—Pye —dijo Jackie , pasando con irreverencia junto a la silla de ruedas para tomar un paquete de cigarrillos chinos de la enorme plancha de madera que Dos-por-Día usaba de mesa—. Es un perfeccionista, el viejo Pye.
—Eso lo aprendió en la escuela de veterinaria —agregó Rhea, mirando a Bobby—, sólo que por lo general está demasiado ido; nadie lo dejaría operar ni a un perro...
—Bueno —dijo Dos-por-Día, deteniendo por fin sus ojos en Bobby—, saldrás de ésta. —Y su mirada era tan fría, tan cansada y clínica, tan distante del papel de vividor obsesivo y charlatán que Bobby había tomado por su verdadera personalidad, que sólo pudo mirar hacia abajo, y clavar la vista en la mesa.
De casi tres metros de largo y poco más de uno de ancho, estaba formada por maderos atados entre sí, más gruesos que los muslos de Bobby. Debió de haber permanecido en el agua durante algún tiempo, pensó: algunas partes conservaban aún la desteñida pátina plateada de la madera arrastrada por las olas, como un tronco junto al cual recordaba haber jugado mucho tiempo atrás en Atlantic City. Pero ya hacía mucho que la mesa no veía el agua, y su superficie era un denso mosaico de restos de velas, manchas de vino, marcas de esmalte negro con formas extrañas y oscuras quemaduras de cientos de cigarrillos. Estaba tan atiborrada de comida, basura y cachivaches que daba la impresión de que un vendedor ambulante hubiese comenzado a descargar sus mercancías y luego resuelto cenar. Había media docena de pizzas a medio comer, albóndigas de krill en salsa roja que retorcieron el estómago de Bobby, junto a pilas de software a punto de desmoronarse, vasos con restos de vino tinto repletos de cigarrillos apagados, una bandeja de poliestireno con ordenadas filas de canapés de apariencia rancia, latas de cerveza, abiertas y sin abrir, una antigua daga de combate Gerber que yacía fuera de su funda sobre un bloque plano de mármol pulido, por lo menos tres pistolas, y tal vez dos docenas de enigmáticas piezas de equipo de consola, el tipo de equipo de cowboy que normalmente habría hecho agua la boca de Bobby.
Ahora su boca se hacía agua por un pedazo de pizza de krill fría, pero su hambre no era nada frente a su abrupta humillación al ver que a Dos-por-Día sencillamente no le importaba. No porque Bobby lo hubiese considerado un amigo suyo, sino porque se había hecho a la idea de que Dos-por-Día lo veía como alguien, alguien con talento e iniciativa y con la oportunidad de salir de Barrytown. Pero los ojos de Dos-por-Día le decían que él no era nadie en especial, y encima un wilson...
—Mira, viejo —dijo una voz, no la de Dos-por-Día, y Bobby levantó la mirada. Dos hombres más flanqueaban a Dos-por-Día en el ancho sofá de cromo y cuero; ambos eran negros. El que habló llevaba una especie de túnica gris y antiguas gafas de montura plástica. El marco era cuadrado y demasiado grande y parecía carecer de cristales. Los hombros del otro duplicaban en anchura a los de Dos-por-Día, pero tenía uno de esos discretos trajes negros de dos piezas que llevan los ejecutivos japoneses en los kinos. Sus inmaculados puños blancos franceses estaban cerrados con brillantes rectángulos de microcircuitos de oro—. Es una lástima que no podamos darte tiempo para descansar —dijo el primer hombre—, pero tenemos un serio problema. —Hizo una pausa, se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. — Necesitamos tu ayuda.
—Mierda —dijo Dos-por-Día. Se inclinó hacia adelante, sacó un cigarrillo chino de la caja de la mesa, lo encendió con una calavera de peltre opaco del tamaño de un limón grande, y luego tomó un vaso de vino. El hombre de las gafas extendió un delgado dedo moreno y tocó la muñeca de Dos-por-Día. Dos-por-Día dejó el vaso y se echó hacia atrás, el rostro estudiadamente inexpresivo.
El hombre sonrió. —Conde Cero —dijo—, nos dicen que ése es tu título.
