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Para Nochebuena nos habían invitado a casa de unos amigos. Margherita dijo que nosotros dos nos intercambiaríamos los regalos antes de salir y, de esta manera, a las nueve de la noche, vestidos de punta en blanco, ambos nos reunimos en su casa junto al árbol de Navidad, adornado con gigantescas piñas y gajos de frutas cítricas secas. Eran casi transparentes y emitían reflejos de colores. La casa estaba llena de aromas agradables. De agujas de abeto, de limpieza, de velas perfumadas, del dulce de chocolate y canela que Margherita había preparado para aquella noche de fiesta. Los altavoces del equipo difundían las alegres notas de Bright side of the road.

– ¿Vienes con las manos peligrosamente vacías, Guerrieri? Como saques de debajo de la chaqueta otro libro, o un disco o cualquier otra cosa que no sea lo que se dice un verdadero regalo, te juro que esta misma noche te abandono y me hago novia -es un decir- de un maestro de bailes sudamericanos.

– Me había equivocado con respecto a ti. Creía que eras una chica sensible, poco materialista, aficionada a las artes, a las letras, a la música. Y, en cualquier caso, no me parece ver montones de regalos para mí debajo de este árbol.

– Siéntate y espera aquí -dijo ella, desapareciendo en dirección a la cocina.

Regresó al cabo de un minuto, empujando un enorme paquete de forma irregular, envuelto en papel de color azul eléctrico y con un lazo rojo.

– Éste es tu regalo, pero si no veo el mío, ni se te ocurra acercarte.

– ¿Es que tú no conoces el puro placer de dar por la felicidad del otro sin más contrapartida que su gratitud y su sonrisa? ¿No conoces…?

– No. Yo conozco el trueque. Saca mi regalo.

Meneé la cabeza.

– Bueno, ya que no conoces la poesía de la dádiva, voy para allá.

Me encaminé hacia la puerta, salí al rellano y entré de nuevo sujetando por el manillar una bicicleta eléctrica de color rojo, reluciente y bellísima.

– ¿Como bofetada moral te parece suficiente?

Margherita acarició un buen rato la bicicleta, como si el hecho de verla no le bastara. Como si fuera una persona que sólo conociera las cosas tocándolas y no simplemente mirándolas. Después me dio un beso y dijo que ahora ya podía abrir mi paquete.

Era una mecedora de mimbre y madera. Siempre había deseado tenerla, ya desde pequeño, pero no recordaba haberlo dicho jamás. Me senté en ella y probé a balancearme con los ojos cerrados.

– Feliz Navidad -dije al cabo de uno o dos minutos.

En voz baja y sin abrir los ojos, como si estuviera hablando solo en una especie de duermevela.

– Feliz Navidad -me contestó ella -también en voz baja- mientras con los dedos me rozaba el cabello, el rostro, los ojos.

SEGUNDA PARTE

1

Izquierdo, izquierdo, derecho, otro gancho izquierdo. Jab, jab, golpe corto, gancho derecho, gancho izquierdo.

Izquierdo, derecho, izquierdo.

Derecho.

Final.

Tumbado en el sofá, estaba viendo un documental deportivo; sobre Cassius Clay-Muhammad Alí. Para alguien que tenga cierta idea de lo que ocurre realmente en un ring, contemplar los combates de Muhammad Alí resulta una experiencia apabullante.

Por ejemplo, el movimiento de las piernas. Para poder comprenderlo realmente se tiene que haber subido a un ring. Pocos lo saben, pero la superficie del ring es blanda. No es fácil pegar brincos encima de ella.

Es asombroso ver a aquel hombre que ahora se arrastra bajo los golpes del Parkinson bailar de aquella manera. Ciento diez kilos que bailan con la ligereza de una mariposa. Bailo como una mariposa, pincho como una avispa, decía de sí mismo.

