Después les había dicho que lo dejasen solo en el bunker, y había ordenado a Webber que lo despertara al cabo de tres horas.
El lugar había sido una estación de bombeo o alguna especie de nexo de redes de tendido eléctrico. Los muñones de tubería plástica que emergían de las paredes podían haber sido líneas de conexión o de desagüe; la habitación no proporcionaba evidencia de que alguno de ellos hubiese estado conectado a nada. El techo, una única losa de hormigón, era demasiado bajo como para que pudiese andar erguido, y había un olor seco y polvoriento que no era del todo desagradable. El equipo había barrido el lugar antes de traer las mesas y los aparatos, pero aún quedaban en el suelo algunas amarillentas hojas de papel de diario que se deshacían al tocarlas. Distinguió palabras, a veces una frase entera.
Las mesas plegables de metal habían sido puestas contra una pared, formando una L; cada brazo soportaba una batería de equipos de comunicaciones de extraordinaria sofisticación. Lo mejor, pensó, que la Hosaka había podido conseguir.
Caminó junto a las mesas encorvado, tocando con extrema suavidad cada consola, cada caja negra. Había un receptor-transmisor militar de banda lateral modificado para transmisión de chorros. Ése sería su enlace en caso de que Ramírez y Jaylene tuviesen problemas con la transferencia de datos. Los chorros eran elaboradas ficciones técnicas pregrabadas, codificadas por los criptógrafos de la Hosaka. El contenido de cada chorro, aisladamente, no tenía sentido alguno, pero la secuencia en que se transmitieran formaría mensajes sencillos. La secuencia B/C/A informaría a la Hosaka de la llegada de Mitchell; F/D indicaría su partida del lugar, mientras que F/G señalaría su muerte y la consiguiente clausura de la operación. Turner tocó de nuevo el equipo de banda lateral; frunció el ceño. No lo satisfacía el modo en que Sutcliffe había dispuesto aquello. Si la extracción era descubierta era poco probable que pudieran salir, ni mucho menos salir limpios, y Webber le había informado discretamente que, en caso de haber problemas, se le había ordenado utilizar un cohete antitanque manual contra los médicos en su unidad miniatura de cirugía. —Ellos lo saben — dijo-. Y puedes apostar que cobran bien por eso.
Los demás dependían de los helicópteros, cuya base estaba en Tucson. Turner asumió que la Maas, de recibir una alerta, los liquidaría sin problemas al llegar. Cuando planteó su objeción a Sutcliffe el australiano sólo se encogió de hombros: -No es la forma en que yo lo armaría en condiciones ideales, amigo, pero a todos nos trajeron sin damos mucho tiempo, ¿no?
Junto al receptor-transmisor había un sofisticado biomonitor Sony conectado directamente a la cápsula de cirugía y cargado con el historial médico grabado en el dossier biosoft de Mitchell. Los médicos, llegado el momento, registrarían el historial del defector; simultáneamente, los procedimientos que llevaran a cabo en la cápsula serían retroalimentados a la Sony y verificados, listos para que Ramírez les aplicara el hielo y los enviara al ciberespacio, donde Jaylene Slide estaría a la espera desde su sitio en la plataforma petrolera. Si no había fallos, la actualización médica estaría esperando en el complejo de Ciudad de México de la Hosaka cuando Turner llevara a Mitchell en el jet. Turner nunca había visto algo como el Sony, pero supuso que el holandés tendría algo muy similar en su clínica de Singapur. Al recordarlo se llevó la mano al pecho desnudo donde, inconscientemente, trazó la desaparecida línea de una cicatriz de injerto.
La segunda mesa sustentaba el equipo de ciberespacio. La consola era idéntica a la que él había visto en la plataforma petrolera, un prototipo Maas-Neotek. La configuración del tablero era estándar, pero Conroy había dicho que estaba armado a partir de biochips nuevos. Sobre la consola había un mazacote de plástico explosivo color rosa pálido del tamaño de un puño; alguien, quizá Ramírez, había marcado con el pulgar cavidades gemelas similares a ojos y una tosca curva de sonrisa de idiota. Dos hilos conductores, uno azul, el otro amarillo, corrían desde la rosada frente de la cara hasta uno de los negros tubos abiertos que emergían de la pared detrás de la consola. Otra de las tareas de Webber si el lugar corría peligro de abordaje. Turner miró los cables con expresión preocupada; una carga de esas dimensiones, en aquel reducido y cerrado espacio, garantizaba la muerte para todos los ocupantes del bunker.
