Mitchell.
El estacionamiento estaba iluminado como un campo de fútbol, bajo el resplandor de las bengalas. El ultraligero se inclinó para virar con una gracia tan indolente que Turner estuvo a punto de lanzar un grito. Una blanca línea de proyectiles rastreadores salió disparada desde más allá del perímetro del campamento. Erraron.
Traerlo a tierra. Traerlo a tierra. Corría saltando sobre arbustos que le arañaban los tobillos, el borde del anorak.
Los fogonazos. La luz. Ahora Mitchell no podía usar las gafas, no podía ver el brillo infrarrojo de los cálenla dores de mano. Estaba aterrizando lejos de la pista. La rueda de la nariz del avión se enganchó en algo y el ultraligero dio una vuelta entera, desplomándose, mariposa desgarrada, y quedó inmóvil en su propia nube de polvo blanco.
El destello de la explosión pareció alcanzarlo un instante antes que el sonido, arrojando su sombra hacia adelante sobre la pálida vegetación. La onda expansiva lo levantó y lo dejó caer, y, mientras caía, vio el módulo de cirugía destrozado en medio de una bola de llamas anaranjadas; comprendió entonces que Webber había utilizado su coche antitanque. Volvió a levantarse y comenzó a correr, pistola en mano.
Llegó a lo que quedaba del ultraligero de Mitchell al tiempo que el primer fogonazo se extinguía. Otra bengala surgió de la nada y floreció en la oscuridad. Ahora el sonido de los disparos era continuo. Se arrastró sobre una plancha de metal oxidada y encontró la inerme figura del piloto, cabeza y cara escondidas bajo un improvisado casco y unas gafas de aspecto rudimentario sujetas por tiras negras de cinta aislante. Las retorcidas extremidades estaban acolchadas con capas de ropa oscura. Turner observó sus propias manos que agarraban la cinta, tiraban de las gafas infrarrojas; sus manos eran dos criaturas distantes, pálidos seres submarinos que vivían una vida autónoma en las profundidades de alguna impensable fosa del Pacífico, y observó cómo desgarraban frenéticamente cinta, gafas, casco.
Hasta que salió todo, y los largos cabellos marrones, mojados por el sudor, cayeron sobre el pálido rostro de la muchacha, extendiendo el delgado hilo de sangre oscura que salía de una fosa nasal; sus ojos se abrieron, revelando órbitas en blanco, y él la extendió como pudo sobre una camilla de bomberos, haciéndola girar en lo que esperaba fuese la dirección del jet.
Sintió la segunda explosión a través de las suelas de sus zapatillas, y vio la sonrisa idiota en el mazacote de plástico posado sobre la consola de ciberespacio de Ramírez. No hubo destello; sólo sonido y el aguijonazo del choque a través del hormigón del estacionamiento.
Y entonces llegó a la cabina, sintiendo el olor a automóvil nuevo de los monómeros de cadena larga, el aroma familiar de la nueva tecnología, con la chica delante de él, una muñeca sin gracia desparramada en el abrazo de la red de gravedad por la que Conroy había pagado a un traficante de armas de San Diego para que la instalase detrás de la cabina del piloto. El avión se estremecía como una cosa viva, y, al mismo tiempo que se metía más profundamente en su red, Turner manoteó buscando el cable de interfase, lo encontró, arrancó el microsoft de su conector, e insertó la terminal del cable.
El conocimiento lo iluminó como un juego de videogalería, y fue impulsado hacia adelante por la aerodinámica del jet, sintiendo cómo la flexible estructura aérea se recomponía para el despegue al tiempo que la cubierta gemía sobre sus servos. La red de gravedad se infló alrededor de él, atrapando sus brazos y piernas; la pistola seguía en su mano. —Despega, hijo de puta. —Pero el jet ya lo sabía, y la fuerza de la aceleración lo aplastó en la oscuridad.
—Perdiste el conocimiento —dijo el avión. Su voz de chip se parecía a la de Conroy.
