En el lugar de los hechos reinaba un desconcierto de locos. Al otro lado de las vallas, la multitud de curiosos. Dentro, muchos policías uniformados y unos cuantos carabineros. Hombres y mujeres de paisano, con las placas doradas de la policía judicial en los cinturones o las chaquetas o bien colgadas del cuello como medallones. Algunos de ellos llevaban las pistolas remetidas en la parte anterior del cinturón; otros las sostenían en la mano apuntando hacia el suelo, como si de un momento a otro fueran a tener que utilizarlas; un par llevaba en la mano, colgando como si fueran bolsas semivacías, unos chalecos antibalas en actitud de estar a punto de ponérselos de un momento a otro.
Le pregunté a Tancredi quién dirigía las operaciones, admitiendo que se pudiera hablar de operaciones y de dirección en medio de aquel follón. Me señaló a un sujeto anónimo vestido con chaqueta y corbata que sostenía en la mano un megáfono, pero parecía que no supiera exactamente qué hacer con él.
– Es el subcomisario de la Brigada Móvil. Habría sido mejor que se quedara en casa, pero, como el gran jefe está en el extranjero, en la práctica nos las tenemos que arreglar solos. Hasta hemos llamado al fiscal sustituto de turno y nos ha dicho que él es un letrado y no es asunto suyo tratar con aquel señor, y tanto menos decidir si hay que efectuar una intervención. Pero ha dicho que lo mantengamos informado. Nos es de gran ayuda el muy cabrón, ¿verdad?
– ¿Habéis conseguido hablar con Scianatico?
– A través del teléfono fijo de la casa. He hablado yo con él. Ha dicho que va armado y que nadie intente acercarse. Dudo mucho que sea cierto, quiero decir, que vaya armado. Pero no me atrevería a apostarlo.
Tancredi vaciló un instante.
– Su voz no me ha gustado, para nada. Sobre todo, cuando le he pedido que me permitiera hablar con ella. Le he preguntado si me dejaba simplemente saludarla, pero él ha contestado que no, que ahora no podía. Era una voz desagradable e inmediatamente después ha cortado la comunicación.
– ¿Desagradable en qué sentido?
– Es difícil de explicar. Resquebrajada, como si estuviera a punto de romperse de un momento a otro.
– ¿Y la madre de Martina?
– No lo sabemos. Quiero decir, no debía de estar en casa. Le he preguntado si estaba también la madre y él me ha contestado que no. Pero no sabemos dónde está. Probablemente ha salido a hacer la compra o cualquier otra cosa, regresará de un momento a otro y se encontrará con esta sorpresa. Hemos tratado también de localizar al padre de él, el presidente, para pedirle que venga a hablar con este jodido loco de su hijo. Hemos conseguido establecer contacto con él, pero está asistiendo a una reunión en Roma. Un vehículo de la Brigada Móvil de Roma ha ido a recogerlo y lo lleva al aeropuerto para que tome el primer vuelo. Pero en el mejor de los casos sólo podrá estar aquí dentro de cinco horas. Esperemos que para entonces ya no lo necesitemos.
– ¿Qué te parece? ¿Qué es lo que habría que hacer?
Tancredi inclinó la cabeza y apretó los labios. Como si buscara una respuesta. No, como si tuviera una respuesta preparada pero no le gustara y estuviera buscando una alternativa.
– No lo sé -dijo levantando finalmente los ojos-, estas situaciones son imprevisibles. Para tratar de decidir una estrategia hay que comprender qué es lo que quiere este hijo de puta; es decir, cuál es su verdadera motivación.
– ¿Y en este caso?
– No lo sé. La única cosa que se me ocurre no me gusta en absoluto.
Estaba a punto de preguntarle qué era aquella cosa que no le gustaba en absoluto cuando vi llegar la furgoneta de Claudia. Más bien la oí llegar. En secuencia: chirrido de neumáticos en una curva, rugido de cambio violento de marcha, ruedas anteriores sobre la acera, golpe de parachoques contra un contenedor de basura. Se abrió paso entre la gente en dirección a nosotros. Un policía uniformado le dijo que no podía ir más allá de la valla que marcaba la zona de las operaciones. Ella lo empujó sin decir ni una sola palabra y, justo en el momento en que el otro estaba intentando bloquearle el paso, llegó Tancredi corriendo y dijo que la dejaran pasar.
– ¿Dónde están?
Contestó Tancredi:
– Se ha parapetado en casa de Martina. Probablemente va armado o, por lo menos, eso dice él.
