—¿Y dónde, Finlandés, reside el señor Wig? —preguntó Lucas, con el mentón apoyado en los pulgares y los largos dedos cruzados en ángulo delante de la cara.
—Lucas, no tengo ni la más puta idea. En órbita, en algún lado. Y vive modestamente, si el nivel de dinero que obtuvo a través de mí significó algo para él. ¿Sabes?, me han contado que allá arriba hay sitios donde no necesitas dinero, si calzas en la economía, así que quizás un poco da para mucho. Pero no me lo preguntéis, yo no soy agorafóbico. —Dirigió una desagradable sonrisa a Bobby, quien procuraba olvidar la imagen de aquella lengua.— ¿Sabes? —dijo, escudriñando a Lucas por debajo de las cejas—, fue más o menos en ese entonces cuando empecé a oír que en la matriz pasaban cosas raras.
—¿Como qué? —preguntó Bobby.
—Tú no te metas —dijo el Finlandés, sin dejar de mirar a Lucas—. Eso fue antes de que vosotros aparecierais, el nuevo equipo de hudú. Conocí a una samurai callejera que había conseguido un empleo trabajando para algún tipo de las fuerzas especiales junto a quien el Wig parecía de lo más normal. Ella y un vaquero que habían sacado de Chiba estaban detrás de algo por el estilo. Quizás lo hayan encontrado. Una vez, hace años, oí decir que vivía en Londres. ¿Quién diablos lo sabe? Siete, ocho años. —De pronto el Finlandés parecía cansado, y viejo, muy viejo. Para Bobby era como una enorme rata momificada, animada por resortes y alambres ocultos. Sacó del bolsillo un reloj de pulsera con la esfera partida y una grasienta correa de cuero y miró la hora. — Cristo. Bueno, eso es todo lo que puedo darte, Lucas. En veinte minutos vienen unos amigos de un banco de órganos para hacer un pequeño negocio.
Bobby pensó en los cadáveres de la planta alta. Habían estado allí el día entero.
—Eh —dijo el Finlandés, leyendo la expresión de su rostro—, los bancos de órganos son estupendos para deshacerse de cosas. Yo les pago a ellos. Esos hijos de puta de ahí arriba..., ya no les quedan muchos órganos que digamos... —Y soltó una carcajada.
—Dijiste que él estaba muy cerca de... ¿Legba? ¿Y Legba es el que tú y Beauvoir dijeron que me trajo suerte cuando me metí con el hielo negro?
Más allá del borde del panel de las cúpulas geodésicas, el cielo se aclaraba.
—Sí —dijo Lucas, perdido en sus pensamientos.
—Pero parece que no confía nada en todo eso.
—No importa —dijo Lucas al tiempo que llegaba el Rolls—. Siempre he estado muy cerca del espíritu del asunto.
Capítulo 17
El bosque de ardillas
El avión había tocado tierra cerca de un curso de agua. Turner podía oírla, moviéndose en la red de gravedad, febril o dormido: agua sobre piedra; uno de los cantos más antiguos. El avión era listo, listo como cualquier perro, con el mismo sentido de ocultación. Sintió cómo se balanceaba sobre su tren de aterrizaje, en alguna parte de aquella noche enferma, y reptaba hacia adelante, con ramas que rozaban y arañaban la oscura cubierta corrediza de la cabina. El avión se deslizó hasta la verde profundidad de las sombras; y se posó sobre sus rodillas mientras la estructura gemía y crujía al aplastarse contra el suelo de arcilla y granito, como una raya en la arena. El policarbono mimético que cubría las alas y el fuselaje se fue llenando de vetas oscuras, adoptando los colores y dibujos de las piedras manchadas de luna y de la tierra del bosque. Finalmente, quedó en silencio, y el único sonido era el del agua en el lecho de un arroyo...
Despertó como una máquina, abriendo los ojos, visión activada, vacío, recordando el destello rojo de la muerte de Lynch al otro lado de la mirilla fija de «a Smith & Wesson. El arco de la carlinga sobre su cabeza estaba veteado de aproximaciones miméticas de hojas y ramas. Amanecer claro y ruido de agua que corría. Todavía llevaba puesta la camisa azul de trabajo de Oakey. Ahora olía a sudor rancio, y le había arrancado las mangas el día anterior. El arma yacía entre sus piernas, apuntando hacia la palanca negra del jet. La red de gravedad era una rígida maraña que le rodeaba la cintura y los hombros. Se volvió hacia atrás y vio a la chica, rostro ovalado y un hilo de sangre coagulada descendiendo de su nariz. Seguía inconsciente; sudaba, los labios entreabiertos, como los de una muñeca.
—¿Dónde estamos?
—Estamos a quince metros al sur-sureste de las coordenadas que usted indicó —dijo el avión—. Usted había vuelto a perder el conocimiento. Opté por el camuflaje.
Extendió el brazo hacia atrás y sacó el enchufe de interfase del conector de su cabeza, cortando su enlace con el avión. Miró aturdido a su alrededor, hasta que encontró los controles manuales de la cubierta corrediza, que suspiró sobre sus servos; el encaje de hojas de policarbono se movió al abrirse la cubierta. Sacó una pierna por la abertura, se miró la mano, apoyada sobre el fuselaje en el borde de la cabina. El policarbono reproducía los tonos grises de una roca próxima; mientras miraba, el revestimiento comenzó a pintar una mancha del tamaño de una mano y del color de su palma. Sacó la otra pierna, dejando la pistola sobre el asiento, y se dejó caer sobre la tierra, entre hierba alta y suave. Entonces volvió a dormirse, la frente contra la hierba, y soñó con agua que corría.
Cuando despertó, estaba avanzando a gatas, entre ramas bajas cargadas de rocío. Por fin llegó a un claro y cayó hacia adelante, rodando, los brazos extendidos como si estuviera rindiéndose. En lo alto, algo pequeño y gris se lanzó desde una rama, se posó en otra, osciló allí un instante, y se alejó escurridizamente hasta perderse de vista.
Quédate quieto, oyó que una voz le decía, a años de distancia. Sigue acostado y muy pronto te olvidarán, te olvidarán en el gris, en el amanecer y el rocío. Han salido a buscar alimento, a comer y a jugar, y en sus cerebros no caben dos mensajes, no por mucho tiempo. Estaba acostado boca arriba, junto a su hermano, con el Winchester de caja de nailon sobre el pecho, respirando el perfume a metal nuevo y aceite de armería, el olor de la fogata aún en el pelo. Y su hermano siempre tenía razón acerca de las ardillas. Venían. Olvidaban el claro signo de muerte escrito bajo las ramas en dril remendado y acero azul; venían, corriendo por las ramas, deteniéndose para olisquear la mañana, y el 22 de Turner ladraba y un cuerpo gris caía a tierra, inerte. Las otras se desperdigaban, desaparecían, y Turner le pasaba el arma a su hermano. Una vez más, esperaban, esperaban que las ardillas se olvidaran de ellos.
—Sois como yo —dijo Turner a las ardillas, emergiendo de su sueño. Una de ellas se irguió de pronto sobre una gruesa rama y lo miró directamente—. Yo siempre regreso. —La ardilla se alejó de un salto.— Regresaba cuando escapé del holandés. Regresaba cuando volé a México. Regresaba cuando maté a Lynch.