Bobby respiró hondo. —Beauvoir dijo que Jackie es el caballo de una víbora, una víbora que se llama Dambala. ¿Me lo puedes traducir en jerga técnica?
—Por supuesto. Imagina que Jackie es una consola, Bobby, una consola de ciberespacio, una consola muy atractiva de bonitas piernas. —Lucas sonrió y Bobby se sonrojó. — Imagina que Dambala, a quien algunos llaman la víbora, es un programa. Digamos, un rompehielos. Dambala es conectada a la consola Jackie , y Jackie corta el hielo. Eso es todo.
—Bueno —dijo Bobby, entendiendo—, entonces, ¿qué es la matriz? Si Jackie es una consola, y Dambala es un programa, ¿qué es el ciberespacio?
—El mundo —dijo Lucas.
—Será mejor que a partir de aquí continuemos a pie —dijo Lucas.
El Rolls se detuvo silenciosamente; Lucas se puso de pie abotonándose la chaqueta. —Ahmed llama demasiado la atención. —Tomó su bastón y la puerta se abrió con un sonido seco.
Bobby salió detrás de él, al inconfundible y característico olor del Sprawl, una rica amalgama de rancias exhalaciones de tren subterráneo, antiguo hollín, y fragancia carcinógena de plástico nuevo, todo ello aderezado con una pizca de carbono de combustibles fósiles ilícitos. En lo alto, en la brillantez reflejada de luces de arco, una de las inconclusas cúpulas de Fuller ocultaba dos tercios del crepuscular cielo color salmón con su serrado borde como un panal gris y roto. La irregular trama de cúpulas del Sprawl tendía a generar microclimas inintencionados; había áreas de algunas manzanas urbanas donde una fina y constante llovizna de condensación caía de las formas geodésicas manchadas de hollín, y secciones en lo alto de las cúpulas que eran famosas por sus despliegues de descarga estática, un modo de iluminación particularmente urbano. Soplaba un fuerte viento mientras Bobby seguía a Lucas por la calle, ráfagas cálidas y sucias que probablemente tuvieran algo que ver con cambios de presión en el sistema de trenes subterráneos, que abarcaba el Sprawl en su totalidad.
—Recuerda lo que te he dicho —dijo Lucas con los ojos entrecerrados por el polvo—. Este hombre es mucho más de lo que parece ser. Aun si no fuera nada más que lo que parece, le deberías un grado de respeto. Si quieres llegar a ser vaquero, estás por conocer a una luminaria del ramo.
—Bueno. —De un saltito envió una grisácea tira de papel de impresión que intentó enroscarse en su tobillo. — Así que él es el que os vendió a ti y a Beauvoir el...
— ¡Aja! ¡No! Recuerda lo que te he dicho. Hablar en medio de la calle es como anunciar lo que digas en una cartelera pública...
Bobby hizo una mueca, pero luego asintió con la cabeza. Mierda. No paraba de meter la pata. Aquí estaba, con un operador de los grandes, metido hasta el cuello en un increíble asunto, y no dejaba de actuar como un wilson. Operador. Ésa era la etiqueta para Lucas, y también para Beauvoir y eso del vudú era sólo una especie de juego que seguían con la gente, concluyó. En el Rolls, Lucas se había explayado en una larga y extraña historia sobre Legba, que, según él, era el loa de la comunicación, «el amo de calles y caminos», diciendo que el hombre a quien iba a conocer era un favorito de Legba. Cuando Bobby preguntó si el hombre era otro oungan, Lucas dijo que no; dijo que el hombre había caminado toda su vida junto a Legba, tan cerca que nunca se había percatado de la presencia del loa, como si éste fuese una parte de él, su sombra. Y éste era el hombre, había dicho Lucas, que les había vendido el software que Dos-por-Día alquilara a Bobby...
