– No es verdad. Cabrón de mierda, no es verdad -le oí susurrar a Martina a mi espalda.
– … me decía cada vez más a menudo que me las haría pagar. Más tarde o más temprano y de la manera que fuera.
– ¿Fue en ocasión de una de estas peleas cuando usted le dijo, en presencia de unos amigos comunes, esta frase: «eres una mitómana, eres una mitómana y una desequilibrada, no tienes credibilidad y resultas peligrosa para ti misma y para los demás»?
– Sí, por desgracia, sí. Yo también perdí los estribos. No tendría que haber dicho ciertas cosas en presencia de terceros. Pero, por desgracia, era la verdad.
– Tratemos de analizar esta frase que usted no habría deseado pronunciar en presencia de terceros pero que no consiguió reprimir. ¿Por qué le dijo que no era de fiar y resultaba peligrosa?
– Experimentaba violentos estallidos de furia. En dos ocasiones me había atacado. En otras se había entregado a gestos de autolesión.
– ¿Por qué le dijo que era una mitómana?
– Se inventa cosas. Lamento decirlo, a pesar de todo lo que me ha hecho. Pero se inventaba unas historias increíbles. Aquella vez en particular me dijo que estaba segura de que yo mantenía una relación con una señora que aquella noche estaba con nosotros en casa de unos amigos. No era verdad, pero no hubo manera de hacerla entrar en razón. Me dijo que se quería ir, yo le contesté diciéndole que no se comportara como una niña y no armara escenas, pero la situación degeneró enseguida.
Tuve que resistir el impulso de volverme a mirar a Martina.
– ¿Usted amenazó alguna vez a la señorita Fumai?
– Rotundamente jamás.
– ¿Utilizó alguna vez la violencia física durante y después de la convivencia?
– Jamás por propia iniciativa. Claro que en las dos ocasiones en que ella me agredió tuve que defenderme para bloquearla y tratar de neutralizarla. Fueron las dos veces en las que ella tuvo que acudir a que la atendieran en el servicio de urgencias. Adonde tengo empeño en puntualizar que yo mismo la acompañé. Y la volví a acompañar otra vez. Una de las veces en que se había autolesionado de manera especialmente violenta. Tal como ya le he dicho, tenía esta costumbre.
– ¿Puede decirnos exactamente de qué autolesiones se trató?
– No lo recuerdo con exactitud. Desde luego, cuando perdía la calma en el transcurso de las peleas, se abofeteaba e incluso se pegaba puñetazos en la cara.
– Después del cese de la convivencia, ¿usted siguió manteniendo contacto con la señorita Fumai?
– Sí, la llamé muchas veces por teléfono. Un par de veces traté incluso de hablarle en persona.
– En estas ocasiones, por teléfono o en persona, ¿usted amenazó alguna vez a la señorita Fumai?
– Rotundamente no. Yo estaba… me avergüenza decirlo, pero, bueno, seguía enamorado de ella. Trataba de convencerla de que volviera conmigo. Entre otras cosas me preocupaba mucho que su estado de salud psíquica pudiera agravarse más y ella pudiera cometer algún acto inesperado. Quiero decir de autolesión, o cosas peores. Yo pensaba que, si volvíamos a estar juntos, quizá podría ayudarla a resolver sus problemas.
Conmovedor. Una historia verdaderamente lacrimógena. Aquel hijo de puta habría tenido que dedicarse a la interpretación.
– En resumen, profesor Scianatico, usted conoce las acusaciones que pesan contra usted. ¿Hay alguno de los actos que le atribuye la acusación que usted realmente haya cometido?
Antes de contestar, Scianatico esbozó una especie de amarga sonrisa. Significaba más o menos que las personas y el mundo eran malvados e ingratos. Por este motivo él estaba allí, injustamente procesado por cargos que no había cometido. Pero él era de natural bondadoso y, por consiguiente, no guardaba rencor hacia la responsable de todo aquello. Que, entre otras cosas, era una pobre desequilibrada.