Los puños hacen daño y, por regla general, son feos. Precisamente por eso hay algo de increíble en aquella ligereza sobrehumana. Como una superación de la materia y del miedo, un ascender desde el barro y desde la sangre hacia una especie de ideal de belleza.

El documental terminaba mezclando las imágenes del joven Cassius Clay -bello e invencible- que bailaba ligero, casi inmaterial, durante una sesión de entrenamiento en el gimnasio, con las del viejo Muhammad Alí que encendía la llama de los Juegos Olímpicos de Atlanta. Temblando, con el rostro tremendamente concentrado para no fallar en aquel movimiento tan fácil y la expresión perdida en la distancia.

Pensé en el momento en que yo sería viejo. Me pregunté si me daría cuenta. Pensé que me daba un miedo atroz. Me pregunté si a los setenta años -si es que llegaba- sería capaz de reaccionar en caso de que alguien me agrediera por la calle. Es un pensamiento idiota, lo sé. Pero pensé precisamente en eso y sentí que el miedo me envolvía.

Y entonces me levanté del sofá, mientras pasaban los créditos del documental, me quité los zapatos, la camisa y los pantalones y me quedé en calcetines y calzoncillos. Después tomé los guantes de boxeo que estaban colgados en la pared, me los coloqué y puse el despertador a los tres minutos de un asalto normal de boxeo profesional.

Hice ocho asaltos, con intervalos de un minuto cada uno, pegando como si estuviera en juego un título o la vida. Sin pensar en nada. Ni siquiera en mi vejez, que llegaría más tarde o más temprano.

Después me metí bajo la ducha. Los brazos me dolían y tenía los ojos un poco nublados. Pero lo demás había pasado por aquella noche.

2

Con Martina y Claudia me reuní en un bar cerca del Palacio de Justicia media hora antes del comienzo de la vista. Para repasar las instrucciones sobre la manera en que Martina debería comportarse.

Unos días antes me había llevado su documentación clínica y la había cotejado con la que había aportado Dellissanti en la vista. Era la misma. Es decir, la de Dellissanti era una fotocopia de la nuestra. Mientras las comparaba, me había fijado en un detalle que yo había anotado en mis apuntes con bolígrafo rojo. Era un detalle importante.

Martina recordaba muy bien todo lo que yo le había dicho un mes atrás. Estaba tensa, se fumó cinco o seis delgados cigarrillos uno tras otro, pero en general parecía que dominaba la situación.

Cuando terminamos el repaso, volvió a preguntarme si Scianatico estaría presente aquella mañana. Le volví a decir que no lo sabía, pero que, si tuviera que hacer un pronóstico, le diría que sí. Yo, si estuviera en el lugar de Dellissanti, lo haría comparecer en la vista.

Vio que llevaba su documentación clínica y me preguntó para qué la necesitaba. Para hacerle aquellas preguntas sobre las cuales ya habíamos hablado, contesté.

También la necesitaba para otra cosa. Que Dellissanti y su cliente no se esperaban, pero esto me lo guardé. Pregunté si tenía más dudas. No las tenía y entonces dije que ya podíamos dirigirnos a la sala.

Scianatico estaba allí. Estudiando el expediente sentado cerca de su abogado. Parecía tranquilo. Un profesional entre otros profesionales. Era elegante y estaba bronceado. Su aspecto no era el de alguien que tiene que defenderse de una acusación ignominiosa. Como suele decirse.

Con él y Dellissanti sólo intercambiamos un gesto de saludo, el mínimo indispensable.

Alessandra Mantovani, en cambio, no estaba en la sala. En su lugar, un fiscal suplente; alguien a quien yo jamás había visto, con unas cejas muy pobladas, unos pelos que le salían por unas grandes ventanas de la nariz y por las orejas, unos ojos rodeados de ojeras, semicerrados e inyectados en sangre. Tenía cara de jabalí verrugoso africano y graves problemas de dominio del italiano básico.