—Ya la están buscando —dijo Turner—. No sé si saben que ella está aquí.
—Todavía. —Rudy se limpió las manos en los blancos y sucios pantalones cortos.— Pero probablemente lo sabrán, ¿verdad?
Turner asintió.
—¿Adonde irás, entonces?
—Al Sprawl.
—¿Por qué?
—Porque allí tengo dinero. Tengo líneas de crédito bajo cuatro nombres diferentes, y no hay forma de que puedan ser relacionadas conmigo. Porque tengo muchos otros contactos que quizá pueda utilizar. Y porque en el Sprawl siempre hay donde esconderse. Es tan grande, ¿sabes?
—Muy bien —dijo Rudy—. ¿Cuándo?
—¿Tanto te preocupa? ¿Quieres que nos vayamos ahora mismo?
—No. Quiero decir, no lo sé. Todo esto es muy interesante, lo que hay dentro de la cabeza de tu amiga. Tengo un amigo en Atlanta que podría alquilarme un analizador de funciones para hacerle un diagrama del cerebro, plano a plano; con eso tal vez podría comenzar a hacerme una idea de qué es esa cosa... Podría valer la pena.
—Seguro. Si supieras dónde venderlo.
—¿No sientes curiosidad? Quiero decir, ¿qué demonios es ella? ¿La sacaste de algún laboratorio militar? —Rudy volvió a abrir la puerta del refrigerador blanco, sacó la botella de vodka, la abrió, y bebió un trago.
Turner tomó la botella y la empinó, dejando que el líquido helado le cayera en los dientes. Tragó; sintió un estremecimiento. —Es de una empresa. Grande. Se suponía que yo iba a sacar a su padre, pero él la envió en su lugar. Entonces alguien voló todo el lugar de operaciones, algo como una minibomba nuclear. A duras penas pudimos salir. Hasta aquí. —Pasó la botella a Rudy.— No te emborraches, Rudy. Cuando te asustas, bebes demasiado.
Rudy lo miró fijamente, ignorando la botella. — Arizona —dijo—. Salió en las noticias. México sigue quejándose. Pero no fue nuclear. Han ido equipos, han revisado todo. No fue nuclear. —¿Qué fue?
—Piensan que fue un misil. Piensan que alguien puso un arma de hipervelocidad en un dirigible de carga e hizo volar una pista en ruinas en medio del desierto. Saben que hubo un dirigible cerca de allí, y hasta ahora nadie lo ha encontrado. Se puede armar un misil capaz de desintegrarse por completo al detonar. A esa velocidad el proyectil puede haber sido cualquier cosa.
Unos ciento cincuenta kilos de hielo alcanzarían. —Tapó la botella y la dejó sobre el mostrador, a su lado. — Toda esa área pertenece a la Maas, a los Biolaboratorios Maas, ¿verdad? Han salido en las noticias, los de la Maas. Cooperando en todo con las distintas autoridades, por supuesto. Así que eso nos dice de dónde sacaste a tu nena, supongo.
—Seguro. Pero no me dice quién disparó el misil. O por qué.
Rudy se encogió de hombros.
—Será mejor que vengáis a ver esto —dijo Sally desde la puerta.
Mucho más tarde, Turner estaba sentado con Sally en el porche. Finalmente la chica había caído en algo que el EEG de Rudy llamaba sueño. Rudy había regresado a uno de sus talleres, tal vez con su botella de vodka. Había luciérnagas alrededor de las matas de madreselva junto al portón de malla de acero. Turner descubrió que si entrecerraba los ojos, desde su asiento en el sillón del porche casi podía ver un manzano que ya no estaba, un árbol del que una vez había colgado una cuerda con una viejísima rueda de automóvil. Entonces también había luciérnagas, y los talones de Rudy golpeaban sobre un palmo de tierra dura y seca cada vez que se impulsaba en el arco del columpio, echando las piernas hacia adelante, y Turner yacía boca arriba en la hierba, mirando las estrellas...
—Lenguas —dijo Sally, la mujer de Rudy, desde la quejumbrosa silla de paja. Su cigarrillo era un ojo encendido en la oscuridad—. Hablando en las lenguas.
