El blanco se coaguló en una nube gris; los objetos tomaban forma con la deliberada lentitud de una alucinación producida por la droga. Estaba aplastado contra un mullido cielo raso, mirando fijamente hacia abajo a un muñeco manchado de sangre que en vez de cabeza tenía una lámpara de cirugía azul verdosa que parecía brotarle de los hombros. Un negro con un manchado mono verde rociaba algo amarillo sobre un corte superficial que corría desde la parte superior del hueso pélvico del muñeco hasta justo debajo de su tetilla izquierda. Sabía que el hombre era negro porque llevaba el cráneo desnudo y afeitado, lustroso de transpiración; tenía las manos cubiertas por unos apretados guantes verdes y todo lo que Bobby veía de él era su refulgente cráneo. Había dermodiscos azules y rosados pegados a la piel a ambos lados del cuello del muñeco. Los bordes de la herida parecían haber sido pintados con algo que semejaba salsa de chocolate, y el aerosol amarillo hacía un ruido sibilante al escapar del pequeño tubo plateado.
Entonces Bobby se dio cuenta de lo que veía, y el universo se reveló provocándole náuseas. La lámpara pendía del techo, el cielo raso estaba cubierto de espejos, y el muñeco era él. Fue como si diera un salto atado a un largo cordón elástico, otra vez por los paneles rojos hasta la habitación del sueño donde la muchacha negra cortaba pizza para sus hijos. La cuchilla de agua no hacía sonido alguno, suciedad microscópica suspendida en un finísimo chorro de agua de alta velocidad. Bobby sabía que el objeto estaba ideado para cortar vidrio y metal, no para cortar pizza sacada del homo a microondas, y quería gritar a la chica porque tenía terror de que se rebanara el pulgar sin siquiera sentirlo.
Pero no podía gritar, no podía moverse ni hacer ruido alguno. Con gesto amoroso la chica cortó el último pedazo, puso la pizza ya troceada en una sencilla bandeja de cerámica blanca y se volvió hacia el rectángulo azul más allá del balcón, donde estaban sus niños... No, dijo Bobby en las profundidades de sí mismo, de ninguna manera. Porque las cosas que daban vueltas y se abalanzaban sobre ella no eran críos en planeadores, sino bebés, los monstruosos bebés del sueño de Marsha, y las alas desgarradas eran una maraña de huesos rosados, metal, tensas membranas remendadas de plástico de desecho... Les vio los dientes... —¡Eh, amigo! —exclamó el hombre de color—, te perdí durante un segundo. No mucho, ¿entiendes?, tan sólo un minuto neoyorquino tal vez... —Su mano, en los espejos encima de Bobby, tomó un carrete plano de plástico azul transparente de la pila de trapos ensangrentados junto a las costillas del muchacho. Delicadamente, con el pulgar y el índice, sacó una sección de algo que parecía plástico marrón en glóbulos. Diminutas puntas de luz destellaban en sus bordes y parecían temblar y cambiar de posición. — Garra —dijo, y con el pulgar de la otra mano apretó algún tipo de hoja cortante incorporada al carrete azul. Ahora el pedazo de material en glóbulos quedó liberado y comenzó a retorcerse—. Buena mierda —dijo el hombre, llevando el objeto al campo de visión de Bobby—. Nuevo. Lo que usan ahora en Chiba. —Era marrón, acéfalo, cada glóbulo un segmento de cuerpo, cada segmento bordeado por pálidas y brillantes piernas. Entonces, con un ademán de prestidigitador, movió sus muñecas enfundadas en los guantes verdes y apoyó el ciempiés sobre toda la longitud de la herida abierta y con suma delicadeza pellizcó el último segmento, el más cercano al rostro de Bobby. Al retirarse, el segmento llevó consigo un brillante hilo negro que cumpliera las funciones de sistema nervioso del objeto, y a medida que el hilo se separaba los pares de garra se cerraban, uno tras otro, cerrando la herida tan apretadamente como la cremallera de una chaqueta de cuero nueva.
—Bueno, ya ves —dijo el hombre de color limpiando lo que quedaba de la melaza marrón con una almohadilla húmeda—, no fue tan grave, ¿verdad?
Su entrada en el apartamento de Dos-por-Día no se pareció en nada a la forma en que tantas veces lo había imaginado. Para empezar, nunca se habría visto a sí mismo en una silla de ruedas de la que alguien se había apropiado en la maternidad del St. Mary's, cuyo nombre y número de serie estaban marcados a láser en el opaco cromo del brazo izquierdo. La mujer que empujaba la silla habría encajado perfectamente en una de sus fantasías; se llamaba Jackie , una de las dos chicas de los Proyectos que viera en el Leon's, y, según había entendido, uno de sus dos ángeles. La silla de ruedas se deslizaba en silencio por la rugosa moqueta gris del angosto vestíbulo del apartamento, pero los dijes de oro del sombrero de Jackie tintineaban alegremente mientras ella lo empujaba.
Y nunca había imaginado que la casa de Dos-por-Día fuese así de grande, ni que estuviese llena de árboles.
Pye, el doctor, que había tenido a bien explicarle que no era médico sino sólo alguien que «ocasionalmente daba una mano», se había acomodado en un rasgado taburete de bar en su improvisada sala de operaciones y, tras quitarse los ensangrentados guantes verdes y encender un cigarrillo mentolado, aconsejó solemnemente a Bobby que se lo tomase con mucha calma durante los próximos días. Minutos después Jackie y Rhea, el otro ángel, forcejearon con él para enfundarlo en un arrugado pijama que parecía salido de un kino de ninjas barato, lo depositaron en la silla de ruedas y salieron rumbo al núcleo central de ascensores en el corazón de la arcología. Gracias a tres dermos adicionales del depósito de drogas de Pye, uno de ellos cargado con dos mil unidades de un análogo de la endorfina, Bobby estaba alerta y no sentía dolor.
—¿Dónde estás mis cosas? —protestó mientras iba por un corredor que se había estrechado de un modo peligroso como consecuencia de las cañerías y conductos de fibra óptica instalados a lo largo de décadas—. ¿Dónde está mi ropa, y mi consola, y todo lo demás?
—Tu ropa, querido, está metida en una bolsa de plástico esperando que Pye la tire a la basura. Tuvo que quitártela a tijeretazos, y además no eran más que harapos sangrientos. Si la consola estaba en tu chaqueta yo diría que se la quedaron los muchachos que te molieron. Y al hacerlo casi te matan. Y arruinaste mi camisa Sally Stanley, mocoso. —El ángel Rhea no parecía demasiado amistosa.
—Ah —dijo Bobby, al doblar una esquina—, ya. Bueno, por casualidad, ¿encontrasteis un destornillador entre las cosas? ¿O una ficha de crédito?
—Ninguna ficha, nene. Pero si el destornillador es el que tiene los doscientos diez Nuevos metidos en el mango, es lo que cuesta mi camisa nueva...
Dos-por-Día no daba la impresión de estar demasiado contento de ver a Bobby. De hecho, casi parecía que no lo viera en absoluto. Su mirada pasaba de largo, directamente hacia Jackie y Rhea, y mostraba sus dientes en una sonrisa que era toda nervios y falta de sueño. Pusieron a Bobby tan cerca de él que pudo ver lo amarillas que tenía las órbitas, casi anaranjadas en el resplandor púrpura rosáceo de los tubos de luz que pendían del techo como colgados al azar. —¿Por qué tardasteis, putitas? —preguntó el traficante, pero no había ira en su voz, sólo agotamiento y algo más, algo que Bobby al principio no supo identificar.