– Tal como ya le he dicho, tuvimos dos pequeñas peleas con agresiones durante la convivencia. Y, además, sí, tal como ya he dicho, la llamé muchas veces por teléfono, algunas incluso de noche para tratar de convencerla de que volviéramos a vivir juntos. En cuanto a lo demás, nada es cierto, naturalmente.
Naturalmente. Las llamadas no las podía negar, dada la existencia de los listados. En cuanto a lo demás, la loca se lo había inventado todo en su delirio de destrucción.
Así terminó el interrogatorio directo. El juez le dijo al ministerio público que ya podía proceder a la repregunta. Marinella Nosecómo, obedientemente, contestó que no, gracias, no tenía preguntas. Por el tono de su voz y por la cara que puso al contestar, parecía que el juez le hubiera preguntado: «perdone, ¿usted padece el sida?»
– ¿Usted tiene alguna pregunta, abogado Guerrieri?
– Sí, Señoría, muchas gracias. ¿Puedo empezar?
El juez asintió con la cabeza. Él también sabía que era allí donde empezaban los problemas. Y a él los problemas no le gustaban. Peor para ti, pensé.
Las maniobras de aproximación eran inútiles en este caso. Así que empecé directamente y sin preámbulos.
– ¿Usted fotocopió la documentación clínica de la señora Fumai durante el período de su convivencia con ella?
– Sí, es cierto. La fotocopié porque…
– ¿Nos puede decir exactamente cuándo la fotocopió, si lo recuerda?
– ¿Quiere decir el día, el mes?
– Quiero decir a ojo, el período en que lo hizo. Si, además, recuerda el día…
– No le podría contestar con exactitud. Por supuesto que no fue en el transcurso del primer período de nuestra convivencia.
– ¿Pidió la autorización de la señora Fumai para sacar aquellas fotocopias?
– Verá, mi intención…
– ¿Pidió su autorización?
– Yo quería…
– ¿Pidió su autorización?
– No.
– ¿Informó posteriormente a la señora Fumai de que había sacado fotocopia de documentación privada a espaldas suyas?
– No la informé porque estaba preocupado y quería mostrar aquella documentación a algún psiquiatra amigo mío. Para comprender juntos cuáles eran exactamente los problemas que tenía Martina y, de esta manera, poder ayudarla.
– Por tanto y resumiendo: usted hizo aquellas fotocopias sin pedir permiso a la señora Fumai y, por tanto, a escondidas. Y posteriormente no le comunicó los hechos. ¿Es correcto?
– Era por su bien.
– Por consiguiente, podemos decir que usted, por el bien de la señora Fumai, estaba dispuesto a hacer cosas, invadiendo su esfera privada, sin autorización.
– Protesto, Señoría -dijo Dellissanti-, eso no es una pregunta, es una conclusión. Inadmisible.
– Abogado Guerrieri, reserve sus conclusiones para el momento del alegato -dijo Caldarola.
– Con el debido respeto, Señoría, yo considero que se trata de una pregunta lícita acerca de lo que el acusado estaba dispuesto a hacer, siguiendo su idea totalmente subjetiva de cuál era el bien de la señora Fumai. Pero puedo renunciar tranquilamente a ella y pasar a otra pregunta. ¿Fue la señora Fumai quien le dijo dónde guardaba su documentación médica?
– No he comprendido la pregunta.
– ¿La señora Fumai le dijo: «mira, los papeles de mi ingreso hospitalario, la copia de mi historial clínico, están en tal sitio o en tal otro?»
– No. Mejor dicho, no lo recuerdo.
– O sea que usted tuvo que buscar esa documentación para poderla fotocopiar. Se vio obligado a hurgar entre las propiedades privadas de la señora Fumai. ¿Es así?
– No hurgué. Estaba preocupado por ella y por eso busqué aquellos papeles para mostrarlos a un médico.
Scianatico ya no parecía sentirse muy cómodo. Estaba perdiendo la calma y aquella imagen suya de viril y serena paciencia. Precisamente lo que yo quería.
– Sí, eso ya nos lo ha dicho. ¿Puede indicarnos el nombre del psiquiatra a quien mostró aquellos papeles tras haberlos mandado fotocopiar clandestinamente?