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Aparte de las cosas que dijo, lo que lo dejó casi hipnotizado fue el tono de su voz. Sereno, tranquilizador, hipnótico, precisamente.

– ¿Te quieres poner un chaleco antibalas? -le preguntó Tancredi.

Ella lo miró sin tomarse la molestia de contestar.

– Pues entonces, antes de subir te llamo al móvil, tú me contestas «ahora» y después lo dejas encendido. De esta manera por lo menos podremos oír lo que decís y lo que ocurre.

Después Tancredi se volvió hacia dos sujetos que rondaban la treintena, con aspecto de distribuidores de droga en los centros de distribución legal. Dos agentes de su brigada.

– Cassano, Loiacono, vosotros dos venid conmigo. Subimos juntos y nos quedamos en la escalera sin llegar al rellano.

Oí mi voz, alzándose al margen de mi voluntad.

– Voy con vosotros.

– No digas chorradas, Guido. Tú trabajas como abogado y nosotros como policías.

– Espera, espera. Si Claudia consiguiera iniciar una negociación, quizá yo podría intervenir para ayudarla. Él me conoce, soy el abogado de Martina. Le puedo decir cualquier bobada, por ejemplo, que anulamos el juicio, que retiramos los cargos, o lo que sea. Puedo ser útil si la negociación sigue adelante. Si, en cambio, tenéis que intervenir vosotros, yo me quito de en medio, naturalmente.

El funcionario dijo que, por él, de acuerdo. Lo importante era que fuéramos prudentes. Acertadísimo consejo. No aludió a la posibilidad de subir él también. Para evitar una inútil aglomeración, supongo. Su ideal de policía no era el inspector Callaghan.

Lo que ocurrió después constituye en mi recuerdo una película en blanco y negro rodada a cámara sucia y montada por un loco. Y, sin embargo, está presente, tan presente que no consigo contármelo a mí mismo en tiempo pasado.

Los tres policías están delante de mí, en el último tramo de escalera antes de llegar al rellano. Hasta donde se puede llegar sin riesgo de que nos vean. Estamos muy apretujados, casi el uno encima del otro; percibo el sudor del más grueso; Loiacono quizá, o tal vez Cassano. El timbre tiene un sonido extraño, fuera del tiempo. Una especie de din don dan con ecos antiguos e inquietantes. Claudia dice algo en respuesta a la voz que procede del apartamento. Después un silencio, largo. Él está mirando por la mirilla, pienso. Después ruido de engranajes, de cerraduras, de llaves que giran. A continuación, otra vez silencio, aparte del rumor de nuestra respiración contenida.

Tancredi lleva el móvil pegado a la oreja izquierda; en la otra mano empuña la pistola, como los otros dos. A lo largo de la pierna, con la caña apuntando al suelo. Me vuelve a la mente el gesto que han hecho los tres antes de entrar. Seguro hacia atrás, bala a punto, percutor apoyado suavemente para evitar disparos accidentales.

Miro el rostro de Tancredi para adivinar lo que percibe que está ocurriendo. En determinado momento, sus rasgos se deforman y, antes de que yo tenga que hacer el esfuerzo de interpretarlos, él grita.

– Mierda, hay follón. Derribemos la puerta, coño, derribémosla ya de una vez.

El más grueso de los dos -Cassano, o tal vez Loiacono- llega primero a la puerta, levanta una rodilla casi a la altura del pecho y extiende la pierna golpeando la puerta con la planta del pie a la altura de la cerradura. Ruido de madera que se rompe, pero la puerta no cede. El otro agente hace un movimiento idéntico. Más ruido de madera que se rompe, pero la puerta sigue sin ceder.

Se abre después de otras dos, tres, cuatro violentísimas patadas. Entramos todos juntos. Tancredi primero, nosotros detrás. Nadie me dice que me quede fuera y me dedique a hacer de abogado, que ellos ya harán de policías.

Cruzamos varias estancias guiados por los gritos de Scianatico.

Cuando llegamos a la cocina, la escena parece la de un espantoso ritual.