—¿Cuánto tiempo?
—Treinta y ocho segundos.
—¿Dónde estamos?
—Sobre Nagos. —El tablero superior se iluminó, una docena de figuras en constante alteración bajo un mapa simplificado de la frontera Arizona-Sonora.
El cielo se hizo blanco.
—¿Qué fue eso? —preguntó Turner.
Silencio.
—¿Qué fue eso?
—Los sensores indican una explosión. La magnitud sugiere una ojiva nuclear táctica, pero no hubo pulso electromagnético. El epicentro corresponde a nuestro punto de salida.
El resplandor blanco se desvaneció hasta desaparecer.
—Cancela el rumbo —ordenó Turner.
—Cancelado. Nuevo rumbo, por favor.
—Buena pregunta. —No podía volver la cabeza para mirar a la chica detrás de él. Se preguntó si ya estaría muerta.
Capítulo 15
Caja
Marly soñó con Alain, crepúsculo en un campo de flores silvestres. Él le sujetaba delicadamente la cabeza, luego la acariciaba e inclinaba su cuello. Permanecía inmóvil, pero sabía lo que él estaba haciendo. La cubrió de besos. Le quitó el dinero y las llaves de la habitación. Ahora veía estrellas enormes, fijas sobre los campos iluminados, y aún podía sentir sus manos en el cuello.
Despertó a la mañana perfumada de café y vio los cuadrados de luz de sol extendidos sobre los libros de la mesa de Andrea, escuchó el sonido tranquilizador de la tos matinal de Andrea cuando ésta encendía el primer cigarrillo en la hornilla frontal de la cocina. Se deshizo de los oscuros colores de su sueño y se incorporó en el sofá de Andrea, abrigándose las piernas con el edredón rojo. Después de lo de Gnass, la policía y los periodistas, nunca había vuelto a soñar con él. Y si lo había hecho, pensaba, de alguna manera había censurado esos sueños, los había borrado antes de despertar. Tembló, aunque aquélla era una mañana bastante calurosa, y fue al baño. No quería más sueños de Alain.
—Paco me dijo que Alain estaba armado cuando nos vimos —dijo cuando Andrea le alcanzó la taza de café de metal azul.
—¿Alain armado? —Andrea dividió la omelette y puso la mitad en el plato de Marly. — Qué idea más extravagante. Sería como..., como armar a un pingüino. —Ambas rieron.— Alain no sería capaz —dijo Andrea—. Se volaría el pie en medio de una apasionada declaración sobre el estado del arte y el monto de la factura de la cena. Alain es una mierda, pero eso no es noticia. Si yo estuviera en tu lugar, me preocuparía más por ese Paco. ¿Qué razones tienes para creer que trabaja para Virek? —Se llevó un trozo de omelette a la boca y tomó el salero.
—Lo vi. Estaba allí, en la reconstrucción de Virek.
—Viste algo, y no era más que la imagen de un niño que se parecía a este hombre.
Marly observó a Andrea comer su mitad de la omelette, dejando que la suya se enfriara en el plato. ¿Cómo podría explicar lo que había sentido al salir del Louvre? Esa certeza de que ahora algo la rodeaba, la vigilaba con serena precisión convirtiéndola en el foco de al menos una parte del imperio de Virek. —Es un hombre muy rico —comenzó.
—¿Virek? —Andrea apoyó el cuchillo y el tenedor en el plato y tomó un sorbo de café. — Ya lo creo. Si has de creer a los periodistas, es el individuo más rico, y punto. Tan rico como un zaibatsu. Pero el problema es ése, en realidad: ¿es él un individuo en el sentido en que tú o yo lo somos? No. ¿No vas a comer eso?
Marly empezó a cortar y llevarse a la boca mecánica mente trozos de la omelette ya fría, mientras Andrea continuaba: —Deberías echarle un vistazo al manuscrito que tenemos entre manos este mes.