Bobby asintió sin comprender.
—Vaqueros de ciudad, de los que trabajan con las dos manos.
—No entiendo nada.
—Se trata de una secta profesional, si así quieres llamarlo. Si no, sólo imagina un par de vaqueros de primera, vaqueros de consola, entre otras cosas, que se encargan de hacer cosas para otra gente. «Trabajar con las dos manos» es una expresión que usamos, más o menos quiere decir que trabajan en los dos extremos. Blanco y negro, ¿me entiendes?
Bobby tragó saliva y sacudió la cabeza.
—Hechiceros —dijo Beauvoir—. No importa. Tipos malos, mucho dinero, eso es todo lo que tienes que saber. Dos-por-Día actúa como esbirro de esta gente. A veces encuentra algo que les puede interesar, se encarga de que llegue hasta ellos y más tarde recibe algún favor. Quizá reciba unos cuantos favores de más, y entonces ellos le hacen llegar algo a él. No es precisamente lo mismo, ¿me sigues? Digamos que ellos están en posesión de un chisme que, según ellos, tiene potencial, pero les asusta. Estos tipos tienden a ser más bien conservadores, ¿comprendes? ¿No? Bueno, ya aprenderás.
Bobby asintió con la cabeza.
—La clase de software que alguien como tú le alquilaría a Dos-por-Día no vale nada. Quiero decir, Junciana, pero no es nada de lo que alguien importante se ocuparía. Has visto muchos kinos de vaqueros, ¿verdad? Bueno, las cosas que inventan para esas historias no son nada comparadas con el tipo de mierda a la que puede enfrentarse un operador de los verdaderamente grandes. En particular cuando se trata de rompehielos. Los rompehielos pesados son un poco difíciles de manejar, hasta para los chicos grandes. ¿Sabes por qué? Porque el hielo, todo lo que es duro de verdad, los muros que rodean todas las principales fuentes de datos en la matriz, siempre es producto de una IA, una inteligencia artificial. No hay nada capaz de tejer tan rápido un buen hielo, y constantemente alterarlo y actualizarlo. Así que cuando un rompehielos poderoso de verdad aparece en el mercado negro, ya están en juego un par de factores de mucho riesgo. Como, para empezar, ¿de dónde salió el producto? Nueve de cada diez veces sale de una IA, y las IA están permanentemente vigiladas, más que nada por los de Turing, para asegurarse de que no se hagan demasiado listas. Así que tal ve/ termines con la maquinaria de Turing a tus talones, porque tal vez una IA en algún lado quiere aumentar su flujo de caja privado. Algunas IA gozan de ciudadanía, ¿sabes? Otra cosa de la que debes cuidarte es que tal vez sea un rompehielos militar, y ésos son de los peligrosos también, o quizás haya salido del brazo de espionaje industrial de algún zaibatsu, y tampoco querrás meterte con eso. ¿Estás entendiendo toda esta mierda, Bobby?
Bobby asintió. Se sentía como si hubiese esperado toda su vida para escuchar a Beauvoir explicar los mecanismos de un mundo cuya existencia sólo había adivinado.
—De todos modos, un rompehielos que corte de verdad vale mega, quiero decir beaucoup. Así que tal vez tú eres el grande en el mercado, alguien te ofrece una cosa de éstas, y tú no quieres decirles que se vayan a paseo de buenas a primeras. Así que la aceptas. La aceptas muy discretamente, pero no la corres, no. ¿Qué haces con ella? La llevas a tu casa, haces que tu técnico la arregle para que no parezca algo fuera de lo común. Por ejemplo, haces que la coloquen en un formato como éste —y tocó una pila de software que tenía enfrente—, y se la llevas a tu aprendiz, que te debe unos cuantos favores, como de costumbre...
—Espera un poco —dijo Bobby—. Creo que no me gusta...
