Ahora el estado le permitía ponderar el conjunto de factores a los que habría de enfrentarse en el lugar de la operación, sopesando problemas pequeños enfrentados a otros individuales y mayores. Hasta el momento abundaban los pequeños, y ninguno de ellos era realmente engorroso. Lynch y Webber comenzaban a exasperarse el uno al otro, por lo que decidió mantenerlos separados. Su convicción de que Lynch era el topo de Conroy, instintiva desde el comienzo, era ahora más fuerte. En el estado los instintos se agudizaban; las cosas tomaban un cariz supersticioso. Nathan tenía problemas con los calentadores de mano suecos; eran mecánicos y cualquier cosa que no fuese un circuito electrónico lo dejaba perplejo. Turner puso a Lynch a trabajar en los calentadores, cargándolos y probándolos, y dejó que Nathan los llevase afuera, de dos en dos, para enterrarlos a intervalos de un metro a lo largo de las dos líneas de cinta anaranjada.
El microsoft que Conroy había enviado llenó su cabeza con un universo de factores que cambiaban constantemente: velocidad del viento, altitud, posición, ángulo de ataque, orientaciones, fuerzas gravitatorias. La información relativa a la entrega de armas del avión era una letanía subliminal continua de designadores de objetivos, líneas de caída de bombas, círculos de rastreo, claves de alcance y disparo, cálculo de municiones. Conroy había marcado el microsoft con un sencillo mensaje que reseñaba la hora de llegada del avión y confirmaba las disposiciones de espacio para un solo pasajero.
Se preguntaba qué estaría haciendo Mitchell, qué sentiría. Las instalaciones de los Biolaboratorios Maas en Norteamérica estaban excavadas en el seno de una abrupta meseta. El archivo del biosoft había mostrado a Turner la imagen de la meseta interrumpida por luminosas ventanas nocturnas; cabalgaba sobre los brazos levantados de un mar de saguaros como la sala de máquinas de una nave gigantesca. Para Mitchell había sido prisión y fortaleza, su hogar durante nueve años. En algún punto cercano al núcleo había perfeccionado las técnicas de hibridoma que habían escapado a otros investigadores durante casi un siglo; trabajando con células cancerosas humanas y un modelo prácticamente olvidado de síntesis de ADN, había producido las inmortales células híbridas que constituían las herramientas básicas para la producción de la nueva tecnología, diminutas fábricas bioquímicas que reproducían hasta el infinito las moléculas artificiales cuyo enlace e incorporación formaría los biochips. En algún lugar de la arcología, Mitchell estaría pasando sus últimas horas como investigador estrella de la Maas.
Turner trató de imaginar a Mitchell llevando un tipo de vida muy diferente tras su defección a la Hosaka, pero le resultó difícil. ¿Sería acaso una arcología de investigación en Arizona distinta a otra en Honshu?
En ocasiones, durante ese largo día, los recuerdos codificados de Mitchell asaltaban a Turner llenándolo de un extraño pavor que no parecía estar relacionado con la operación que tenía entre manos.
Era lo íntimo del asunto lo que aún lo perturbaba, y tal vez la sensación de temor radicara en eso. Ciertos fragmentos parecían poseer un poder emocional completamente desproporcionado con respecto a su contenido. ¿A qué se debía que el recuerdo de un anónimo vestíbulo de una descuidada residencia de estudiantes de posgrado en Cambridge lo llenara de un sentimiento de culpa y autoaborrecimiento? Otras imágenes, que por lógica deberían haber conllevado una cierta carga emocional, estaban desprovistas de afectividad: Mitchell jugando sobre la alfombra con su hija recién nacida en una casa alquilada en Ginebra, la niña riendo, tirando de su mano. Nada. La vida del hombre, desde la perspectiva de Turner, parecía señalada por una especie de inevitabilidad; él era brillante, de una brillantez que había sido detectada muy pronto, altamente motivado, hábil para la blanda pero cruel manipulación requerida a cualquier individuo que aspirara convertirse en un científico investigador de primer grado. Si había alguien destinado a subir por las jerarquías empresariales de un laboratorio, concluyó Turner, ese alguien era Mitchell.
