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Los enrojecidos ojos amarillos parpadearon. — Todos ellos estaban equipados —dijo—, listos para un golpe, pero uno de ellos tenía algunas otras cosas. Cosas para hacer preguntas. —Sus dedos manchados de nicotina, del color de alas de cucaracha, se alzaron para dar un lento masaje a su labio superior. — Me lo dio Wigan Ludgate —dijo—. El Wig.

—Nunca oí hablar de él —dijo Lucas.

— Un loco de remate —dijo el Finlandés—. Antes era vaquero.

Lo que pasó, según el relato del Finlandés, —que para Bobby rué infinitamente fascinante, mejor aún que es cuchar a Beauvoir y a Lucas—, fue que Wigan Ludgate había pasado cinco años como jockey de primera, una trayectoria respetable para un vaquero de ciberespacio. Después de cinco años, suele pasar que un vaquero o bien se haga rico o se encuentre con el cerebro anulado, o si no financiando una cuadrilla de vaqueros más jóvenes, dedicado exclusivamente al aspecto gerencial. El Wig, en su primera etapa de juventud y gloria, había arremetido una y otra vez contra los sectores poco ocupados de la matriz que representaban las áreas geográficas conocidas anteriormente con el nombre de Tercer Mundo.

El silicón no se gasta; los microchips son de verdad inmortales. El Wig tomó nota del hecho. Sin embargo, como cualquier otro chico de su edad, sabía que el silicón se hacía obsoleto, lo cual era peor que gastarse; este hecho fue una constante triste y aceptada por el Wig, como la muerte o los impuestos, y de hecho solía preocuparse más porque su equipo quedase rezagado que por la muerte (tenía veintidós años) o los impuestos (no registraba sus ingresos, aunque le pagaba a una lavandería de dinero de Singapur un porcentaje anual que era globalmente equivalente al impuesto sobre la renta que habría tenido que pagar de haber declarado sus ingresos brutos). El Wig había concluido que todo aquel silicón obsoleto tenía que ir a parar a algún lado. El lugar al que llegaba, se enteró, era a cualquier cantidad de lugares muy pobres que hacían lo que podían con bases industriales incipientes. Naciones tan atrasadas que el concepto de nación seguía tomándose en serio. El Wig tecleó su entrada a través de un par de olvidados rincones de África y se sintió como un tiburón cruzando una piscina repleta de caviar. No era que ninguna de aquellas huevas deliciosas y diminutas valiera demasiado, sino que podías abrir la boca y engullir, y era fácil, y llenaba, y todo iba sumando. El Wig se trabajó a los africanos durante una semana, provocando incidentalmente el colapso de por lo menos tres gobiernos y un inconmensurable sufrimiento humano. Hacia el final de la semana, hinchado por la crema de varios millones de cuentas bancarias ridículamente pequeñas, se retiró. Cuando salía, la langosta empezaba a entrar; otras gentes habían tenido la iniciativa africana.

El Wig se instaló en Cannes durante dos años, consumiendo sólo lo más caro en drogas exclusivas y echando periódicos vistazos al minúsculo televisor Hosaka para estudiar los hinchados cuerpos de los africanos muertos, con una extraña y a la vez inocente intensidad. En un momento dado nadie supo de un modo exacto dónde o cuándo o por qué, comenzó a advertirse que el Wig había enloquecido. En concreto, dijo el Finlandés, el Wig se había convencido de que Dios vivía en el ciberespacio, o tal vez que el ciberespacio era Dios, o una nueva manifestación del mismo. Las incursiones del Wig en la teología tendían a estar signadas por importantes cambios de paradigma, auténticos saltos de fe. El Finlandés tenía alguna idea del asunto que por entonces el Wig tenía entre manos; poco después de su conversión a su nueva y singular fe, Wigan Ludgate regresaba al Sprawl y se embarcaba en una épica y de algún modo aleatoria travesía de descubrimiento cibernético. Como había sido jockey de con sola, sabía adonde ir a buscar lo mejor de lo que el Finlandés llamaba «el hard y el soft». El Finlandés proporcionó al Wig toda suerte de provisiones de uno y otro, pues el Wig seguía siendo un hombre rico. El Wig explicó al Finlandés que su técnica de exploración mis tica implicaba proyectar su conciencia hacia sectores de la matriz vacíos y carentes de estructura, y esperar. Correspondía aclarar, dijo el Finlandés, que nunca llegó a decir que hubiera visto a Dios, aunque sostenía que, en varias ocasiones, había sentido Su presencia moviéndose sobre la faz de la retícula. En su momento, el Wig se quedó sin dinero. Su búsqueda espiritual lo había alienado de las conexiones de negocios que le quedaban de sus días pre-africanos; se hundió sin dejar rastro.

