—Tú sabes —dijo el Finlandés, pasando por encima del primero de los cadáveres—, que ya llevo mucho tiempo en este local. Todo el mundo me conoce. Saben que estoy aquí. El que compra al Finlandés sabe a quién está comprando. Y yo respondo por mi producto, siempre...
Bobby contemplaba el rostro boca arriba del hombre muerto, miraba sus ojos ya opacos. Había algo extraño en la forma del torso, extraño por el modo en que yacía con su ropa negra. Rostro japonés, sin expresión, ojos muertos...
—Y en todo este tiempo —prosiguió el Finlandés—, ¿sabes cuántos han sido lo bastante tontos como para intentar meterse aquí y matarme? ¡Ni uno! Ni Uno, hasta esta mañana, y ya llevo tres. Bueno —y dirigió a Bobby una mirada hostil—, eso sin contar al extraño montoncito de mierda, supongo, pero... —Se encogió de hombros.
—Se ve como desproporcionado —comentó Bobby mirando todavía el primer cadáver.
—Es porque tiene comida de perro dentro —respon dio el Finlandés con malicia—. Toda revuelta.
—El Finlandés colecciona armas exóticas —dijo Lucas mientras tocaba con la punta del bastón la muñeca de un segundo cuerpo—. ¿Los has explorado para implantes, Finlandés?
—Sí. Un fastidio. Tuve que bajarlos al cuarto trasero. No tenían nada que no se esperase. Son sólo un equipo de matones. —Chasqueó la lengua.— ¿Por qué querrá alguien matarme a mí?
—Tal vez les hayas vendido un producto muy costoso que no funcionó —sugirió Lucas.
—Espero que no estés diciendo que tú los mandaste, Lucas —dijo el Finlandés con voz queda—, a menos que quieras verme hacer el truco de la comida de perro.
—¿Acaso he dicho que nos hayas vendido algo que no funciona?
—«Experimentando dificultades», dijiste. ¿Qué más me habéis comprado últimamente?
—Lo siento, Finlandés, pero éstos no son nuestros. Además, tú lo sabes.
—Sí, supongo que sí. ¿Entonces qué mierda habéis venido a hacer aquí, Lucas? Ya sabes que eso que compraste no estaba cubierto por las garantías de costumbre.
—¿Sabéis? —dijo el Finlandés después de haber escuchado el relato de la abortada ascensión de Bobby al ciberespacio—, allí pasan cosas jodidas. —Sacudió con lentitud su cabeza estrecha y extrañamente alarga da. — No solía ser así. —Miró a Lucas. — Vosotros lo sabéis, ¿verdad?
Estaban sentados alrededor de una mesa cuadrada y blanca en una habitación blanca de la planta baja, de tras del antiguo local de la tienda, que estaba atiborrada de basura. El suelo era de gastadas baldosas de hospital, con un diseño antideslizante en relieve, y las paredes eran amplias superficies de plástico blanco que ocultaban densas capas de circuitos antiespionaje. Comparado con el local de la tienda, la habitación blanca parecía quirúrgicamente limpia. Varios trípodes de metal de aleación, erizados de sensores y equipos de chequeo, estaban dispuestos en torno a la mesa como si fueran esculturas abstractas.
—¿Si sabemos qué? —preguntó Bobby. Cada vez que repetía su historia se sentía menos wilson. Importante. Lo hacía sentirse importante.
—Tú no, mierdín —dijo el Finlandés con voz fatigada—. Él. El gran hombre del hudú. Él sabe. Sabe que no es lo mismo... No lo ha sido, desde hace mucho tiempo. Llevo toda mi vida en el negocio. Hace años. Desde antes de la guerra, antes de que existiese ninguna matriz, o en todo caso antes de que la gente supiera que había una. —Ahora miraba a Bobby. — Tengo un par de zapatos que tienen más años que tú; entonces, ¿qué mierda debo suponer que tú sabes? Hay vaqueros desde que hay computadoras. Construyeron las primeras computadoras para romper hielo alemán, ¿correcto? Decodificadores. Así que había hielo antes de que hubiese computadoras, si así lo prefieres. —Encendió su decimoquinto cigarrillo de la noche, y el humo comenzó a llenar la habitación blanca.