—¿Qué?
—Lo que estaba haciendo tu muchachita, allá arriba. ¿Sabes algo de francés?
—No, no demasiado. No sin un lexicón.
—Parte de lo que dijo me sonó a francés. —Por un instante, cuando sacudió la cabeza, la brasa roja fue como una herida. — Cuando era pequeña mi viejo me llevó una vez a un estadio, y vi a la gente dando testimonio y hablando en lenguas. Me asustó. Creo que hoy, cuando ella empezó, me sentí más asustada que entonces.
—Rudy grabó el final, ¿verdad?
—Sí. ¿Sabes?, Rudy no está del todo bien. Es por eso que volví a instalarme aquí. Le dije que no me quedaría a menos que se compusiese, pero entonces se puso peor, así que hace poco más de dos semanas que volví. Estaba a punto de irme cuando tú apareciste. —La brasa del cigarrillo voló en arco sobre la baranda y cayó en la gravilla que cubría el patio.
—¿La bebida?
—Eso y los mejunjes que cocina en el laboratorio. ¿Sabes?, ese hombre sabe un poquito de casi todo. Todavía tiene muchos amigos, por todo el país; les he oído contar cosas de cuando tú y él erais críos, antes de que te marcharas.
—También él debería haberse ido.
—Odia la ciudad. Dice que si de cualquier forma todo llega por línea, ¿para qué tienes que irte allá?
—Yo me fui porque aquí no pasaba nada. Rudy siempre podía encontrar algo que hacer. Todavía puede, por lo visto.
—De todas maneras, deberías haberte mantenido en contacto. El .te quería aquí cuando vuestra madre estaba muriendo.
—Yo estaba en Berlín. No podía dejar lo que estaba haciendo.
—Supongo que no. Tampoco yo estaba aquí. Llegué más tarde. Aquél fue un buen verano. Rudy me acababa de sacar de un club de mala muerte en Memphis; llegó una noche con un grupo de amigos del campo, y al día siguiente yo estaba aquí, sin saber realmente por qué. Excepto porque él era bueno conmigo, en aquellos días, y gracioso, y le dio tiempo a mi cabeza para que yo me calmara un poco. Me enseñó a cocinar. —Rió.— Me gustaba hacerlo, sólo que tenía miedo de esos malditos pollos de ahí atrás. —Se puso de pie para estirarse; la vieja silla volvió a crujir, y él notó lo largas que eran sus bronceadas piernas, su olor y calor de verano, cerca de su cara.
Ella le puso las manos en los hombros. Los ojos de él quedaron a la altura de la franja de vientre moreno que sus pantalones cortos dejaban al descubierto; su ombligo era una sombra tenue, y, recordando a Allison en la habitación blanca y vacía, quiso aproximar la cara, saborearlo todo... Le pareció que ella se inclinaba un poco, pero no estaba seguro.
—Turner —dijo—, estar aquí con él a veces es como estar sola...
Y se levantó, con el ruido de la vieja cadena del columpio en la parte donde los pernos estaban atornillados a fondo en la canaleta del techo del porche, pernos que su padre podría haber puesto cuarenta años atrás; y besó su boca cuando ésta se abría, suspendido en el tiempo por la charla y las luciérnagas y los subliminales detonadores del recuerdo, de modo que tuvo la impresión, mientras subía sus manos por la calidez de la espalda desnuda, bajo la camiseta blanca, de que las personas en su vida no eran cuentas hilvanadas en un I hilo secuencial, sino apiñadas como quanta, de modo que la conocía tanto como conocía a Rudy, o a Allison, o a Conroy, tanto como conocía a la niña que era la | hija de Mitchell.
—Eh —susurró, librándose del beso—, sube conmigo.
Capítulo 18
Los nombres de los muertos
Alain llamó a las cinco y ella, luchando por controlar el asco que le provocaba aquella muestra de avaricia, verificó que disponía de la suma requerida por él. Copió la dirección cuidadosamente en el reverso de una tarjeta que había tomado del escritorio de Picard en la Galería Roberts. Andrea regresó del trabajo diez minutos después, y Marly se alegró de que su amiga no hubiese estado allí durante la llamada de Alain.