Miró a Andrea que trababa la ventana abierta de la cocina con un raído ejemplar de lomo azul del segundo tomo del Shorter Oxford English Dictionary, sexta edición. Andrea había instalado allí una especie de anaquel de madera contrachapada, sobre el saliente de piedra, lo bastante amplia para soportar el pequeño hibachi que tenía debajo del fregadero. Ahora estaba disponiendo con mucho esmero los negros cubos de carbón sobre la parrilla. —Hoy estuve hablando de tu jefe —dijo, colocando el hibachi en el anaquel y prendiendo fuego a la verdosa pasta inflamable con el encendedor a chispas de la cocina—. Nuestro académico ha vuelto de Niza. Está extrañadísimo de que haya escogido a Josef Virek como mi foco de interés, pero como es un viejo lascivo estaba más que contento de poder charlar.
De pie junto a ella, Marly contemplaba las llamas casi invisibles que lamían los contornos del carbón.
—No dejó de referirse a los Tessier-Ashpool —prosiguió Andrea—, y a Hughes. Hughes vivió desde mediados hasta finales del siglo veinte; era americano. También está en el libro, como una especie de proto-Virek. No sabía que la Tessier-Ashpool había comenzado a desintegrarse... —Regresó al fregadero y desenvolvió seis grandes langostinos.
—¿Ellos son francoaustralianos? Recuerdo haber visto un documental, creo. ¿No son dueños de uno de los grandes centros de entretenimiento?
—Zonalibre. Ahora está vendido, me dice mi profesor. Parece que una de las hijas del viejo Ashpool consiguió alcanzar el control de toda la entidad empresarial; se hizo cada vez más excéntrica, y los intereses del clan se fueron al diablo. Todo en los últimos siete años.
—No veo qué tiene que ver eso con Virek —dijo Marly, mirando a Andrea que ensartaba los langostinos en una larga aguja de bambú.
—Estamos en las mismas. Mi profesor sostiene que tanto Virek como Tessier-Ashpool son unos anacronismos fascinantes, y pueden aprenderse cosas acerca de la evolución del empresariado observándolos a ellos. Ha convencido a muchos de nuestros directores literarios, en cualquier caso...
—Pero, ¿qué dijo sobre Virek?
—Que la demencia de Virek tomaría otra forma.
—¿Demencia?
—En realidad, evitó llamarlo así. Pero parece ser que Hughes estaba loco de remate, y el viejo Ashpool también, y su hija, totalmente extravagante. Dijo que Virek se vería forzado, por presiones evolutivas, a dar una especie de «salto». «Salto», eso fue lo que dijo.
—¿Presiones evolutivas?
—Sí —dijo Andrea, llevando los langostinos ensartados al hibachi—. Habla de las empresas como si fueran algún tipo de animal.
Después de la cena salieron a caminar. Marly se encontró, por momentos, esforzándose para percibir el me carlismo imaginado de la vigilancia de Virek, pero Andrea llenó la noche con su calidez habitual y su sentido común, y Marly agradecía el caminar por una ciudad donde las cosas eran simplemente lo que eran. En el mundo de Virek, ¿qué podía ser simple? Recordó el pomo de bronce, la forma tan indescriptible en que se había movido cuando la hizo entrar en el Parque Güell recreado por Virek. ¿Estaría siempre allí?, se preguntó, ¿en el parque de Gaudí, en una tarde que nunca terminaba? Señor es rico. Señor dispone de innumerables formas de manifestación. Se estremeció en el cálido aire de la noche, se acercó más a Andrea.
Lo siniestro de una construcción de simestim, en realidad, era que conllevaba la sugestión de que cualquier entorno podía ser irreal, que las vitrinas de las tiendas frente a las que pasaba ahora junto a Andrea podían ser ficciones. Los espejos, dijo alguien una vez, de alguna manera eran esencialmente inmorales; las estructuras lo eran aún más, resolvió.