Lucas dobló en una esquina y se detuvo, con Bobby a sus espaldas. Estaban frente a la ennegrecida fachada de una casa cuyas ventanas habían sido selladas hacía décadas con láminas de acero acanalado. Parte de la planta baja había sido en alguna época una especie de tienda, los rajados escaparates opacos por la suciedad. La puerta, entre las ventanas ciegas, había sido reforzada con el mismo acero que sellaba las ventanas de las plantas superiores, y Bobby creyó poder distinguir algún tipo de cartel tras la ventana a su izquierda, letras de neón desechadas, inclinadas diagonalmente en la oscuridad. Lucas permaneció de pie allí, frente a la puerta, sin expresión en el rostro, con la punta de su bastón apoyada estudiadamente en la acera, las grandes manos una sobre la otra sobre la bola de bronce. —Lo primero que se aprende —dijo como quien recita un proverbio—, es que siempre hay que esperar...
Bobby creyó oír algo que rascaba detrás de la puerta, y luego se oyó un ruido como de cadenas. —Increíble —dijo Lucas—, casi como si nos estuviese esperando.
La puerta giró diez centímetros sobre sus bien aceitados goznes y pareció quedar frenada por algo. Un ojo los estudió, sin parpadear, suspendido en aquella grieta de polvo y penumbras; al principio Bobby pensó que debía ser el ojo de un animal grande: el iris de un extraño tono entre amarillo y marrón, la córnea salpicada de rojo y el párpado inferior abriéndose más rojo aún. —El hombre del hudú —dijo el rostro invisible al que pertenecía el ojo—, el hombre del hudú y un montoncito de mierda. Cristo... —Se oyó un ruido espantoso y borboteante, como si una añosa flema estuviese siendo traída desde profundidades insondables, y a continuación el hombre escupió.— Bueno, muévete, Lucas. —Se produjo otro ruido chirriante y la puerta se abrió en la oscuridad. — Soy un hombre ocupado... —Esto último lo dijo ya a un metro de distancia, mientras se alejaba, como si el dueño del ojo estuviese escapando de la luz que se introducía por la puerta abierta.
Lucas entró, y Bobby detrás de él mientras sentía cómo la puerta se cerraba a sus espaldas. La repentina oscuridad hizo que se le erizaran los pelos de los antebrazos. Vasta, densa y de algún modo inteligente, la oscuridad parecía tener vida.
Entonces llameó una cerilla y algo parecido a una lámpara de acetileno silbó hasta que se encendió el gas. Bobby no pudo más que entrever el rostro más allá de la lámpara, donde el ojo inyectado en sangre esperaba con su compañero en lo que Bobby hubiese preferido creer que era alguna especie de máscara.
—No creo que nos estuvieras esperando, ¿verdad, Finlandés? —preguntó Lucas.
—Ya que lo quieres saber —dijo la cara, revelando dientes planos, grandes y amarillentos—, iba a buscar algo de comer. —A Bobby le parecía que el hombre debía de ser capaz de sobrevivir comiendo únicamente alfombras podridas, o excavando pacientemente la pulpa de madera marrón de los libros que, hinchados por la humedad, se alineaban a la altura del hombro a cada lado del túnel en que se hallaban. — ¿Quién es este mierdín, Lucas?
—Verás, Finlandés, Beauvoir y yo estamos experimentando dificultades con algo que de buena fe adquirimos a través de ti. —Lucas alzó el bastón y empujó delicadamente una amenazadora cornisa de desmigajados libros de bolsillo.
— ¿De veras? —El Finlandés torció los labios con burlona consternación. — No jodas con esas primeras ediciones, Lucas. Si las haces caer las pagas.
Lucas alejó el bastón. El lustroso casquillo destelló al fulgor de la lámpara.
—Así que —dijo el Finlandés— tienes problemas. Es curioso, Lucas. Es algo jodidamente curioso. —Tenía las mejillas grisáceas, surcadas por tres arrugas diagonales. — También yo tengo problemas; tres. No los tenía esta mañana. Supongo que así es la vida, a veces. —Dejó la lámpara sobre un arruinado archivador de acero y sacó un torcido cigarrillo sin filtro de un bolsillo lateral de lo que otrora podía haber sido una chaqueta de paño.— Mis tres problemas están arriba. Tal vez quieras darles un vistazo... —Encendió una cerilla de madera en la base de la lámpara y la acercó a su cigarrillo. El humo punzante del tabaco negro cubano se concentró en el aire que los separaba.