— ¡Dios mío! —dijo Buschel, al verlo—. Turner. Lo siento, hombre. Llegué esta mañana. Un asunto asqueroso. —Sacó un pañuelo empapado del bolsillo de su chaqueta y se limpió la cara.— Un asunto feo. Nunca había tenido que encargarme de algo así, antes...
—¿Qué hay en el maletín, Buschel? —Ahora estaba mucho más cerca, aunque no recordaba haberse acercado. Podía ver los poros en el bronceado rostro de Buschel.
—¿Te sientes bien? —Buschel dio un paso atrás.— Tienes muy mal aspecto.
—¿Qué hay en el maletín, Buschel? —Traje ilusionista, estrujado entre sus dedos, nudillos blancos y temblorosos.
—Maldita sea, Turner. —El hombre se zafó, empuñando con ambas manos el asa del maletín. — No sufrieron ningún daño. Sólo una quemadura menor en una de las córneas. Pertenecen a la Red. Estaba en el contrato de ella, Turner.
Y Turner se volvió, las entrañas contraídas alrededor de ocho vasos de escocés puro, y contuvo la náusea como lo había estado haciendo durante nueve años, hasta que al escapar del holandés todo el recuerdo cayó sobre él, lo aplastó, en Londres, en Heathrow; entonces se inclinó hacia adelante y vomitó en una papelera de plástico azul.
—Vamos, Turner —dijo Webber—, empuja tú también. Enséñanos cómo se hace. —El módulo comenzó a avanzar entre el olor a alquitrán de las plantas del desierto.
— ¡Listos por aquí! — anunció Ramírez con voz remota y serena.
Turner tocó el micrófono que llevaba en la garganta. —Te estoy enviando visitas. —Quitó el dedo del micrófono. — Nathan, ya es hora. Tú y Davis, regresad al bunker.
Davis estaba a cargo del equipo de chorros, su único enlace fuera de la matriz con la Hosaka. Nathan era el rey del bricolage. Lynch hacía rodar la última de las ruedas de bicicleta hacia los matorrales detrás del estacionamiento. Webber y Compton estaban arrodillados junto al módulo, sujetando la línea que enlazaba a los médicos de la Hosaka con el biomonitor Sony del puesto de comando. Sin las ruedas y nivelada como estaba sobre cuatro criques, la unidad portátil de neurocirugía le recordó a Turner el módulo de vacaciones francés. Aquél había sido un viaje muy posterior, cuatro años después de que Conroy lo reclutase en Los Ángeles.
—¿Cómo va eso? —preguntó Sutcliffe, por el enlace.
—Bien —respondió Turner, tocando el micrófono.
—Se está solo, aquí —comentó Sutcliffe.
—Compton —dijo Turner—, Sutcliffe necesita que lo ayudes a cubrir el perímetro. Tú también, Lynch.
—Qué lástima —observó Lynch desde la oscuridad—. Esperaba un poco de acción.
Turner tenía la mano apoyada sobre el mango de la Smith & Wesson enfundada, bajo la solapa abierta del anorak. —Bueno, Lynch. —Si Lynch había sido plantado por Connie, querría estar ahí. O en el bunker.
—Mierda —dijo Lynch—. Allá fuera no hay nadie, y tú lo sabes. Si no quieres que esté aquí, entraré a mirar a Ramírez...
—De acuerdo —dijo Turner, y sacó el arma, apretando el interruptor que activaba el proyector de xenón. El destello de la primera salva, brillante como el mediodía, encontró un retorcido saguaro, las agujas eran como flecos de piel gris bajo la despiadada luz. La segunda salva iluminó la calavera erizada de puntas del cinturón de Lynch enmarcándola en un círculo de borde perfecto. Fue imposible distinguir el sonido del disparo del de la bala detonando con el impacto: olas de choque abriéndose en invisibles anillos cada vez más amplios que se perdían como truenos en la tierra oscura y llana.