—Lucas sabe, sí, Lucas sabe. En los últimos siete, ocho años, han pasado cosas raras allá, en el circuito de los vaqueros de consola. Los nuevos jockeys hacen pactos con las cosas, ¿no es así, Lucas? Sí. Si lo sabré yo; siguen necesitando el hardware y el software, y todavía necesitan ser más rápidos que culebras sobre el hielo; pero todos ellos, todos los que de verdad saben cortarlo, tienen aliados, ¿no es así, Lucas?
Lucas sacó del bolsillo el mondadientes de oro y atacó una muela posterior, con expresión sería.
—Tronos y dominios —dijo el Finlandés crípticamente—. Sí, allá hay cosas. Fantasmas, voces. ¿Por qué no? En el mar había sirenas, toda esa historia, y nosotros teníamos un mar de silicón, ¿entiendes? Claro, no era más que una alucinación hecha a la medida que todos estuvimos de acuerdo en tener: el ciberespacio; pero cualquiera que conecte ahora, tiene que saber que es un universo entero. Y cada año hay más cosas ahí dentro, es como si...
—Para nosotros —lo interrumpió Lucas — , el mundo siempre ha funcionado así.
—En efecto —dijo el Finlandés—, por eso vosotros pudisteis conectar directamente, decirle a la gente que las cosas con las que hacíais pactos eran vuestros propios dioses de la selva...
—Jinetes Divinos...
—Seguro. Tal vez vosotros lo creáis. Pero yo soy lo bastante viejo como para recordar los tiempos en que no era así. Hace diez años, si entrabas en el Gentleman Loser y tratabas de decirle a cualquiera de los grandes que habías hablado con fantasmas en la matriz, habrían pensado que eras un loco.
—Un wilson —apuntó Bobby, sintiéndose excluido y ya no tan importante.
El Finlandés lo miró, sin expresión. —¿Un qué?
—Un wilson. Uno que quedó jodido. Es jerga de sal chichero, supongo... —Volví a meter la pata. Mierda.
El Finlandés le dirigió una mirada muy extraña. —Vaya, así que ése es el término que utilizáis, ¿eh? Cristo. Yo conozco al tipo ése...
—¿A quién?
—Bodine Wilson —contestó—. El primer tipo que yo haya conocido que terminó siendo una expresión.
—¿Era estúpido? —preguntó Bobby, arrepintiéndose de inmediato.
—¿Estúpido? Mierda, no, listo como el demonio. —El Finlandés apagó su cigarrillo en un rajado cenicero de cerámica que decía Campari. — Sólo que quedó jodido del todo, nada más que eso. Una vez trabajó con el Dixie Flatline... —Los ojos amarillos e inyectados en sangre se hicieron lejanos.
—Finlandés —dijo Lucas—, ¿dónde conseguiste ese rompehielos que nos vendiste?
El Finlandés lo observó con frialdad. —Cuarenta años en el negocio, Lucas. ¿Sabes cuántas veces me han hecho esa pregunta? ¿Sabes cuántas veces habría muerto si la hubiera contestado?
Lucas asintió con la cabeza. —Entiendo lo que quieres decir. Pero, a la vez, quiero decirte algo a ti. S —Apuntó al Finlandés con el mondadientes, como si se tratase de una daga de juguete. — La verdadera razón por la que estás dispuesto a quedarte sentado aquí a perder el tiempo es que crees que esos tres fiambres en la planta alta tienen algo que ver con el rompehielos que nos vendiste. Y te pusiste en guardia y prestaste especial atención cuando Bobby te contó que el edificio de apartamentos de su madre había sido volado, ¿verdad?
El Finlandés mostró los dientes. —Tal vez.
—Alguien te tiene en su lista, Finlandés. Esos tres ninjas muertos de arriba le costaron mucho dinero a alguien. Al ver que no regresan, alguien se sentirá más determinado aún, Finlandés.