—Muy bien. Eso significa que te estás volviendo listo, o por lo menos más listo. Porque eso fue lo que hicieron. Ellos se la trajeron a tu amable distribuidor de software, el señor Dos-por-Día, y le contaron su problema. «Campeón», le dicen, «queremos verificar esta mierda, correrla en prueba, pero no lo vamos a hacer nosotros. Está en tus manos, muchacho.» Así que, tal como son las cosas, ¿qué va a hacer Dos-por-Día con eso? ¿La va a conectar él? De ninguna manera. No hace más que repetir la mala jugada que los chicos grandes le hicieron a él, sólo que ni se va a preocupar de decírselo al tipo a quien se la va a hacer. Lo que hace es elegir una base en el Medio Oeste que está llena de programas de evasión de impuestos y tablas de flujo de lavado de yens de algún burdel de Kansas City, y cualquiera que tenga un mínimo de experiencia sabe que la maldita cosa está hasta el tope de hielo, hielo negro, programas de retroalimentación absolutamente letales. No existe un vaquero en el Sprawl que se meta con esa base: en primer lugar, porque está copada de defensas; segundo, porque lo que tiene adentro no le sirve a nadie más que a la autoridad fiscal, y lo más probable es que ya esté al tanto de los hábitos del dueño del programa.
—Eh —dijo Bobby—, deja que lo entienda...
—¡Estoy haciendo que lo entiendas, muchachito blanco! Él escogió esa base, luego revisó su lista de salchicheros, punks ambiciosos de Barrytown, wilsons lo bastante tontos como para correr un programa que nunca habían visto antes contra una base que un bromista como Dos-por-Día había preparado para ellos, y les dijo que sería una tarea fácil. ¿Y a quién escoge? Escoge a alguien nuevo en el oficio, no, alguien que ni si quiera sabe dónde vive él, que ni siquiera tiene su número, y dice, toma, amigo, llévate esto a casa y gana un poco de dinero. Si sacas algo bueno, yo te lo pongo en el mercado. —Beauvoir tenía los ojos muy abiertos; no estaba sonriendo. — ¿Te suena a alguien conocido, muchacho, o tal vez procuras no andar con perdedores?
—¿Quieres decir que él sabía que me iban a matar si invadía esa base?
—No, Bobby, pero sabía que era una posibilidad si el paquete no funcionaba. Lo que en realidad quería era observar tu intento. Cosa que ni siquiera se molestó en hacer por sí mismo; se lo encargó a un par de vaqueros. Podía haber funcionado de dos o tres formas. Por ejemplo, si el rompehielos hubiera hecho lo suyo con el hielo negro, habrías entrado, encontrado una cantidad de cifras que para ti no significarían nada, y habrías vuelto a salir, quizás sin dejar rastro. Bueno, habrías regresado al Leon's y le habrías dicho a Dos-por-Día que había señalado los datos equivocados. Oh, te aseguro que te habría pedido mil disculpas, y tú habrías obtenido un nuevo objetivo y un nuevo rompehielos, y él habría llevado el primero de regreso al Sprawl, diciendo que parecía estar bien. Mientras tanto, te habría seguido la pista, sólo para monitorear tu estado de salud y para asegurarse de que nadie viniera a buscar el rompehielos que tal vez supieran que habías utilizado. Otra cosa que podría haber sucedido, como casi sucedió, era que el rompehielos tuviese algo extraño; el hielo podía haberte liquidado, y uno de esos vaqueros habría tenido que colarse en casa de tu mamá y recuperar el software antes de que encontraran tu cadáver.
—No sé, Beauvoir, eso es endiabladamente difícil de...
—Difícil una mierda. La vida es difícil. Quiero decir, estamos hablando de negocios, ¿sabes? —Beauvoir lo contempló con cierta severidad; tenía los marcos de plástico casi en la punta de la estrecha nariz. Su piel era más clara que la de Dos-por-Día o la del otro hombre, color café con un poco de blanqueador, la frente alta y lisa bajo una mota negra cortada al ras. Parecía delgado dentro del albornoz gris de piel de tiburón y, de hecho, Bobby no lo encontraba en absoluto amenazador. — Pero nuestro problema, la razón por la que estamos aquí, la razón por la que tú estás aquí, es llegar a entender lo que sí ocurrió. Y eso es otra cosa.