– ¿Toda la vida? ¿Y eso quién lo ha dicho?
– O sea que no tiene previsto mantenerla toda la vida bajo tratamiento.
– Por supuesto que no.
– Cuando haya superado por completo todos sus problemas, ¿usted podrá dejar de acudir a estas reuniones? ¿Es correcto?
Al final, Martina se volvió hacia él y lo miró con la cara de una niña que se pregunta por qué son tan cabrones los mayores. Y no contestó. Él no insistió. No era necesario. Había conseguido llegar adonde quería. Yo habría deseado partirle la cara, pero reconocía que el otro lo había hecho muy bien.
Dellissanti hizo una larga pausa para que quedara bien claro el resultado alcanzado. Mostraba un rostro aparentemente inexpresivo. Pero, en realidad, estudiando a fondo sus rasgos, se advertía en ellos un matiz indefinidamente brutal y obsceno.
– ¿Obedece a la verdad que una vez, en el transcurso de una discusión, en presencia también de otras personas -amigas de ustedes-, el profesor Scianatico le dijo, textualmente, «eres una mitómana, eres una mitómana y una desequilibrada, no tienes ninguna credibilidad y resultas peligrosa para ti misma y para los demás»?
Dellissanti cambió de tono, acentuó las palabras mitómana, desequilibrada, credibilidad y peligrosa. Cualquiera que lo hubiera escuchado distraídamente habría tenido la impresión de encontrarse en presencia de un abogado que estaba ofendiendo a la testigo. Lo cual, a fin de cuentas, era exactamente lo que Dellissanti estaba haciendo. Un viejo truco barato, una provocación para hacer perder la calma. A veces funciona.
Estaba a punto de protestar, pero, en el último momento, me abstuve. Pensé que el hecho de protestar por aquella pregunta equivalía a mostrar que tenía miedo; que pensaba que Martina no estaba en condiciones de contestar y salir del apuro por su cuenta. Mientras permanecía sentado, en los pocos segundos que transcurrieron entre la pregunta de Dellissanti y la respuesta de Martina, percibí una sensación de tensión en los músculos de las piernas y una aceleración de los latidos del corazón. Las señales de que el cuerpo está a punto de actuar instintivamente, pero después se detiene, obedeciendo a una orden del cerebro. Las mismas que experimentas cuando estás a punto de harte a tortazos con alguien, pero un relámpago de razonamiento te bloquea.
Tuve la certeza de que Alessandra Mantovani también había efectuado el mismo recorrido mental. Cuando me volví hacia ella, observé que se removía imperceptiblemente en su asiento como si un momento antes se hubiera desplazado hacia el borde para levantarse y formular una protesta.
Después Martina contestó.
– Creo que sí. Creo que me dijo más o menos todo eso. Y más de una vez.
– Lo que yo quiero saber es si usted recuerda una ocasión concreta en que se le dijeron estas cosas en presencia de sus amigos. ¿La recuerda?
– No, no recuerdo ninguna ocasión concreta. Seguro que me dijo cosas de este tipo. Por otra parte, también me decía otras cosas. Por ejemplo…
Dellissanti la interrumpió. El suyo era el tono molesto y arrogante de alguien que se dirige a un subalterno que no cumple debidamente las órdenes recibidas.
– Deje esas otras cosas, señorita. Mi pregunta se refería al contenido, al contexto de aquella disputa, ¿recuerda? No al que…
– Señoría, ¿podríamos dejar que la testigo completara sus respuestas? La defensa formula una pregunta para comprender el contexto en el cual se formularon unas expresiones, gravemente ofensivas, por cierto. No puede pretender limitar arbitrariamente este contexto a lo que le interesa oír, censurando el resto del relato de la testigo. Y utilizando entre otras cosas un tono inadmisiblemente intimidatorio.
Alessandra se encontraba todavía de pie cuando Dellissanti se levantó a su vez, hablando casi a gritos.
– Tenga cuidado con lo que dice. Yo no permito que ningún fiscal se dirija a mí en ese tono y con semejantes críticas.
