Claudia dijo que conduciría ella y me llevó a casa en algo menos de una hora.
Me volvió a sujetar la mano poco antes de despedirse. Fuera, la oscuridad de la noche ya empezaba a diluirse.
Cuando entré en casa lo primero que hice fue cepillarme los dientes para quitarme el sabor del humo.
Después abrí todas las ventanas, cogí un viejo y raro disco de vinilo y lo puse en el plato.
El fresco viento del amanecer atravesó la casa y yo me apoyé en el respaldo de la mecedora justo cuando empezaban a escucharse los crujidos de las primeras notas, Albinoni, el célebre adagio. Sobre aquellas notas, como si procediera de otra dimensión, el recitado de la voz misteriosa de Jim Morrison.
11
Scianatico fue detenido por secuestro y homicidio. Y resistencia a la autoridad, naturalmente, puesto que, según lo que constaba en las actas, había tratado de oponer resistencia a los agentes que habían irrumpido en el apartamento para detenerlo.
La autopsia estableció que Martina había muerto a causa de unos fortísimos golpes -puñetazos, probablemente- en la cabeza y de un impacto contra una superficie rígida. Pared o suelo. El forense dijo que, cuando Martina fue arrastrada al interior del edificio y después al apartamento, probablemente aún estaba viva.
En el juicio que se celebró a continuación con una insólita rapidez Scianatico también fue defendido por Dellissanti, el cual trató por todos los medios de conseguir que lo declararan mentalmente incapacitado. Su asesor habló de descompensación psicológica como origen de la agresión y del homicidio; de ausencia de proceso de duelo al término de la relación, de grave síndrome depresivo en el momento de concienciación con respecto del acto cometido y de toda una serie de chorradas por el estilo. Scianatico trató de confirmar el diagnóstico con dos extremadamente dudosos intentos de suicidio en la cárcel.
Pero el psiquiatra nombrado por la Audiencia no tragó, dijo que los dos intentos de suicidio eran actos simulados y concluyó su informe señalando que el acusado era un sujeto con «…una necesidad compulsiva de control, bajísima tolerancia a las frustraciones, estructura de personalidad borderline y trastorno narcisista… pero en pleno uso de sus facultades mentales y, desde un punto de vista médico, capacitado para comprender perfectamente el significado de sus acciones y para actuar libremente eligiendo sus propias pautas de comportamiento».
Y de esta manera el tribunal, después de tres meses de un juicio seguido incansablemente por la prensa y las televisiones, consideró a Scianatico en pleno uso de sus facultades mentales y lo condenó a dieciséis años de cárcel, modificando la acusación de homicidio voluntario para convertirla en homicidio preterintencional. El concepto significa, en lenguaje vulgar, que fue allí para machacarla a golpes, pero no tenía intención de matarla.
Técnicamente una decisión correcta, pero, en cuestión de siete, ocho años, aquel animal saldría en libertad condicional, fue lo primero que pensé cuando leí la noticia en el periódico. Eso siempre y cuando en el tribunal de segunda instancia no le hagan algún otro descuento.
Pero en el tribunal de segunda instancia no le hicieron ningún otro descuento. En un caso tan llamativo y seguido tan de cerca por los medios, nadie quería correr el riesgo de ser acusado de haber favorecido al hijo del presidente Scianatico.
En realidad, del ex presidente Scianatico. El viejo, inmediatamente después de los hechos, solicitó la excedencia y después, sin haberse reincorporado jamás, se jubiló.
Caldarola nunca terminó el juicio en el cual nos habíamos constituido en parte civil. Unos cuantos meses después de los últimos acontecimientos fue trasladado al tribunal de segunda instancia, de modo que, el juicio tuvo que volver a empezar con otro juez. Esta vez Dellissanti eligió una línea defensiva más blanda, se podría decir. Con el juicio por homicidio en marcha, no tenían el menor interés en que se llevara a cabo otra recapitulación, tal vez con gran repercusión mediática, de lo que Scianatico había hecho antes. No tenían interés en hablar de palizas, de sexo violento, de atropellos, de persecuciones. De cómo había sido la vida de la víctima del homicidio en los meses y en los años que precedieron al hecho de convertirse en víctima del homicidio. Así que en la primera vista pidieron y obtuvieron un tranquilo acuerdo de seis meses de reclusión.