Andrea se detuvo en un quiosco para comprar sus cigarrillos ingleses y el último Elle. Marly la esperó en la calzada, donde el tráfico peatonal se apartaba automáticamente al llegar a ella; rostros que desfilaban, estudiantes, hombres de negocios y turistas. Algunos de ellos, supuso, formaban parte de la máquina de Virek, estaban conectados a Paco. Paco con sus ojos marrones, su desenvoltura, su seriedad, los músculos moviéndose bajo la camisa de suave algodón. Paco, que había trabajado para Señor toda la vida...
—¿Qué te pasa? Parece que te hubieras atragantado con algo —dijo Andrea, quitando el celofán de su paquete de Silk Cut.
—No —dijo Marly, y tembló—, pero tengo la impresión de que estuve a punto...
Y de regreso a casa, pese a la conversación de Andrea, los escaparates de las tiendas se habían convertido en cajas, cada una de ellas, construcciones, como las obras de Joseph Cornell o del misterioso hacedor de cajas que Virek buscaba, los libros y las pieles y los algodones italianos dispuestos de modo tal que sugerían formas geométricas de deseos sin nombre.
Y al despertar, una vez más, con la cara ahogada en el sofá de Andrea, el edredón rojo alrededor de los hombros, oliendo café, mientras Andrea tarareaba una canción pop de Tokio en la habitación de al lado, vistiéndose, en una lluviosa mañana de París.
—No —dijo a Paco—. Prefiero ir sola.
—Es mucho dinero. —Bajó la mirada hacia el bolso italiano que estaba sobre la mesa del bar.— Es peligroso, ¿entiende?
—Nadie sabe que yo lo tengo, ¿no es así? Sólo Alain. Alain y tus amigos. Y no he dicho que vaya a ir sola, sólo que no tengo ganas de que me acompañen.
—¿Pasa algo malo? —Arrugas de seriedad en las comisuras de sus labios. — ¿Está usted enojada?
—Sólo quiero decir que prefiero estar sola. Tú y los otros, quienquiera que sean, estáis invitados a seguirme, a seguirme y a observar. Si me perdierais, cosa que dudo, estoy segura de que tienes la dirección.
—Eso es cierto —dijo él—. Pero que usted lleve consigo varios millones de Nuevos Yens, sola, por París... Se encogió de hombros.
— ¿Y si los perdiese? ¿Señor lo registraría? ¿O habría otro bolso, otros cuatro millones? —Tomó el asa del bolso y se puso de pie.
—En efecto, habría otro bolso, aunque requiere un cierto esfuerzo de nuestra parte reunir esa cantidad en efectivo. Y, no, Señor no «registraría» su pérdida, en el sentido que usted le da, pero yo sería amonestado hasta por la pérdida sin objeto de una suma inferior. Los que son muy ricos tienen la característica común de cuidar su dinero, ya lo verá.
—Así y todo iré por mis propios medios. No sola, pero déjame con mis pensamientos.
— Su intuición.
—Sí.
Si la seguían, y de eso estaba segura, estaban más invisibles que nunca. Además, lo más probable era que no vigilasen a Alain. Sin duda alguna, la dirección que él le diera aquella mañana ya estaría siendo observada, estuviese él allí o no.
Ella sentía hoy una fuerza nueva. Le había hecho frente a Paco. Era algo que tenía que ver con su repentina sospecha, la noche anterior, de que Paco pudiera estar allí en parte para ella, con su humor, su virilidad y su deliciosa ignorancia del arte. Recordó a Virek diciendo que ellos sabían más acerca de su vida que ella misma. ¿Qué forma más sencilla tenían ellos, entonces, de rellenar esos últimos vacíos del tablero que era Marly Krushkhova? Paco Estévez. Un perfecto desconocido. Demasiado perfecto. Se sonrió a sí misma en una pared de espejo azul cuando la escalera la hacía descender hacia el metro, complacida por el corte de su pelo negro y el austero pero elegante marco de titanio de las gafas oscuras Porsche que se había comprado esa mañana, los labios nada mal, en verdad; y un chico delgado, de camisa blanca y chaqueta negra de cuero le sonrió desde la escalera de subida; llevaba una enorme carpeta portafolio negra bajo el brazo.