Claudia está a horcajadas por encima del rostro de Scianatico; lo mantiene inmovilizado con las piernas apretadas y con una mano le sujeta la garganta. Los dedos penetran en el cuello como puñales y con el puño de la otra mano le golpea repetidamente el rostro. Con un método salvaje; y mientras yo la miro, sé que lo está matando. El encuadre se amplía hasta incluir a Martina. Está en el suelo, cerca del fregadero. No se mueve. Parece una muñeca rota.

Cassano y Loiacono agarran a Claudia por debajo de las axilas y la apartan, levantándola. Cuando ella vuelve a apoyar los pies en el suelo los agentes esperan cualquier cosa menos ser golpeados los dos de manera tan rápida que los puñetazos y los puntapiés no se ven; sólo se pueden intuir. Tancredi da un paso atrás y apunta con la pistola hacia las piernas de Claudia.

– No hagas gilipolleces, Claudia. No hagamos gilipolleces.

Ella está sorda y avanza dos pasos hacia él. Es como si ni siquiera me hubiera visto, a pesar de que estoy muy cerca, a su izquierda.

No es que yo decida hacer lo que hago. Ocurre y se acabó. Ella no me ve y tampoco ve mi derechazo, que sale disparado y le golpea la barbilla de refilón. El más clásico de los golpes de K.-O. Puedes ser el hombre más fuerte del mundo, pero si recibes un buen directo propinado de la manera adecuada en la punta de la barbilla, no hay nada que hacer. Se apaga la luz y se acabó. Es como una anestesia.

Claudia cae al suelo. Los dos policías se le echan encima, le retuercen los brazos detrás de la espalda y la esposan con los movimientos automáticos y eficientes propios de alguien que lo ha hecho muchas veces. Después hacen lo mismo con Scianatico, pero las prisas no son necesarias con él. Presenta un rostro irreconocible a causa de todos los golpes recibidos, emite monosílabos y no consigue moverse.

Tancredi se acerca a Martina y le apoya los dedos índice y medio en el cuello. Para comprobar si todavía le circula la sangre. Pero es un gesto mecánico e inútil. Los ojos están desorbitados, la boca entreabierta deja entrever los dientes y un riachuelo de sangre ya seca le brota de la nariz. El rostro de la muerte; de la muerte violenta. Un rostro que Tancredi ya ha visto muchas veces; y que yo también he visto, pero sólo en los expedientes de casos de homicidio. Jamás tan concreto, presente y espantosamente trivial.

Tancredi le pasa una mano por los ojos para cerrarlos. Después mira a su alrededor, localiza un trapo de color, lo coge y le cubre la cara.

Cassano -o Loiacono- hace ademán de salir para ir a llamar a los demás, pero Tancredi se lo impide, le dice que espere. Se acerca a Claudia, sentada en el suelo con las manos esposadas a la espalda. Se arrodilla y le habla en voz baja durante unos cuantos segundos; al final, ella hace un gesto afirmativo con la cabeza.

– Quitadle las esposas.

Cassano y Loiacono lo miran a la cara. La mirada que él les devuelve no precisa de interpretación; significa que no tiene ganas de repetir la orden y basta. Cuando Claudia vuelve a estar libre, Tancredi nos dice a todos que salgamos de la cocina y él nos acompaña.

– Bueno, escuchadme bien, porque dentro de unos segundos aquí ya nadie entenderá nada.

Lo miramos.

– Os digo lo que ha ocurrido. Claudia entró. Él la agredió y se inició una pelea. Lo hemos oído todo a través del teléfono y hemos echado abajo la puerta. Al llegar a la cocina, ellos se estaban peleando. Los dos. Nosotros intervinimos, él opuso resistencia y, como es natural, tuvimos que golpearlo. Al final, lo inmovilizamos y esposamos. Y basta. No ha ocurrido nada más.

Hace una pausa para mirarnos uno a uno.

– ¿Está claro?

Nadie dice nada. ¿Qué tenemos que decir? Él nos mira todavía un instante y después se dirige a Cassano, o tal vez a Loiacono.