—Buenas tardes, querida —dijo.
—Hola, Alain.
—¿Cómo estás, Marly? Confío en que tendrás el dinero del que hablamos. —Ella vio que él llevaba una chaqueta oscura de la cual no llegaba a distinguir ningún detalle. — A tu compañera de apartamento no le vendría nada mal una lección de limpieza —dijo, mientras parecía estar mirando por encima del hombro de ella.
—Tú nunca has limpiado una habitación en tu vida —observó Marly.
Alain se encogió de hombros, sonriendo. —Cada uno tiene sus talentos —dijo—. ¿Tienes mi dinero, Marly?
Ella miró a Paco, quien asintió. —Sí, desde luego.
—Eso es maravilloso, Marly. Maravilloso. Sólo queda una pequeña dificultad. —Aún sonreía.
—¿Cuál es?
—Mis informadores han doblado su precio. En consecuencia, ahora yo debo doblar el mío.
Paco hizo un gesto afirmativo. También él estaba sonriendo.
—Muy bien. Tendré que consultarlo, por supuesto... —Ahora él la enfermaba. Quería cortar la comunicación.
—Y ellos, por supuesto, estarán de acuerdo.
— ¿Dónde nos encontraremos, entonces?
—Volveré a llamarte. A las cinco —dijo él. Su imagen se redujo a un punto verde azulado, y en seguida también éste desapareció.
—Se ve cansada —dijo Paco mientras desarmaba la pantalla y guardaba el teléfono en su bolso—. Cuando habla con él parece más vieja.
—¿De verdad? —Por alguna razón, en ese momento vio el panel de la Roberts, todas aquellas caras, Leednos el Libro de los Nombres de los Muertos. Todas las Marlys, pensó, todas las jóvenes que había sido a través de la larga temporada de su juventud.
Capítulo 16
Legba
—Eh, mocoso —Rhea le dio un golpe no demasiado suave en las costillas. — Saca tu culo de la cama.
Se levantó forcejeando con el cobertor, con figuras a medio formar de enemigos desconocidos. Con los asesinos de su madre. Estaba en una habitación que no conocía, una habitación que podría haber estado no importa dónde, muchos espejos con marcos de plástico dorados. Papel escarlata en las paredes. Había visto a los Gothicks decorar así sus habitaciones, cuando podían pagárselo, pero también había visto a sus padres arreglar apartamentos enteros en el mismo estilo. Rhea arrojó un atado de ropa sobre el colchón de es puma y hundió las manos en los bolsillos de una chaqueta de cuero negro.
Los cuadros rosas y negros del cobertor estaban arrebujados en torno a su cintura. Miró hacia abajo y vio el fragmentado ciempiés sumergido en un surco del ancho de un dedo en la rosada piel de la cicatriz. Beauvoir había dicho que eso aceleraba la cura. Tocó el tejido nuevo y brilloso con un dedo vacilante: lo encontró blando pero soportable. Miró a Rhea. —Pon tu culo aquí, si quieres —dijo haciendo un gesto con los dedos.
Se miraron a los ojos durante algunos segundos por encima del dedo alzado de Bobby. Luego ella rió.
—Muy bien —dijo—. Tú ganas. Te dejaré tranquilo. Pero recoge esa ropa y póntela. Debe de haber algo que te vaya bien. Está por venir Lucas para llevarte con él, y a Lucas no le gusta que lo hagan esperar.
—¿No? A mí me parece un tipo bastante tranquilo. —Empezó a rebuscar entre la pila de ropa, descartando una camisa negra y dorada con un llamativo estampado desteñido por el uso, una pieza de satén rojo con un ribete en imitación cuero blanco a lo largo de las mangas, una especie de leotardo negro con placas de un material traslúcido... —Eh —dijo—, ¿de dónde sacaste esto? No puedo ponerme una mierda así...
—Son de mi hermanito —dijo Rhea—. Del año pasado, y más vale que te vistas antes de que llegue Lucas. ¡Eso es mío! —exclamó arrebatándole el leotardo, como si estuviese a punto de robárselo.
Se puso la camisa negra y dorada y cerró torpemente los convexos broches en imitación perla negra. Encontró un par de téjanos negros, pero resultaron ser abolsados, con demasiadas pinzas y sin bolsillo alguno. —¿No tienes más pantalones que éstos?
