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– Te espero.

Mientras abandonaba mi despacho, me dirigía al tribunal, cruzaba los pasillos aspirando el denso olor de papeles y de humanidad, noté que la ansiedad se intensificaba. Una ansiedad de cosas que escapan a tu control. Una desagradable sensación de flaqueza situada, no sé por qué, en la parte derecha del vientre.

Tuve que esperar unos cuantos minutos fuera del despacho de Alessandra. Estaba ocupada con los carabineros, me dijo la secretaria en la antesala. Cuando éstos salieron -a algunos los conocía muy bien-, llevaban consigo unos papeles y sus rostros estaban tensos y preparados para la acción. Estuve seguro de que se disponían a detener a alguien.

Entré en el despacho justo en el momento en que Alessandra se estaba encendiendo un cigarrillo. Sobre el escritorio había un paquete de Camel recién abierto.

– No sabía que fumaras.

– Lo he dejado… lo había dejado hace seis años -dijo, dando una ávida calada.

Noté que casi me daba vueltas la cabeza a causa del deseo de coger uno yo también y del esfuerzo por resistir. Si ella me hubiera ofrecido uno, lo habría aceptado, pero no lo hizo.

– Hace dos meses se recibió una solicitud del Consejo General del Poder Judicial. Una solicitud de disponibilidad para un puesto en la Fiscalía de Palermo. -Otra calada, casi violenta-. Éste no es un buen período para mí. Ni en el despacho ni, sobre todo, fuera. Si tendiera a dramatizar las cosas, diría que ya no puedo más. Pero no quiero angustiarte con mis problemas. Como máximo, si quiero desahogarme, escribo una carta, con nombre falso, naturalmente, a una revista del corazón. Una bonita historia tipo mujer cuarentona con eso que se llama una carrera, desierto afectivo, puentes cortados a su espalda, conciencia incipiente de que ya jamás será madre, etc., etc.

Qué sensación tan extraña. Alessandra Mantovani siempre me había transmitido una idea de invulnerabilidad. Y ahora, de repente, la tenía delante como una mujer normal que contemplaba con desconcierto los años que pasaban y los que llegaban, en pleno esfuerzo desesperado por no romperse en pedazos.

– Perdona. No te había llamado para llorar sobre tu hombro.

Hice un gesto como para decirle que no se preocupara, que si quería llorar sobre mi hombro, etcétera. Pero ella el gesto ni siquiera lo vio.

– Me he ofrecido para ese destino. Casi sin pensarlo. Porque no sé qué hacer en este período. No sé lo que quiero… en resumen, me parece bien. Notifiqué mi disponibilidad ayer por la mañana y he recibido esto.

Me alargó un fax. El encabezamiento estaba en caracteres cursivos un poco anticuados. Consejo Superior del Poder Judicial. El texto decía que la señora Mantovani, magistrada del Tribunal de Apelación con cargo de fiscal sustituto del Estado en el Tribunal de Bari había sido destinada, tras haber notificado su disponibilidad, por un período de seis meses prorrogables a ulteriores períodos, siempre de seis meses, a la Fiscalía del Estado del Tribunal de Palermo. La magistrada Mantovani debería presentarse en la Fiscalía de Palermo en un plazo de siete días a partir de la comunicación de la resolución.

Seguían algunos detalles técnicos. Pura jerga. Dejé de leer y levanté la mirada.

– Te vas a Palermo.

No era que digamos la frase más inteligente de mi vida, pensé inmediatamente después.

– Tengo que estar allí antes del lunes que viene. Si quería un cambio, pues bueno, no puedo quejarme.

Como no sabía qué decirle, permanecí en silencio. A la espera. Ella aplastó el filtro en un cenicero de cristal. Lo aplastó mucho más de lo que era necesario para apagar el cigarrillo.

– Hay algunos juicios y algunas investigaciones que lamento tener que abandonar. Aparte de lo demás. Uno es el nuestro, el de Scianatico. En lo que se refiere a éste y a algunos otros tengo la desagradable sensación de estar huyendo.

Estaba a punto de decir algo, pero ella me lo impidió con un gesto de la mano. No le apetecía escuchar frases de circunstancia.