– ¿Y ella cómo está?
– No lo sabemos. Con ella no hemos conseguido hablar. La esperaba delante de su casa. Cuando ella llegó, conversaron durante unos cuantos segundos, después ella gritó algo en el sentido de que se fuera enseguida, de lo contrario, llamaría a la policía, a su abogado o a los dos. Fue entonces cuando él le pegó varias veces. Ella debió de perder el conocimiento o, por lo menos, debía de estar aturdida, porque vieron cómo él la arrastraba dentro, sosteniéndola por debajo de las axilas. Alguien llamó al 113, llegó inmediatamente una patrulla móvil y unos minutos después llegamos nosotros.
– ¿Y ahora?
– Ahora no sé. Dentro de un par de horas tendrían que llegar desde Roma los del núcleo operativo de los cuerpos especiales y después alguien tendrá que asumir la responsabilidad de autorizar una intervención. En estos casos no se aclaran. Quiero decir, si tiene que ser el juez, el jefe de la Móvil, el comisario u otra persona. La alternativa sería intentar una negociación. Decirlo es fácil. ¿Pero quién habla con ese loco?
– Hablo yo -dijo Claudia-. Llámalo, Carmelo, y déjame hablar con él. Hablo con él y le pregunto si me deja entrar y me deja ver cómo está Martina. Soy una mujer, una monja. No digo que se fíe, pero podría ser algo menos sospechosa que uno de vosotros.
Su tono de voz era muy extraño. Extrañamente sereno, en contraste con el rostro desencajado.
Tancredi me miró como si me pidiera mi opinión, pero sin preguntarme nada. Yo me encogí de hombros.
– Tengo que preguntárselo a ése -dijo al final, señalando con la cabeza al funcionario de la Móvil que seguía dando vueltas por allí con el inútil megáfono en la mano. Se acercó a él y se pasaron unos minutos hablando. Después se dirigieron juntos al lugar donde nosotros nos encontrábamos y fue el funcionario quien habló.
– ¿Es usted la monja? -preguntó, mirando a Claudia.
No, soy yo. ¿No ves el velo que llevo, capullo?
Claudia asintió con la cabeza.
– ¿Quiere intentar hablar con él?
– Sí, quiero hablar con él y preguntarle si me deja entrar. Podría funcionar, creo. Él me conoce. Se podría fiar y, si entro, creo que lo podría convencer. Me conoce bien.
¿Pero qué estaba diciendo? No se conocían para nada. Jamás habían hablado el uno con el otro. Me volví a mirarla con un punto interrogativo dibujado en la cara. Ella me devolvió la mirada, pero no durante más de dos segundos. Sus ojos decían: «no intentes abrir la boca; ni se te ocurra». Entre tanto, el funcionario estaba diciendo que se podía intentar. Por lo menos, llamar no costaba nada.
Tancredi sacó su móvil, pulsó la tecla de repetición de llamada y esperó con el teléfono pegado a la oreja. Al final, Scianatico contestó.
– Soy otra vez el inspector Tancredi. Hay una persona que quiere hablar con usted. ¿Se la puedo pasar? No, no es un policía, es una monja. Sí, claro. Ni se nos ocurre acercarnos. Bueno, pues ahora se la paso.
Sí, era sor Claudia, la amiga de Martina. Hacía mucho tiempo que deseaba hablar con él, tenía muchas cosas importantes que decirle. ¿Podía, antes de seguir adelante, saludar a Martina? Ah, no se encontraba muy bien. En el rostro de Claudia se abrió una especie de grieta, pero su voz no se alteró, siguió sonando firme y tranquila. De acuerdo, no importa, hablaré con ella después, si tú quieres, claro. Yo creo que Martina quiere volver contigo; me lo ha dicho muchas veces, aunque no sabía qué hacer para salir de esta situación tan extraña que se ha creado. No te oigo bien. Sí, no te oigo bien, debe de ser este móvil. ¿Qué te parece si subo y hablamos un poco en persona? Claro, yo sola. Soy una mujer, una monja, puedes estar tranquilo. Y, además, a mí tampoco me gustan los policías. Bueno, ¿subo o qué? Claro, claro, tú miras por la mirilla para asegurarte de que no haya nadie más junto a mí. Pero, de todas maneras, tienes mi palabra, te puedes fiar. ¿Crees que una monja puede llevar armas? Muy bien, pues ahora subo. Sola, claro, estamos de acuerdo. Hasta ahora.