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No lo estaba.

En cuanto comprendió de qué le estaba hablando, se puso como una furia. Me estaba inventando cosas feas. Era una niña mala. ¿Acaso quería destruir nuestra familia, con todos los sacrificios que hacía ella para mantenerla en pie? Dijo algo así, más o menos, y yo no volví a decir nada.

Unos cuantos días después regresé del colegio y Snoopy ya no estaba. Lo busqué en el patio, lo busqué fuera, por la calle. Pregunté a todas las personas con quienes me crucé si lo habían visto, pero nadie sabía nada. Si existe el dolor en su forma más pura y desesperada, yo lo experimenté aquel día. Si vuelvo a pensar en aquel momento veo una escena muda, lívida y en blanco y negro.

Por la tarde él me llamó desde el dormitorio, y yo no fui. Me volvió a llamar, y no fui. Estaba en la cocina, en una silla, con los brazos alrededor de las rodillas. Con unos ojos enormemente abiertos que no veían nada. Creo que pocos sentimientos, pocas emociones se mezclan entre sí con tanta fuerza como el odio y el miedo. Después uno se comporta de una manera o de otra según lo que prevalezca. El miedo. O el odio.

Fue a buscarme a la cocina y me arrastró al dormitorio. Yo traté de resistir por primera vez. No sé muy bien lo que hice. A lo mejor intenté propinarle puntapiés o puñetazos o quizá no me quedé simplemente paralizada, dejando que hiciera lo que quisiera. Él estaba asombrado y furioso. Me pegó muy fuerte mientras me violaba. Bofetadas y puñetazos en la cara, en la cabeza, en las costillas.

Y, sin embargo -cosa extraña-, cuando terminó no me sentía peor que otras veces. Cierto que me dolía todo, pero también experimentaba una extraña y furiosa sensación de júbilo. Me había rebelado. Las cosas ya jamás volverían a ser como antes. Y él también lo comprendió, en cierto modo.

Cuando mi madre regresó a casa, vio cómo tenía la cara. Yo la miré pensando que me iba a preguntar qué había ocurrido. Pensando que ahora, ante la evidencia, me creería y me ayudaría.

Ella miró para el otro lado, dijo algo a propósito de que había que preparar la cena o hacer no sé qué otras cosas.

Él abrió una botella grande de cerveza y se la bebió toda entera. Al final, soltó un eructo silencioso y obsceno.

4

Estaba tumbado en el sofá de mi casa. Esperando que regresara Margherita y me llamara para que subiera a cenar. Me gustaba que, a pesar de vivir más o menos juntos, yo fuera por la noche a su casa como respondiendo a una invitación. Aunque sólo se tratara de subir dos pisos a pie. Hacía que las cosas resultaran menos obvias. Que no las diera por sentadas.

Estaba escuchando a Lou Reed: Transformer. El álbum de Walk on the Wild Side.

No un CD, sino un auténtico y original vinilo de treinta y tres revoluciones. Con sus crujidos, arañazos y demás.

Me lo había comprado aquella tarde en la pausa del almuerzo. Cuando tenía mucho que hacer, o quizá tenía alguna cita a primera hora de la tarde, o cualquier otra cosa, no regresaba a casa a la hora de comer. Me iba a algún bar del centro donde comen los empleados de banca y me tomaba un bocadillo y una cerveza en la barra. Después aprovechaba la pausa en alguna librería o alguna tienda de discos de las que no cierran al mediodía.

Aquella tarde había acabado en la tiendecita de un muchacho que tocaba el bajo en un grupo; hacían una especie de rock con tintes de jazz y eran bastante buenos. Los había oído tocar varias veces en los lugares que frecuentaba por la noche. En los que, en los últimos años, ya me empezaba a sentir desagradablemente fuera de lugar.

Tocar rock con tintes de jazz o lo que fuera no le daba en cualquier caso para vivir, entre otras cosas porque él y su grupo se negaban a tocar en las bodas. Por eso vendía discos, siguiendo unos horarios muy personales. Había días que cerraba sin previo aviso, otros que abría sobre las once de la mañana y permanecía abierto ininterrumpidamente hasta la noche, cuando allí dentro se reunían unos extraños e irreales personajes. Gente que te preguntabas dónde se ocultaba de día.

