aquella conclusión.
Ella se quitó la venda y todos juntos hicieron unos ejercicios de relajación. Después los alumnos se colocaron en fila delante de la maestra. Se saludaron con una levísima reverencia manteniendo el puño derecho sobre la palma de la mano izquierda y los brazos cruzados sobre el pecho.
Sólo entonces ella pareció percatarse de mi presencia y se acercó a mí mientras la clase abandonaba el parquet para dirigirse a los vestuarios.
Me levanté, ella me saludó con un movimiento de cabeza y yo contesté de la misma manera. Ahora sentía curiosidad, me apetecía hacer preguntas y me había olvidado por completo del proyecto de tomar un taxi y regresar al despacho.
– En mi vida había visto nada igual -le dije sin hacer el más mínimo esfuerzo por ser original.
Los inicios y las partidas jamás han sido mi fuerte. Ella no contestó nada porque no tenía nada que contestar.
– No recuerdo exactamente cómo se llama esta disciplina -dije, intentándolo de nuevo.
– Se llama wing tsun.
– No es precisamente una cosa de jovencitas.
– La mayor parte de las cosas de jovencitas, como las de jovencitos, no son interesantes. Dice la leyenda que el wing tsun lo inventó una monja para permitir a personas físicamente débiles derrotar a adversarios muy fuertes y corpulentos. Por otra parte, leyendas de esta clase las hay para todas las artes marciales. La más bonita es la de los orígenes del jiu-jitsu. La del médico japonés y el sauce llorón. ¿La conoces?