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Permaneció allí durante mucho tiempo, mirando las ardillas mientras el bosque despertaba y la mañana calentaba a su alrededor. Un cuervo se acercó de pronto, ladeándose, frenando, con las plumas extendidas como si fueran dedos mecánicos. Verificando si estaba vivo o muerto.

Turner sonrió al cuervo mientras éste se alejaba.

Todavía no.

* * *

Volvió a arrastrarse bajo el techo de ramas, y la encontró sentada en el interior de la cabina. Llevaba una holgada camiseta blanca cruzada en diagonal con el logo de la maas-neotek. Tenía rombos de sangre fresca en la parte delantera de la camiseta. La nariz le sangraba de nuevo. Ojos azul brillante, aturdidos y desorientados en cuencas con hematomas negros y amarillos, como un exótico maquillaje. Joven, vio Turner, muy joven.

—Tú eres la hija de Mitchell —dijo él, recordando el nombre en el dossier biosoft—. Ángela.

—Angie —rectificó ella de inmediato—. ¿Quién eres tú? Estoy sangrando. —Le mostró el rojo clavel de un pañuelo ensangrentado.

—Turner. Esperaba a tu padre. —Entonces pensó en la pistola, y en la otra mano de ella, invisible bajo el borde de la cabina. — ¿Sabes dónde está?

—En la meseta. Pensaba que podía hablar con ellos, explicarlo. Porque ellos lo necesitan.

—¿Con quién? —Turner dio un paso adelante.

—Con los de la Maas. La directiva. No pueden permitirse hacerle daño, ¿verdad que no?

—¿Por qué lo harían? —Otro paso.

Ella se llevó el pañuelo rojo a la nariz. —Porque me sacó de allí. Porque él sabía que ellos me iban a matar. Por los sueños.

—¿Los sueños?

—¿Crees que le harán daño?

—No, no; ellos no harían eso. Voy a subir, ¿está bien?

Ella asintió. Turner tuvo que deslizar las manos sobre el costado del fuselaje para encontrar las pequeñas cavidades de los asideros; el revestimiento mimé tico le mostró hojas y líquenes, ramas pequeñas... Y subió junto a ella y vio la pistola junto a las zapatillas deportivas que calzaban sus pies. —Pero, ¿no iba a venir él en persona? Lo esperaba a él, a tu padre.

—No. Nunca planeamos eso. Sólo teníamos un avión. ¿No te lo dijo? —Se puso a temblar. — ¿No te dijo nada?

—Lo suficiente —dijo poniéndole la mano en el hombro—, nos dijo lo suficiente. Todo irá bien... —Pasó las piernas por encima del reborde, se inclinó, alejó la Smith & Wesson de los pies de la muchacha, y encontró el cable de interfase. Sin quitarle la mano del hombro, levantó el cable y se lo enchufó detrás de la oreja.

—Dame los pasos para borrar todo lo que hayas almacenado en las últimas cuarenta y ocho horas —dijo—. Quiero desechar el rumbo a México, el vuelo desde la costa, lo que sea...

—No había registro que indicara Ciudad de México— dijo la voz, contacto neural directo en audio.

Turner miró a la muchacha, se frotó la mandíbula.

—¿Hacia dónde estamos yendo?

—Bogotá. —Y el jet recitó las coordenadas del aterrizaje que no habían hecho.

Ella lo miró, parpadeando; sus párpados estaban ennegrecidos como la piel que los rodeaba. —¿Con quién estabas hablando?

—Con el avión. ¿Te dijo Mitchell adonde pensaba que irías?

—A Japón...

—¿Conoces a alguien en Bogotá? ¿Dónde está tu madre?

—No. En Berlín, creo. No la conozco muy bien.

Borró la memoria del avión, eliminando lo que Conroyhabía programado o lo que quedaba de ello: el acercamiento desde California, los datos identificativosdel lugar de operaciones, un plan de vuelo que los habría llevado a una pista a menos de trescientos kilo metros del núcleo urbano de Bogotá...