En los primeros segundos posteriores no se oyó sonido alguno; hasta los murciélagos y los insectos enmudecieron, esperando. Webber se había arrojado de bruces al suelo y, de algún modo, él percibió su presencia, supo que habría sacado su arma, sosteniéndola con absoluta firmeza entre aquellas manos hábiles y bronceadas. No tenía idea de dónde estaba Compton. Entonces le llegó la voz de Sutcliffe, rechinando desde el fondo del cerebro: —Turner. ¿Qué fue eso?
La luz de las estrellas alcanzaba para distinguir a Webber. Estaba sentada en posición erguida, el arma en las manos, lista, los codos apoyados sobre las rodillas.
—Era el contacto de Conroy —dijo Turner bajando la Smith & Wesson.
—Por Dios —dijo ella—. Yo soy el contacto de Conroy.
—Tenía línea hacia el exterior. Lo he visto antes.
Ella tuvo que repetirlo.
La voz de Sutcliffe en su cabeza, y luego Ramírez: —Tenemos tu transporte. A ochenta pasos y acercándose... Todo lo demás se ve bien. Jaylene dice que hay un dirigible a veinte pasos hacia el sud-sudoeste, un carguero sin tripulación, y en horario. Nada más. ¿Qué mierda está gritando Sut? Nathan dice que ha oído un disparo. —Ramírez estaba en conexión, la mayor parte de su sensorio acaparado por la entrada de la consola del Maas-Neotek. — Nathan está listo para el primer chorro...
Ahora Turner podía escuchar el jet bajando, frenando para el aterrizaje en la autopista. Webber se había levantado y caminaba hacia él, pistola en mano. Sutcliffe hacía la misma pregunta, una y otra vez.
Alzó la mano y tocó el micrófono. —Lynch. Está muerto. El jet está aquí. Ahora sí.
Y entonces el jet apareció sobre ellos, una sombra negra, increíblemente baja, entrando sin luces. Se vio un destello de retropropulsores cuando el artefacto ejecutó un aterrizaje que habría matado a un piloto humano, y luego, un extraño crujido al tiempo que reajustó su estructura articulada de fibra de carbono. Turner pudo distinguir el resplandor verde del instrumental reflejado en la curva del toldo de plástico.
—La jodiste —dijo Webber.
Detrás de ella, la escotilla en el costado del módulo de cirugía se abrió de golpe, enmarcando una figura con mascarilla de cirujano y un traje anticontaminación de papel verde. La luz que provenía del interior era blanco azulada, brillante; proyectaba la sombra distorsionada de un médico de uniforme a través de la fina nube de polvo que flotaba sobre el estacionamiento tras el aterrizaje del jet. —¡Ciérrala! —gritó Webber—. ¡Todavía no!
Cuando la puerta giró sobre sí misma, ahogando la luz, ambos oyeron el motor del ultraligero. Después del rugir del jet no parecía más que el zumbido de una libélula, un ruido constante que tartamudeó desvaneciéndose mientras escuchaban. —No tiene combustible —dijo Webber—. Pero está cerca.
—Está aquí —dijo Turner apretando su micrófono—. Primer chorro.
El pequeño planeador pasó junto a ellos, una oscura delta contra las estrellas. Podían oír algo que batía al viento en la estela de su silencioso pasaje; tal vez los pantalones de Mitchell. Estás allí, pensó Turner, solo, con la ropa más abrigada que tienes, con un par de gafas infrarrojas que diseñaste tú mismo, y estás buscando un par de líneas punteadas que han marcado para ti con calentadores de mano. —Estás loco —dijo mientras su corazón se llenaba de una extraña admiración—; de veras querías salir.
Entonces, con una festiva detonación, se produjo el primer destello y el fulgor del magnesio inició su suave y blanco descenso en paracaídas hasta el suelo del desierto. Casi de inmediato se produjeron dos más, y luego el largo repiqueteo de armas automáticas desde el extremo oeste de la explanada. Con el rabillo del ojo notó que Webber se dirigía dando tumbos en dirección al bunker, pero su mirada estaba fija en el ultraligero que giraba sin control, en sus alegres alas de tela anaranjada y azul, y en la figura de gafas encorvada en la estructura abierta de metal sobre el frágil trípode del tren de aterrizaje.