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—Si es que no lo saben ya.

—Correcto.

—El hombre que buscas es Sut —dijo Lynch—, no yo, y no me parece que sea Webber. —Negras y partidas uñas se alzaron para rascar distraídamente su barba. — Ahora bien, ¿me has traído aquí sólo para esta pequeña charla, o aún quieres ver a nuestro lote de japoneses?

—Vamos a verlos.

Lynch. El topo era Lynch.

Una vez, en México, años atrás, Turner había alquilado un módulo de vacaciones portátil, de energía solar y construcción francesa; su estructura, de siete metros, era como una mosca sin alas esculpida en metal pulido, y sus ojos como dos semiesferas de plástico fotosensible. Se sentó tras ellos al tiempo que un vetusto bimotor de carga ruso recorría la costa con el módulo entre sus mandíbulas, casi rozando las copas de las palmeras más altas. Depositado en una remota playa de arena negra, Turner pasó tres días de confortable soledad en la estrecha cabina forrada de madera de teca, alimentándose de comidas congeladas recalentadas en el horno de microondas, y duchándose, frugal pero regularmente, con agua fría. Los paneles de células rectangulares pivotaban siguiendo el sol, y había aprendido a saber la hora según su posición.

La unidad de neurocirugía portátil de la Hosaka parecía una ciega versión de aquel módulo francés, tal vez dos metros más larga, y pintada de marrón mate. Secciones de perforados ángulos de acero que habían sido recientemente soldados a lo largo de la mitad inferior del casco, sustentaban primitivos amortiguadores para diez ruedas de bicicleta calzadas con gruesos neumáticos rojos.

—Están durmiendo —dijo Lynch—. Si alguno de ellos se mueve, esto comienza a temblar. Quitaremos las ruedas cuando llegue el momento; por ahora preferimos mantenerlos bajo control.

Turner caminó despacio rodeando la cápsula marrón, advirtiendo el negro y lustroso tubo de desagüe que iba hasta un pequeño depósito rectangular instalado cerca de allí.

—Anoche tuvimos que vaciarlo, Dios mío. —Lynch sacudió la cabeza. — Tienen comida y un poco de agua.

Turner acercó el oído al casco.

—Es insonorizado —dijo Lynch.

Turner alzó los ojos hacia el techo de metal. La unidad de cirugía estaba escondida por más de diez metros de herrumbrosa techumbre. Láminas de metal, a esa hora lo bastante calientes como para freír un huevo. Hizo un gesto de aprobación. Aquel rectángulo caliente constituiría un factor continuo en el rastreador infrarrojo de la Maas.

—Murciélagos —dijo Webber, al darle la Smith & Wesson enfundada en una bolsa hombrera de plástico negro. El crepúsculo estaba lleno de ruidos que parecían venir del interior, chillidos metálicos y crepitar de insectos, gritos de pájaros invisibles. Turner metió la bolsa con el arma en un bolsillo de su anorak—. Si quieres mear, sube por ahí, junto a ese mezquite. Pero ten cuidado con las espinas.

—¿De dónde eres?

—Nuevo México —respondió la mujer, el rostro como madera tallada en la luz del ocaso. Se volvió y comenzó a alejarse en dirección al ángulo de paredes que cobijaban las lonas. Turner pudo distinguir allí a Sutcliffe y a un joven negro. Comían en recipientes de aluminio. Ramírez, el jockey de consola, el socio de Jaylene Slide. Un muchacho de Los Ángeles.

Turner contempló la curva del cielo, infinita, el mapa de estrellas. Es extraño cómo desde aquí puede verse más grande, pensó, y en órbita es sólo un vacío amorfo, donde la noción de escala pierde todo significado. Y estaba seguro de que esa noche no podría dormir, y vería la Osa Mayor girar para él y sumergirse en el horizonte, arrastrando su cola consigo.

Una ola de náusea y dislocación lo golpeó cuando las imágenes del archivo de biosoft irrumpieron en su mente sin aviso previo.