El mismo Turner era incapaz de integrarse al mundo intensamente tribal de los hombres de los zaibatsu, los condenados a perpetuidad. El era un espectador permanente, un factor a la deriva en los mares secretos de las políticas interempresariales. Ningún hombre de la compañía habría sido capaz de llevar a cabo las iniciativas que Turner se veía obligado a tomar en el transcurso de una extracción. Ningún hombre de la compañía era capaz de desplegar la habilidad profesionalmente espontánea de Turner de realinear sus lealtades para adecuarse a un cambio de empleador. Ni, quizás, de su inflexible compromiso una vez acordado un con trato. Había empezado a trabajar en el ramo de la seguridad de manera casi casual en los últimos años de su adolescencia, cuando el sombrío estancamiento de la posguerra comenzaba a ceder ante el ímpetu de las nuevas tecnologías. Le había ido bien en su profesión, aun tomando en cuenta su falta general de ambiciones. Tenía una pose tensa y musculosa que impresionaba a los clientes de su jefe; y era listo, muy listo. La ropa le sentaba bien. Se daba maña con la tecnología.
Conroy lo había encontrado en México, donde el jefe de Turner había sido contratado para proporcionar la infraestructura de seguridad a un equipo de la Senso/Red que estaba grabando una serie de episodios de treinta minutos para un folletín de aventuras en la selva. Cuando llegó Conroy, Turner estaba terminando los arreglos. Había establecido un vínculo entre la Senso/Red y el gobierno local, sobornado al jefe de policía de la ciudad, analizado el sistema de seguridad del hotel, conocido a los guías y chóferes locales y verificado exhaustivamente sus pasados, dispuesto un sistema digital de protección por voz en los transmisores del equipo de simestim, establecido un equipo de gestión de crisis, e instalado sensores sísmicos alrededor del conjunto de suites de la Senso/Red.
Entró en el bar del hotel, una extensión del vestíbulo que parecía un jardín selvático, y se sentó, solo, a una de las mesas de vidrio. Un hombre pálido de rasgos angulosos, con un mechón de pelo blanco desteñido sobre su frente alta, atravesó el bar, un vaso en cada mano. Vestía una camisa militar cuidadosamente planchada, pantalones téjanos y sandalias de cuero.
—Tú eres el que se encarga de la seguridad de los muchachos del simestim —dijo el hombre pálido apoyando uno de los vasos sobre la mesa de Turner—. Me k> ha dicho Alfredo. —Alfredo era uno de los camareros que atendía el bar del hotel. Turner alzó la vista y miró al hombre, que parecía estar sobrio y disponer de toda la seguridad del mundo.
—No creo que nos hayan presentado —replicó Turner sin hacer el menor gesto de aceptar la bebida que el otro le ofrecía.
—No importa —dijo Conroy tomando asiento—; jugamos al mismo juego. —Se acomodó en la silla.
Turner fijó sus ojos en él. Tenía la presencia física de un guardaespaldas, algo inquieto y alerta que podía leerse en las líneas de su cuerpo, y pocos extraños violarían su espacio privado de una manera tan informal.
—¿Sabes? —dijo el hombre, con el mismo tono que utilizaría para comentar la mala campaña de un equipo en un campeonato cualquiera—, esos sísmicos que utilizas no son precisamente lo mejor. He conocido gente que podría entrar allá, comerse a tus chicos como desayuno, apilar los huesos en la bañera y salir caminando tan tranquila. Los sísmicos indicarían que nada había pasado. —Bebió un sorbo de su trago.— Pero te mereces una A por el esfuerzo. Sabes cumplir con una tarea.
La frase «apilar los huesos en la bañera» fue suficiente. Turner decidió enfrentar al hombre.
—Mira, Turner, aquí está tu protagonista femenina. —El hombre sonrió mirando a Jane Hamilton, quien devolvió la sonrisa, sus grandes ojos azules límpidos y perfectos, cada iris bordeado por los diminutos caracteres del logotipo de la Zeiss Ikon. Turner quedó congelado, presa de una indecisión que duró menos de un segundo. La estrella estaba cerca, demasiado cerca, y el hombre pálido se estaba poniendo de pie...