—Jesús —dijo ella—. Yo vi la ropa que Pye te quitó a tijeretazos, chico. A nadie se le ocurriría pensar que eres modelo de pasarela. Sólo vístete, ¿eh? No quiero tener problemas con Lucas. Puede que contigo sea muy suave, pero eso sólo quiere decir que tú tienes algo que él quiere lo bastante como para tomarse la molestia. Yo no tengo nada así, puedes estar seguro, así que en mi caso Lucas no tiene por qué cuidarse.
Bobby se puso de pie, inseguro, buscó la cremallera de los téjanos negros. —No hay cremallera —dijo mirando a Rhea.
—Botones. Están ahí, en algún lado. Es parte del estilo, ¿sabes?
Bobby encontró los botones. Era un asunto complicado y se preguntó qué pasaría si de pronto le entraran ganas de mear. Vio las sandalias de nailon negro junto al lecho y se las calzó. —¿Y Jackie ? —preguntó yendo hasta un sitio donde pudiera contemplarse en los espejos de marcos dorados—. ¿Lucas se toma molestias con ella? —Miró en el espejo, y vio que algo cruzó la mirada de Rhea.
—¿Qué significa eso?
—Beauvoir... Él me dijo que ella era un caballo...
—Cierra el pico —dijo ella, con voz baja y urgente—. Si Beauvoir quiere mencionarte una cosa así, es su problema. Pero en cualquier caso, es algo de lo que no se habla, ¿entiendes? Hay cosas tan malas que podrías preferir estar otra vez allá afuera, y que estuvieran abriéndote el culo a cuchilladas.
Él miró los ojos de Rhea reflejados en el espejo, ojos oscuros ensombrecidos por el ala de su sombrero de fieltro. Parecían tener un poco más de blanco que antes.
—Bueno —dijo después de una pausa, luego añadió—: Gracias. —Jugueteó con el cuello de la camisa, subiéndolo en la parte de atrás, volviéndolo a bajar, probándoselo de distintas formas.
—¿Sabes? —observó Rhea inclinando la cabeza—, vestido no te ves tan mal. Excepto que tus ojos son como dos agujeros hechos al mear en la nieve...
—Lucas —dijo Bobby cuando estaban en el ascensor—, ¿sabes quién liquidó a mi madre? —No era una pregunta que tuviera la intención de hacer, pero de alguna forma había brotado, como una burbuja de gas en una ciénaga.
Lucas lo miró con una expresión benigna, en el rostro largo, liso y negro. Llevaba un traje oscuro, de corte impecable, que parecía recién planchado. Empuñaba un sólido bastón de madera lustrada, con vetas negras y rojas, rematado en una bola de bronce pulido. Estrías de bronce del largo de un dedo corrían desde la bola engastadas en el mango del bastón. —No, no lo sabemos. —Sus labios formaban una línea derecha y muy seria.— Eso es algo que nos gustaría mucho saber...
Bobby se estremeció. El ascensor lo hacía sentir incómodo. Era del tamaño de un autobús pequeño, y, aunque no estaba lleno de gente, él era el único blanco. Bajo la luz fluorescente, notó, mientras sus ojos recorrían el interior del aparato, los negros no parecían medio muertos, como los blancos.
Tres veces, en el transcurso de su trayecto, el ascensor se detuvo en algún piso y permaneció allí cerca de quince minutos. La primera vez Bobby dirigió a Lucas un gesto interrogativo. «Algo en el hueco», había dicho Lucas. «¿Qué?» «Otro ascensor.» Los ascensores estaban ubicados en el corazón de la arcología, los huecos cubiertos de cañerías de suministro de agua, líneas de desagüe, enormes redes de cables eléctricos y tuberías aisladas que Bobby supuso formarían parte del sistema geotérmico que describiera Beauvoir. Se podía ver todo cada vez que las puertas se abrían; todo quedaba expuesto, crudo, como si la gente que había construido aquello hubiese querido poder ver exactamente cómo funcionaba todo y el lugar en que iba cada cosa. Todas las superficies visibles estaban recubiertas por una enmarañada red de graffiti, tan densa y abigarrada que era prácticamente imposible descifrar mensajes o símbolos de ninguna especie.