Capítulo 8

París

Andrea vivía en el Quartier des Ternes, donde su viejo edificio, como los otros de la calle, esperaba ser limpiado por los infatigables restauradores de la ciudad. Más allá de la oscura entrada, la débil luz de una cinta fluorescente de la Fuji Electric brillaba sobre una deteriorada pared de pequeñas casillas de madera, algunas de las cuales aún conservaban intactas sus puertas con ranura. Marly sabía que en otro tiempo los carteros introducían a diario la correspondencia por esas ranuras; había algo de romántico en la idea, aunque las casillas, con sus amarillentas tarjetas que antaño anunciaran el oficio de moradores ahora desaparecidos, siempre la habían deprimido. Las paredes del vestíbulo estaban cubiertas de abultados lazos de cables y fibra óptica; cada hebra era una pesadilla potencial para algún infeliz electricista. Al fondo, pasando una puerta de polvoriento cristal granulado, había un patio ruinoso, los adoquines brillantes de humedad.

Cuando Marly entró en el edificio, el conserje estaba sentado en el patio sobre una caja blanca de plástico que una vez había contenido botellas de agua de Evian. Aceitaba con infinita paciencia cada uno de los eslabones de la cadena de una vieja bicicleta. Levantó la vista al oír que ella subía las escaleras, pero no demostró ningún interés especial.

Las escaleras eran de mármol, opaco y gastado tras generaciones de inquilinos. El apartamento de Andrea estaba en el cuarto piso. Dos habitaciones, cocina y baño. Marly había venido aquí después de cerrar la galería por última vez, cuando ya resultaba imposible dormir en el improvisado dormitorio que compartía con Alain: una pequeña habitación detrás del depósito. Ahora el edificio hacía que el abatimiento volviera a cernirse sobre ella, pero la ropa nueva que llevaba y el nítido repiqueteo de los tacos de sus botas sobre el mármol mantenía alejado el edificio. Llevaba puesto un amplio abrigo de cuero de un tono algo más claro que el de su bolso, una falda de lana, y una camisa de seda de París Isetan. Esa mañana se había hecho cortar el pelo en el Faubourg St. Honoré, por una birmana que utilizaba un lápiz de láser de Alemania Occidental; un corte costoso, sutil sin llegar a ser conservador.

Rozó la placa redonda atornillada al centro de la puerta de Andrea, y oyó que emitía un pitido suave mientras leía las circunvoluciones de las yemas de sus dedos. —Soy yo, Andrea —dijo al pequeño micrófono. Una serie de ruidos metálicos y golpecitos cuando su amiga quitó los cerrojos de la puerta.

Andrea estaba de pie, empapada, en su viejo y esponjoso albornoz. Estudió el nuevo aspecto de Marly y sonrió. —¿Conseguiste el trabajo, o has robado un banco? —Marly entró en el apartamento, besando la mejilla mojada de su amiga.— Ambas cosas, en cierto modo —respondió, y se echó a reír.

—Café —dijo Andrea—, prepara café. Grandes crémes. Debo enjuagarme el pelo. Y el tuyo está hermoso. —Entró en el cuarto de baño y Marly oyó el chorro de agua salpicando la porcelana.

—Te he traído un regalo —dijo Marly, pero Andrea no podía oírla. Fue a la cocina, encendió la hornalla con una anticuada pistola de chispas, y empezó a buscar el café en las abarrotadas repisas.

—Sí —estaba diciendo Andrea mientras miraba el holograma de la caja que Marly viera por primera vez en la reconstrucción de Virek del parque de Gaudí—. Lo entiendo. Es el tipo de cosa para ti. —Tocó una perilla y la ilusión del Braun desapareció de golpe. Más allá de la ventana de la habitación, unos flecos de cirrus arañaban el cielo. — Demasiado sombrío para mí, demasiado serio. Como las cosas que exponías en tu galería. Pero eso sólo puede querer decir que Herr Virek ha elegido bien; tú resolverás el enigma. Si yo fuera tú, considerando el salario, me tomaría un buen tiempo. —Andrea llevaba puesto el regalo de Marly, una lujosa camisa de vestir de hombre, de franela de Flandes gris. Era el tipo de cosa que más le gustaba, y su deleite era manifiesto. Resaltaba su pelo claro, y era casi del color de sus ojos.