—Pero entonces volvió a aparecer un día —dijo el Finlandés—, loco como una rata de alcantarilla. Siempre había sido un tipo menudo y pálido, pero ahora llevaba puesta una cantidad de mierda africana, cuentas y huesos y todo eso. —Bobby dejó de atender a la historia del Finlandés el tiempo suficiente para preguntarse cómo alguien con el aspecto del Finlandés podía decir que otra persona era un tipo menudo y pálido; después miró a Lucas, cuyo rostro estaba absolutamente serio. Entonces se le ocurrió a Bobby que Lucas podría sentirse ofendido por el asunto de África, tal vez. Pero el Finlandés continuaba con su historia.

—Tenía una cantidad de cosas que quería vender. Consolas, elementos periféricos, software. Todo tenía ya un par de años, pero era equipo de primera, así que le di un precio por el lote. Noté que se había implantado un conector detrás de la oreja. ¿De qué es el soft? Está vacío, me dice. Estaba sentado justo donde estás tú, muchacho, y me dice está vacío y es la voz de Dios, y vivo por siempre en Su sonido blanco, o algo por el estilo. Y yo pienso, joder, el Wig pasó al otro lado, de veras, y ahí está, contando como por quinta vez el dinero que le he dado. Wig, digo yo, el tiempo es dinero, pero dime qué te propones hacer ahora. Porque tenía curiosidad. Hacía años que conocía al tipo, por los negocios. Finlandés, dice él, tengo que subir por el pozo de la gravedad, Dios está allá arriba. Quiero decir, dice, Él está en todas partes, pero aquí abajo hay demasiada estática, oscurece Su rostro. Está bien, le digo, tienes razón. Lo acompañé a la puerta, y eso fue todo. Nunca más lo volví a ver.

Bobby parpadeó, esperó, se movió un poco, inquieto, sobre el duro asiento plegable.

—Excepto que, cerca de un año después, aparece un tipo, un trabajador de alta órbita que había bajado por el pozo durante su asueto, con un poco de buen software para vender. Nada extraordinario, pero interesante. Dice que lo envía el Wig. Bueno, pienso yo, tal vez el Wig sea un loco, y hace tiempo que está fuera del negocio, pero todavía sabe reconocer lo bueno. Así que lo compro. Eso fue hace unos diez años, ¿correcto? Y cada año, más o menos, aparecía un tipo con algo. «El Wig me dijo que debía ofrecerle esto.» Y, por lo general, yo lo compraba. Nunca era nada muy especial, pero estaba bien. Y nunca venía el mismo tipo.

—¿Era eso, Finlandés, sólo software? —preguntó Lucas.

—Sí, sobre todo, salvo aquellas extrañas esculturas. Me había olvidado de eso. Imaginé que las había hecho d Wig. La primera vez que un tipo entró con una de ésas, compré el software que traía, y luego dije, ¿cómo Mierda lo llamas a eso? El Wig dijo que tal vez podrían interesarle, dijo el tipo. Dile que está loco, dije yo. El tipo se echó a reír. Bueno, quédeselo, dice. No me voy a llevar esta condenada cosa otra vez hasta allá arriba. Quiero decir, era como del tamaño de una consola, la cosa ésa, sólo un puñado de basura y mierda, metido todo junto en una caja... Así que lo puse detrás de un cajón de Coca Cola lleno de chatarra y lo olvidé, sólo que el viejo Smith, en aquel tiempo era un colega mío, negociaba sobre todo arte y coleccionables, lo ve y lo quiere. Así que lo arreglamos por poca cosa. Si te llegan más, Finlandés, cómpralos. En la parte alta de la ciudad hay imbéciles que aprecian esta mierda. Así que en la siguiente ocasión que apareció el tipo enviado por Wig también compré la escultura, y se la vendí a Smith. Pero nunca saqué mucho dinero de aquello... —El Finlandés se encogió de hombros. — Por lo menos, no hasta el mes pasado. Apareció un muchacho con lo que vosotros comprasteis. Venía de parte de Wig. Escuche, dice, esto es biosoft, y es un rompehielos. Wig dice que vale mucho. Yo le hice un rastreo y se veía bien. Me pareció interesante, ¿entiendes? También a tu socio Beauvoir le pareció interesante. Yo lo compré. Beauvoir me lo compró a mí. Fin de la historia. —El Finlandés sacó un cigarrillo roto por la mitad. — Mierda —dijo. Sacó un gastado paquete de papel de fumar del mismo bolsillo y extrajo una de las frágiles hojillas rosadas, enrollándola alrededor del cigarrillo partido, una especie de vendaje. Cuando lamió la goma, Bobby alcanzó a ver una lengua de un rosado grisáceo y muy puntiaguda.