—Así es —logró decir Bobby, aunque le salió como una especie de graznido.
—Necesitamos saber de la Virgen, Conde. —El hombre quedó esperando.
Bobby parpadeó.
— Vyèj Mirak —y volvió a ponerse las gafas—. Nuestra Señora, Virgen de los Milagros. Nosotros la conocemos —e hizo un gesto con la mano izquierda— como Ezili Freda.
Bobby tomó conciencia de que tenía la boca abierta, así que la cerró. Los tres rostros oscuros esperaban. Jackie y Rhea se habían ido, pero no las había visto salir. Entonces una especie de pánico se apoderó de él. Miró frenéticamente a su alrededor el extraño bosque de árboles enanos que los rodeaba. Los tubos luminosos se inclinaban en cualquier ángulo, en todas direcciones, como palillos púrpura rosáceos suspendidos en un espacio verde de hojas. No había paredes. No podías ver ni una pared. El sofá y la maltratada mesa reposaban en una especie de claro, sobre un suelo de crudo hormigón.
—Sabemos que ella se acercó a ti —dijo el hombre grande, cruzando las piernas cuidadosamente. Se ajustó el perfecto doblez del pantalón, y un gemelo de oro hizo guiños a Bobby—. Lo sabemos, ¿entiendes?
—Dos-por-Día me dice que fue tu primera incursión —dijo el otro hombre—. ¿Eso es verdad?
Bobby asintió.
—Entonces eres un elegido de Legba —dijo el hombre mientras se quitaba de nuevo los marcos vacíos—, por haber conocido a Vyèj Mirak. —Sonrió.
La boca de Bobby se abrió de nuevo.
—Legba —dijo el hombre—, amo de rutas y caminos, el loa de la comunicación...
Dos-por-Día aplastó su cigarrillo en la madera herida, y Bobby vio que le temblaba la mano.
Capítulo 10
Alain
Quedaron de acuerdo en encontrarse en la brasserie del quinto subnivel del complejo del Napoleón Court, bajo la pirámide de vidrio del Louvre. Era un lugar que ambos conocían, aunque no tuviera un significado especial para ninguno de ellos. Alain lo había sugerido, pero ella sospechaba que la elección había sido deliberada. Era terreno afectivo neutral; un emplazamiento familiar, y sin embargo libre de recuerdos. Estaba decorado en un estilo principio de siglo: mostradores de granito, columnas negras de piso a techo, espejos de pared a pared y ese tipo de mobiliario propio de un restaurante italiano, en acero oscuro soldado, que podía haber pertenecido a cualquier década de los últimos cien años. Las mesas estaban cubiertas de lino gris con una fina raya negra, un diseño copiado y repetido en las tapas de los menús, las cajas de cerillas y los delantales de los camareros.
Ella llevaba el abrigo de cuero que había comprado en Bruselas, una blusa roja de lino y unos pantalones nuevos de algodón negro. Andrea había fingido no advertir el extremo cuidado con que Marly se había vestido para aquel encuentro, y después le había prestado un sencillo collar de perlas de una vuelta que destacaba a la perfección sobre la blusa roja.
Él había llegado temprano, advirtió ella al entrar, y ya sus cosas estaban desparramadas sobre la mesa. Llevaba su bufanda favorita, la que habían encontrado juntos en el Mercado de Pulgas el año anterior, y se veía, como de costumbre, desaliñado pero perfectamente cómodo. El deteriorado maletín de cuero había regurgitado su contenido sobre el pequeño cuadrado de granito pulido: cuadernos de espiral, un ejemplar aún no leído de la novela polémica del mes, Gauloise sin filtro, una caja de cerillas de madera, la agenda forrada en piel que ella le comprara en Browns.
—Pensé que tal vez no vendrías —dijo él sonriéndole.
—¿Qué te haría pensar eso? —preguntó, una contestación al azar, «patética», pensó, que enmascaraba el terror que ahora sentía, que por fin se permitía sentir, y que era miedo a una pérdida de personalidad, de voluntad y dirección, miedo a amarlo como aún lo amaba. Se sentó en la otra silla cuando llegaba el joven camarero, un muchacho español con delantal a rayas. Pidió agua de Vichy.