Alguien encontraría el jet tarde o temprano. Pensó en el sistema orbital de reconocimiento de la Maas y se preguntó si los programas de camuflaje y evasión que había ordenado ejecutar al avión habrían servido de algo. Podía ofrecer el jet como material de desguace, pero dudaba de que Rudy quisiera verse involucrado. En cualquier caso, sólo con aparecer en la granja acompañado por la hija de Mitchell, Rudy ya quedaría metido hasta las orejas en el asunto. Pero no había otro lugar a donde ir, no para lo que ahora necesitaba.

Fueron cuatro horas de marcha por sendas semiolvidadas y por un tortuoso camino asfaltado de dos carriles, invadido de maleza. Le pareció que los árboles eran diferentes, y recordó entonces cuánto habrían crecido en todos esos años. A intervalos regulares pasaron junto a pilas de postes de madera que una vez habían sostenido cables de teléfono, ahora cubiertos de zarza y madreselva; los cables habían sido arrancados para ser utilizados como combustible. Las abejas libaban la hierba en flor de la cuneta...

—¿A donde vamos hay comida? —preguntó la muchacha, cepillando el gastado asfalto con las suelas de sus zapatillas blancas.

—Seguro —dijo Turner—, toda la que quieras.

—Lo que quiero en este momento es agua. —Se quitó un mechón de pelo castaño de una mejilla bronceada. Él había notado que ella empezaba a cojear, gimiendo cada vez que apoyaba el pie derecho.

— ¿Qué te has hecho en la pierna?

—El tobillo. Algo, cuando aterricé con el microligero. —Hizo un gesto de dolor y siguió caminando.

—Descansaremos.

—No. Quiero llegar, llegar a donde sea.

—Descansa —dijo él, llevándola de la mano hasta el borde de la carretera. Ella hizo una mueca, pero se sentó a su lado, con la pierna derecha extendida con precaución.

—Qué arma más grande —dijo. Hacía calor ahora, demasiado calor para llevar el anorak. Se había puesto el ames sobre el torso desnudo, bajo la camisa sin mangas que llevaba suelta—. ¿Por qué el cañón tiene esa forma, como una cabeza de cobra, en la parte de abajo?

—Es una mirilla, para encuentros nocturnos. —Se inclinó hacia adelante para examinarle el tobillo. Se estaba hinchando con rapidez.— No sé cuánto tiempo aguantarás caminando así —dijo.

—¿Peleas mucho de noche? ¿Con pistola?

—No.

—Creo que no entiendo a qué te dedicas.

Él la miró. —Yo mismo no lo entiendo siempre, al menos últimamente. Esperaba a tu padre. Él quería cambiar de compañía, trabajar para otros. La gente para la que él quería trabajar me contrató a mí y a otros para asegurarse de que él pudiera dejar el antiguo contrato.

—Pero no había forma de salir de ese contrato —observó ella—. No legalmente.

—Así es —dijo él deshaciendo el nudo, quitando la zapatilla—. No legalmente.

—Ah. Entonces es así como te ganas la vida.

—Sí. —Dejó la zapatilla; ella no llevaba medias. El tobillo se hinchaba cada vez más. — Esto es un esguince.

—¿Y qué pasó con los demás? Había más gente, allá, en las ruinas. Alguien estaba gritando, y esos fogonazos...

—Difícil decir quién estaba gritando —dijo él—, pero los fogonazos no eran nuestros. Quizás el equipo de seguridad de la Maas, siguiéndote. ¿Piensas que pudiste despistarlos?

—Hice lo que Chris me dijo —explicó ella—. Chris es mi padre.

—Ya sé. Creo que voy a tener que cargarte el resto del camino.

—¿Pero qué pasó con tus amigos?

—¿Qué amigos?

—Allá, en Arizona.

—Ya. Bueno —y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano—, no sabría decirte. En realidad no lo sé.

Imagen de cielo blanco, destello de energía, más brillante que el sol. Pero sin señal de pulsaciones electromagnéticas, había dicho el avión...

El primero de los perros aumentados de Rudy dio con ellos quince minutos después de haberse vuelto a poner en marcha, Angie a horcajadas en la espalda de Turner, rodeándole los hombros con los brazos, los delgados muslos bajo sus axilas, los dedos de él entrelazados formando un puño doble a la altura del esternón. Olía a muchacha de barrio bien, una insinuación vagamente herbal de champú. Al pensar en eso, se preguntó a qué olería él. Rudy tenía una ducha...