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Webber lo despertó, sus duros rasgos enmarcados en el vano cuadrado, los hombros cubiertos por la pesada manta militar que cubría la entrada

—Pasaron tus tres horas. Los médicos ya están despiertos, si quieres hablar con ellos. —Se retiró, el rechinar de sus botas sobre la grava. Los médicos de la Hosaka esperaban junto a la unidad autocontenida de neurocirugía. Bajo el amanecer del desierto parecía que acabaran de salir de alguna especie de transmisor de materia, con su informal vestimenta Ginza, arrugada a la moda. Uno de los hombres estaba envuelto en un chaleco tejido a mano que le quedaba demasiado grande, el tipo de chaleco con cinturón que Turner había visto llevar a los turistas en Ciudad de México. Los otros dos vestían lujosos anoraks de esquí contra el frío del desierto. Los hombres eran una cabeza más bajos que la coreana, una estilizada mujer de rasgos fuertes y arcaicos y una cresta de pelo rojizo que hizo pensar a Turner en aves de rapiña. Conroy había comentado que los dos japoneses eran hombres de la Hosaka, y Turner pudo advertirlo con facilidad; sólo la mujer tenía la actitud, la pose que correspondía al mundo de Turner, y ella era una delincuente, una practicante de la medicina negra. Se sentiría a gusto con el holandés, pensó él.

—Yo soy Turner —dijo—. Estoy a cargo de todo esto.

—Usted no necesita saber nuestros nombres —dijo la mujer, al tiempo que los dos hombres de la Hosaka se inclinaban automáticamente. Intercambiaron miradas, miraron a Turner, luego volvieron a mirar a la coreana.

—No —dijo Turner—, no es necesario.

—¿Por qué se nos sigue negando el acceso al historial médico del paciente? —preguntó la coreana.

—Seguridad —dijo Turner; la respuesta fue casi un reflejo inconsciente. De hecho, no encontraba ninguna razón para impedirles que estudiaran los archivos de Mitchell.

La mujer se encogió de hombros, dio media vuelta, el rostro escondido por el cuello levantado de su chaqueta aislante.

—¿Le gustaría inspeccionar la unidad de cirugía? —preguntó el hombre del chaleco abultado; el rostro cortés, alerta, era una perfecta máscara empresarial.

—No —dijo Turner—. Los trasladaremos a la base veinte minutos antes de la llegada de Mitchell. Quitaremos las ruedas, nivelaremos las cápsulas con criques. El conducto de desagüe será desconectado. Quiero que todo esté listo para funcionar cinco minutos después de haberlos bajado.

—No habrá ningún problema —dijo el otro hombre sonriendo.

—Ahora quiero que me digan qué estarán haciendo allí dentro, qué le harán, y qué efectos puede tener sobre él.

—¿No lo sabe usted? —preguntó la mujer, con aspereza, volviéndose para encararlo.

—Dije que quiero que ustedes me lo digan —respondió Turner.

—Realizaremos una exploración inmediata para implantes letales —dijo el hombre del chaleco.

—¿Cargas en la corteza? ¿Ese tipo de cosas?

—Dudo —dijo el otro hombre— de que encontremos algo tan basto; pero sí haremos un rastreo de todo el espectro de dispositivos letales. Al mismo tiempo haremos un análisis de sangre completo. Tenemos entendido que sus jefes actuales trabajan con sistemas químicos sumamente sofisticados. Es posible que el mayor peligro esté en esa dirección...

—Actualmente está muy de moda equipar a los altos ejecutivos con bombas modificadas de insulina subcutáneas —intervino su colega—. El sistema del individuo puede ser llevado a una dependencia artificial de ciertas enzimas análogas sintéticas. A menos que el implante subcutáneo sea recargado a intervalos regulares, la separación de la fuente, la compañía, puede provocar un trauma.

—Estamos preparados para enfrentarnos a eso también —dijo el otro.

—Ninguno de ustedes está ni siquiera remotamente preparado para enfrentarse a lo que yo sospecho que encontraremos —dijo la coreana, con voz tan fría como el viento que ahora soplaba del este. Turner oyó silbar la arena sobre la oxidada lámina de metal que los cubría.

—Usted —le dijo Turner—, venga conmigo. —Entonces se volvió, sin mirar hacia atrás, y se alejó. Era probable que ella no obedeciese su orden, en cuyo caso él perdería autoridad frente a los otros dos, pero parecía lo correcto. A diez metros de la cápsula de cirugía, se detuvo. Escuchó los pasos de ella sobre la grava. —¿Qué es lo que sabe? —preguntó sin volverse. —Tal vez no más que usted —dijo la mujer—, tal vez más.

—Más que sus colegas, obviamente. —Son hombres capaces en extremo. También son... sirvientes.

—Y usted no lo es.

—Tú tampoco, mercenario. Fui contratada en la mejor clínica pirata de Chiba. Se me dio una gran cantidad de material de estudio para que preparase mi encuentro con este ilustre paciente. Las clínicas negras de Chiba son lo último en medicina; ni siquiera la Hosaka podría saber que mi nivel en la medicina negra me permitiría adivinar lo que su detector lleva en la cabeza. La calle siempre procura usar las cosas como mejor le sirvan, señor Turner. Ya he sido contratada varias veces para intentar la extracción de estos nuevos implantes.

Una cierta cantidad de biocircuitos avanzados de la Maas se ha infiltrado en el mercado. Estos intentos de implantación son un paso lógico. Sospecho que la Maas permite deliberadamente esas filtraciones.

—Entonces explíquemelo.

—No creo que pueda —dijo ella, y había un extraño deje de resignación en su voz—. Le he dicho que lo he visto. No le he dicho que lo haya entendido. —Las puntas de sus dedos rozaron inesperadamente la piel junto al conector craneal de Turnen — Esto, comparado con los implantes de biochips, es como una pata de palo frente a una prótesis mioeléctrica.

—Pero, ¿correrá peligro su vida, en este caso?

—Oh, no —dijo ella, retirando la mano—, no la de //... —Y entonces la escuchó caminar arrastrando los pies, de regreso a la unidad de cirugía.

Conroy envió a un mensajero con el paquete de software que permitiría a Turner pilotar el jet en que llevaría a Mitchell al complejo de la Hosaka en Ciudad de México. El mensajero era un hombre de ojos salvajes y piel ennegrecida por el sol al que Lynch llamó Harry, una atlética aparición que llegó pedaleando desde Tucson, en una bicicleta llena de costras de arena con gastadas cubiertas y un manillar envuelto con tiras de amarillento cuero sin curtir. Lynch condujo a Harry por el estacionamiento. Harry estaba cantando, un extraño sonido en el obligado silencio del lugar, y su canción, si a eso se podía llamar canción, sonaba como cuando alguien sintoniza al azar una radio defectuosa, recorriendo millas de medianoche en el dial, captando gritos de gospel y fragmentos de veinte años de pop internacional. Harry llevaba la bicicleta colgada de un hombro quemado y huesudo.

—Harry te ha traído algo de Tucson —dijo Lynch.

—¿Os conocéis? —preguntó Turner mirando directamente a Lynch—. ¿Tenéis algún amigo común?

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Lynch.