Aparte los CD nuevos, en aquella tiendecita se podían encontrar también montones de viejos elepés en vinilo, rigurosamente de segunda, o de tercera, o de cuarta mano. Aquel día, en el estante de los elepés, encontré una copia, original americana, de Transformer, sellada con el plástico y todo. Un disco que jamás había tenido; había tenido varias casetes con algunos fragmentos de aquel treinta y tres, cintas que, en cualquier caso, había perdido o destruido.

Soy de las pocas personas que todavía conservan un tocadiscos perfectamente operativo y pensé que aquel disco no me lo podía dejar escapar. Cuando llegué a la caja -lo cual significaba: cuando llegué delante de la silla en la cual el bajista estaba leyendo la revista de culto Mucchio selvaggio- y me enteré del precio, pensé que quizá sería mejor que me lo dejara escapar, me comprara una versión remasterizada y, con lo que me sobrara, me fuera a cenar a un restaurante de lujo.

Regurgitación adolescente de cuando no tenía dinero. Ahora ganaba mucho más de lo que conseguía gastar. Y, de esta manera -sin que el cajero-bajista se hubiera dado cuenta de todo este monólogo interior-, saqué el dinero, pagué, le pedí una bolsita rigurosamente usada, eché dentro al viejo Lou con su cara de Frankenstein y me fui.

El disco ya había terminado una primera vez y yo estaba a punto de volver a poner en movimiento el plato, colocar de nuevo la puntita de la aguja y escucharlo una vez más cuando Margherita me llamó y me dijo que subiera, que aquella noche también estaba dispuesta a darme de comer.

Había preparado habas con achicorias siguiendo la antigua receta del campo. Puré de habas, achicorias silvestres, cebolla roja de Acquaviva, pan duro y, en un plato aparte, guindillas fritas. Artículo de lujo, habría dicho el campesino al que, cuando yo era pequeño, mis padres le compraban la fruta, la verdura y los huevos frescos.

Para mí también había una botella de tinto aglianico de la región sureña del Vulture.

Sólo para mí. Margherita no bebe vino ni ninguna otra bebida alcohólica. Antes de que yo la conociera, había sido alcohólica muchos años; después había conseguido salir del infierno y ahora no tiene ningún problema si alguien bebe a su lado.

– Dentro de diez días haré el primer salto. Si el tiempo lo permite.

Lo de hacer el cursillo de paracaidismo había ido en serio. Había terminado la teoría y el entrenamiento y ahora se estaba preparando para lanzarse desde cuatrocientos, quinientos metros de altura. Mientras ella hablaba, yo intenté imaginarme la situación y noté una especie de mano que me apretaba la boca del estómago.

Ella seguía hablando, pero su voz se alejó mientras yo rodaba muy rápido hacia atrás hasta llegar a una tarde de primavera de hacía muchos años.

Hay tres chiquillos en la azotea de un edificio de ocho plantas. Alrededor de esta azotea hay una barandilla baja; a los lados, más allá de la barandilla, una cornisa muy ancha de por lo menos un metro; casi una acera. Más allá de esta acera, el vacío. Terrible, en la trivialidad de los gatos y las plantas pelonas del patio de abajo.

Uno de los chiquillos -el que juega mejor a la pelota, y ya ha fumado algún cigarrillo, y sabe explicar a los demás la verdadera función de la picha, aparte de la del pipí- propone un concurso de valentía.

Desafía a los demás a saltar la barandilla y a caminar por la cornisa a lo largo de todo el perímetro. No se limita a decirlo, sino que lo hace. Salta y camina con paso decidido, lo recorre todo y vuelve a saltar regresando a lugar seguro. Entonces lo prueba también el segundo; los primeros pasos los da con titubeos, pero después él también camina rápido y termina enseguida.

Ahora le toca al tercer chiquillo. Tiene miedo, pero no de manera exagerada. No le apetece demasiado caminar sobre el vacío, pero no parece una hazaña imposible. Los otros dos lo han hecho sin problemas y él también lo podrá hacer, piensa. Como mucho, procurará mantenerse muy pegado a la barandilla para más seguridad.