Mi expediente disciplinario fue archivado. Entre otras cosas porque ahí tampoco nadie tenía interés en volver a discutir los porqués y los cómos de un juicio que había tenido semejante epílogo. Yo tampoco. La resolución decía en dos líneas que yo no había cometido ninguna infracción disciplinaria, sino que me había «limitado a interpretar con dureza, pero dentro de los límites de la corrección deontológica, el cometido de representante de la parte civil».
Alessandra Mantovani se ha quedado en Palermo. Cuando el destino estaba a punto de finalizar, pidió y obtuvo el traslado definitivo. Ahora trabaja en la dirección antimafia y de vez en cuando leo su nombre y veo su fotografía -con un rostro cansado y endurecido- en algún periódico. Cada vez experimento una extraña punzada de tristeza. La misma que sentí cuando me dijo que se iba.
En cambio, Claudia se ha quedado en Bari. Sigue dirigiendo la casa-refugio, pero ha dejado de hacerse llamar monja. No es que en determinado momento haya ofrecido una rueda de prensa o haya puesto carteles anunciando a todo el mundo que no es monja.
Simplemente, cuando llega una nueva chica a la comunidad, se presenta con su nombre y nada más. Cuando alguien que la conocía de antes la llama «sor», ella dice que es suficiente con su nombre. Es decir, Claudia.
Que tampoco es el que figura en su documentación, pero eso tiene poca o ninguna importancia. Su verdadero nombre es Claudia. El nombre de sus documentos se lo pusieron sus padres naturales. (Cualquier cosa que signifique la palabra «natural» para un padre que le hace eso a su hija de niña. Y para una madre que se lo deja hacer, fingiendo no ver, no sentir.
Su verdadera madre, su familia, había sido aquella monja del Instituto.
12
Cuando le dije a Margherita que quería probar a lanzarme en paracaídas, ella me miró un buen rato sin decir nada. ¿Quería demostrar que era capaz de sorprenderla? Pues lo había conseguido, dijo cuando encontró las palabras.
Unos cuantos días después empecé el cursillo.
En el transcurso de aquellas semanas experimenté una sensación extrañísima y desconocida, que era una mezcla de nítido temor y de inquietante serenidad. Un sentido de lo inevitable y una misteriosa dignidad.
La víspera del primer salto no dormí ni un minuto. Lógicamente.
Pero me pasé todo el rato en la cama, absolutamente despierto, pensando y recordando muchas cosas. La más viva de todas, aquel juego terrible de niños en la cornisa muchos años atrás.
De vez en cuando me llegaba una oleada de purísimo miedo. La dejaba que fluyera y me atravesara todo el cuerpo cual si fuera una corriente física de energía. Y de esta manera se me pasaba. Algunas veces era más fuerte y más prolongada. Alguna vez pensaba que al día siguiente ya estaría muerto. Otras veces pensaba que en el último momento me echaría atrás. Pero también se me pasaba.
Si Margherita se dio cuenta de que me había pasado la noche en vela, no me lo dijo a la mañana siguiente.
Y yo, curiosamente, no me sentía cansado. Al contrario, tenía los brazos y las piernas sueltos y la mente limpia y despejada. No pensaba en nada.
El rugido ensordecedor del aparato se redujo hasta convertirse en una especie de borboteo de fondo. Fuerte pero ordenado en la penumbra de la carlinga. El piloto había reducido la velocidad al mínimo y casi parecía que el avión estuviera detenido en suspenso entre el cielo y la tierra.
Los que teníamos que lanzarnos éramos seis. Para mí y otros tres era nuestro primer salto. Después se lanzarían el instructor y Margherita, que había pedido estar presente, pero sólo me lo había dicho aquella mañana.