Con los hombros doloridos, rozando el áspero hormigón del techo con la cabeza, prosiguió su inspección. El resto de la mesa estaba ocupado por los periféricos de la consola, una serie de cajas negras emplazadas con obsesiva precisión. Sospechaba que cada unidad estaba a una distancia específica de su vecina, formando una hilera perfecta. El mismo Ramírez las había colocado así, y Turner estaba seguro de que si tocaba una, si la movía aunque más no fuera un milímetro, el jockey se daría cuenta. Había observado el mismo toque neurótico en otros operadores de consola y no le decía nada acerca de Ramírez. Había visto a otros jockeys cuya actitud era la inversa; enmarañaban deliberadamente su equipo en un nido de ratas de cables y conductos, tenían pánico del orden y forraban sus consolas con calcomanías de dados y calaveras infernales. No había modo de saber, pensó; o bien Ramírez era bueno, o tal vez pronto estarían todos muertos.
Al otro extremo de la mesa había cinco receptores-transmisores de auricular Telefunken con micrófonos adhesivos, aún sellados en envases de burbuja individuales. Durante la fase crucial de la defección, que Turner suponía comprendida entre veinte minutos antes y veinte minutos después de la llegada de Mitchell, él, Ramírez, Sutcliffe, Webber y Lynch estarían enlazados, aunque el uso de los aparatos debía mantenerse en un mínimo absoluto. Detrás de los Telefunken había un envase plástico sin marcas que contenía veinte calentadores de manos catalíticos de fabricación sueca, lisos y planos rectángulos de acero inoxidable, cada uno en su propia bolsa de cordel, de franela rojo Navidad. —Eres un hijo de puta inteligente —dijo al envase—. Ésa podría habérseme ocurrido a mí...
Durmió en una colchoneta de espuma sobre el suelo del puesto de comando, usando el anorak como cobertor. Conroy había tenido razón con respecto a la noche del desierto, pero el hormigón parecía almacenar el calor del día. No se quitó los pantalones militares ni los zapatos; Webber le había aconsejado que sacudiera los zapatos y la ropa cada vez que se vistiera. —Escorpiones —dijo ella—. Les gusta el sudor, cualquier tipo de humedad. —Antes de acostarse sacó la Smith & Wesson de la funda de nailon, apoyándola cuidadosamente junto a la colchoneta. Dejó encendidos dos faroles de batería y cerró los ojos.
Y se deslizó dentro de un mar de sueño poco pro fundo, imágenes que pasaban a su lado, fragmentos del dossier de Mitchell mezclándose con escenas de su propia vida. Él y Mitchell conduciendo un autobús a través de una cascada de cristal templado, entrando en el vestíbulo de un hotel en Marrakesh. El científico daba gritos de alegría al tiempo que pulsaba el botón que detonaba las dos docenas de cajas de CN selladas a los costados del vehículo, y Oakey también estaba ahí, ofreciéndole whisky, y cocaína peruana, amarilla, sobre un espejo redondo con bordes de plástico que había visto por última vez en el bolso de Allison. Creyó ver a Allison en alguna parte, por las ventanas del autobús, ahogándose en las nubes de gas, e intentó decírselo a Oakey, trató de señalarla, pero el vidrio estaba cubierto por hologramas mexicanos de santos, postales de la Virgen, y Oakey sostenía algo redondo y liso, un globo de cristal rosado, y vio una araña agazapada en el centro, una araña de mercurio, pero Mitchell se reía, los dientes llenos de sangre, y extendía su mano abierta ofreciendo a Turner el biosoft gris. Turner vio que el dossier era un cerebro, rosado grisáceo bajo una membrana húmeda y transparente, latiendo suavemente en la mano de Mitchell; y entonces cayó rodando por algún submarino abismo del sueño y se acomodó tranquilamente en una noche sin estrellas.