– En realidad, ni siquiera estoy segura de saber por qué te he llamado. A lo mejor, me siento cobarde y quería decirte directamente y en persona que de alguna manera te dejo solo con este enredo. A la vista irá vete a saber quién. A lo mejor va alguien muy bueno. O muy buena. Ojalá no…

– ¿Crees que te vas a quedar en Palermo?

– ¿Quién sabe? El puesto, tal como has leído, es para seis meses prorrogables. De hecho, siempre es para por lo menos un año, y a veces más. Dentro de un año pensaré en lo que quiero hacer. La verdad es que no tengo demasiadas cosas que me aten a Bari. Y, si he de ser sincera, tampoco las hay que me aten a otros lugares.

Me sentí triste y viejo. Me sentí como alguien que se dedica a ver pasar el tiempo; como alguien que contempla cómo cambian los demás, bien o mal, se hacen mayores, se van. Toman decisiones. Mientras ese alguien se queda siempre en el mismo sitio, haciendo las mismas cosas, dejando que el azar decida por él. Alguien que contempla pasar la vida.

Coño, cuánto me apetecía aquel Camel.

La conversación no se alargó demasiado. Le dije a Alessandra que volvería a pasar por su despacho para despedirme, pero ella me contestó que era mejor que nos despidiéramos en aquel momento. No sabía cuánto iba a estar en su despacho aquellos días, con los preparativos y todo lo demás.

Rodeó el escritorio mientras yo me levantaba. La miré a la cara inmediatamente antes de abrazarnos.

Tenía una manchitas rojas; y unas arrugas que jamás había observado antes.

Al volver a cerrar la puerta la vi encender otro cigarrillo. Miraba hacia la ventana, a algún lugar del exterior.

6

Alessandra se fue sin que hubiéramos tenido ocasión de volver a vernos. Tal como ella tenía previsto hacer.

Se acercaba la primavera. La vida discurría con normalidad. Cualquier cosa que signifique la palabra normal. Salíamos con Margherita y a veces con sus amigos. Con los míos nunca. Admitiendo que todavía existieran amigos míos.

Después del funeral de Emilio, en algún momento se me había ocurrido la idea de llamar a alguien. Salimos una noche a tomarnos dos cervezas y a charlar un rato acerca de la vida. Y después, por suerte, lo dejé correr.

Dos o tres veces Margherita me preguntó si había algo que no marchaba y si me apetecía hablar. Le dije que gracias, no, de momento. No quedó muy claro qué momento. Ella no insistió. Es una experta en aikido y sabe muy bien que no puedes empujar -o ayudar- a otra persona a hacer algo que no haya empezado por su cuenta.

Cada vez con más frecuencia me quedaba a dormir en mi apartamento.

Una vez que me quedé en su casa, mientras permanecía tumbado en la cama, me asaltó una sensación extraña. Entorné los ojos y, de repente, me vi observando la escena desde una posición distinta de aquella en la cual me encontraba situado físicamente. En la escena, conseguía verme también a mí mismo. Era un espectador.

Margherita se desnudaba, había muy poca luz, reinaba el silencio, yo estaba tumbado en la cama y mantenía los ojos entornados, pero no estaba durmiendo. Era una escena muy triste, como ciertos silenciosos interiores de Hopper.

Entonces me levanté y, volviéndome a vestir, dije que necesitaba tomar un poco el aire y que iba a dar un paseo. Margherita me miró y por primera vez tuve la impresión de que estaba verdaderamente preocupada por mí.

Por nosotros.

Se quedó así unos cuantos segundos y en su mirada había una especie de conciencia triste, una fragilidad que no era habitual en ella. Parecía a punto de decir algo, pero al final no lo hizo. Buenas noches, me dijo tan sólo, y yo me escapé.

Por la calle me encontré finalmente un poco mejor. Soplaba un aire fresco, casi frío, y seco. Las calles estaban desiertas. Como es normal sobre la medianoche de un miércoles en aquella zona de la ciudad.

Sin pensarlo ni apenas darme cuenta de lo que hacía, llamé a sor Claudia. Mientras marcaba el número, me dije que, si estaba durmiendo, seguramente tendría el móvil apagado. Si no estaba durmiendo…