No sé cómo lo hizo Alessandra para introducirse en aquel desbordamiento de furia con una sola frase, breve, rápida y mortal como una puñalada.
– El que debe tener cuidado es usted, señor abogado; tenga cuidado usted.
Lo dijo con un tono que helaba la sangre. Había tal violencia en aquellas palabras, pronunciadas en un sibilante susurro, que dejó aterrorizados a todos los presentes, yo incluido.
En aquel momento, Caldarola recordó que era el juez y que quizá sería oportuno que interviniera.
– Les ruego a todos que se tranquilicen. No comprendo esta animosidad y les invito a serenarse. Que cada cual haga su trabajo, tratando de respetar el ajeno. ¿Usted tiene otras preguntas, abogado Dellissanti?
– No, Señoría. Tomo nota de que la testigo no sabe o no quiere recordar la circunstancia a la cual yo me refiero. Pediremos que nos lo cuente el profesor Scianatico y, sobre todo, los testigos que figuran en nuestra lista. He terminado.
– ¿El ministerio público desea concluir el interrogatorio?
– Sí, pero con un par de preguntas cuya necesidad ha surgido a raíz de la repregunta de la defensa.
Desde un punto de vista técnico, la puntualización no era indispensable. Pero era una manera de subrayar que aquella prolongación de la declaración -seguramente nada favorable al acusado- dependía de un error del abogado de la defensa. O sea que no era un gesto de conciliación.
– Señora Fumai, ¿quiere contarnos las otras cosas que le decía el acusado? Para que nos entendamos, lo que estaba a punto de hacer cuando ha sido interrumpida.
Martina contó también aquellas otras cosas. Se refirió a las demás humillaciones, aparte de los golpes y la violencia psicológica a la que se había referido anteriormente. Scianatico le decía que era una fracasada; que su única suerte era haberlo conocido a él y que él hubiera decidido cuidar de ella; que ella era incapaz de adoptar decisiones acerca de su propia vida y que por eso tenía que obedecer las órdenes y los consejos de comportamiento que él le daba. Tenía que ser obediente y quedarse en su sitio.
Le decía que era una perra y que las perras tienen que obedecer a sus amos.
Lo contó todo con una voz que no era débil y no se resquebrajaba. Aunque puede que eso fuera peor. Era una voz neutra, sin tono y sin color. Como si algo en su interior se hubiera vuelto a romper.
Caldarola decretó un aplazamiento de tres semanas y trazó una especie de calendario de la instrucción del juicio. En la siguiente vista oiríamos a los restantes testigos del ministerio público. A continuación, vendría el interrogatorio al acusado. Y, finalmente, en dos vistas, oiríamos a los testigos y al asesor de la defensa.
Me despedí de Alessandra Mantovani y me volví hacia la salida de la sala para seguir a Martina, que se había levantado del asiento de los testigos y se me había adelantado unos cuantos pasos. Justo en aquel momento vi a Claudia, de pie, apoyada en la balaustrada. Parecía absorta. Después me di cuenta de que estaba mirando a Scianatico y Dellissanti. Los miraba de una manera que jamás podré olvidar y, mientras captaba aquella mirada, pensé, sin poder ejercer un auténtico control sobre mis pensamientos, que aquella mujer era capaz de matar.
Puede parecer increíble, pero en los meses que habían precedido a aquella tarde, había encontrado una especie de absurdo equilibrio. Él me hacía -o me obligaba a hacer- aquellas cosas. Yo sólo quería que todo terminara enseguida. Después abandonaba aquella habitación y ocultaba lo que había ocurrido. Era una niña triste, no tenía amigas, pero tenía a Snoopy; y a mi hermanita; y los libros que tomaba prestados en la escuela y que leía en todos mis momentos libres. No creo que mi madre, hasta aquel día, se hubiera dado realmente cuenta de nada.
Después de aquella tarde de lluvia, no sé cómo, se lo conté. No, no es exacto. Intenté contárselo. No recuerdo qué le dije concretamente. Pero seguro que no fue todo lo que había ocurrido. Creo que traté de averiguar si podía hablar con ella, si ella estaba dispuesta a escucharme; si estaba dispuesta a ayudarme.