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Estoy en París, pensó. Por primera vez desde hace mucho tiempo; sólo eso parecía motivo suficiente para sonreír. Y hoy voy a darle a mi asqueroso y necio ex amante cuatro millones de Nuevos Yens, y él me dará algo a cambio. Un nombre, o una dirección, tal vez un número de teléfono. Compró billete de primera clase, el coche estaría menos lleno, y podría pasar el tiempo adivinando cuál de sus colegas pasajeros pertenecía a Virek.

La dirección que Alain le diera, en un tétrico suburbio del norte, estaba en una de las cerca de veinte torres de hormigón que se alzaban sobre una planicie del mismo materiaclass="underline" especulación inmobiliaria de mediados del siglo anterior. Ahora la lluvia caía con fuerza, pero era como si, de algún modo, estuviese en connivencia con ella; le daba al día un aire de confabulación, y goteaba sobre el elegante bolso de caucho repleto con la fortuna de Alain. Qué raro pasear por aquel desagradable paisaje con millones bajo el brazo, a punto de recompensar a su absolutamente pérfido ex amante con aquellos fardos de Nuevos Yens.

No hubo respuesta cuando pulsó el botón intercomunicador correspondiente al número de apartamento. Detrás de un vidrio blindado, un vestíbulo sombrío, completamente desnudo. La clase de lugar donde enciendes las luces al entrar; se apagan de nuevo, invariablemente antes de que el ascensor haya llegado, y te dejan esperando en medio de olor a desinfectante y aire cansado. Tocó otra vez. —¿Alain? —Nada.

Intentó abrir la puerta. No estaba bloqueada. No había nadie en el vestíbulo. El ojo muerto de una abandonada cámara de vídeo la miraba a través de una película de polvo. La acuosa luz de la tarde se filtraba desde la planicie de hormigón que había dejado a sus espaldas. Con los tacones de las botas resonando sobre las baldosas, se dirigió hasta la columna de ascensores y pulsó el botón 22. Se oyó un golpe sordo y hueco, un quejido metálico y uno de los ascensores comenzó a bajar. Los indicadores de plástico encima de la puerta permanecían apagados. La cabina llegó con un gemido chillón y agonizante. —Cher Alain, has caído en lo más bajo. Este lugar es la mierda, de verdad. —Cuando las puertas se abrieron a la oscuridad de la cabina, Marly buscó a tientas la tapa de su monedero de Bruselas, de bajo del bolso italiano. Encontró la achatada linternita verde de metal que llevaba consigo desde su primer paseo por París, con la cabeza del león del emblema de Pile Wonder grabado en relieve en la parte frontal, y la sacó. Uno puede encontrarse con muchas cosas en los ascensores de París: los brazos de un atracador, una humeante cagada de perro fresca...

Y el débil haz iluminando los cables color plata, aceitados y lustrosos, balanceándose suavemente en la columna vacía, la punta de su bota derecha ya a centímetros del otro lado del desgastado borde de metal de la plancha sobre la que estaba parada; su mano llevando automáticamente hacia abajo el haz de luz, aterrorizada, bajándolo hacia el techo de la cabina, lleno de polvo y basura, dos niveles más abajo. Percibió una extraordinaria cantidad de detalles durante los segundos en que la luz osciló sobre el ascensor. Pensó en un minúsculo submarino recorriendo los acantilados de un abisal monte suboceánico; luz quebradiza titubeando sobre una mancha de cieno desde hacía siglos intacta: un suave lecho de antiguo hollín, una cosa seca y gris que alguna vez había sido un condón, el brillante reflejo de arrugados trozos de papel de aluminio, el frágil cilindro y el émbolo blanco de una jeringa para diabéticos... Sujetó el borde de la puerta con tal fuerza que le dolieron los nudillos. Muy despacio, retrocedió alejándose del pozo. Un paso más y apagó la linterna.

—Maldito seas —dijo—. Oh, Jesús.

Encontró la puerta que daba a la escalera. Volvió a encender la linterna y comenzó a subir. A los ocho pisos el aturdimiento comenzó a desvanecerse; ahora temblaba; las lágrimas le arruinaban el maquillaje.

Otra vez golpeando la puerta. Era de madera prensada recubierta por una lámina en espantosa imitación de palo de rosa; el grano litográfico apenas visible a la luz de la única cinta biofluorescente del largo corredor. —Maldito seas. ¿Alain? ¡Alain! —El miope ojo de pez de la mirilla de la puerta la miraba, ciego y vacío. El pasillo apestaba: olores de cocción embalsamados en el alfombrado sintético.

Intentando abrir la puerta, el pomo girando, el bronce barato frío y grasiento, y la bolsa de dinero de pronto pesada, la cinta cortándole el hombro. La puerta abriéndose con facilidad. Un corto trecho de alfombra anaranjada, con rectángulos irregulares de rosado salmón; decenios de polvo apelmazado definiendo un sendero regular por el paso de miles de inquilinos y sus visitantes...

—¿Alain? —Olor a tabaco negro francés, casi reconfortante...

Y lo encontró allí, en esa misma luz acuosa, luz de plata, el volumen sin rasgos de otras torres más allá del rectángulo de una ventana, un fondo de pálido cielo lluvioso, donde él yacía acurrucado como un niño sobre la asquerosa alfombra anaranjada; su columna, un signo de interrogación bajo la tirante espalda de su chaqueta de pana verde botella, la mano izquierda abierta sobre la oreja, dedos blancos, un tenue tinte azul en la base de las uñas.

Arrodillándose, le tocó el cuello. Supo. Tras la ventana, toda la lluvia deslizándose, para siempre. Acunándole la cabeza, las piernas abiertas, sujetándolo, meciéndolo, balanceándose, la sensación de animal triste llenando el desnudo rectángulo de la habitación... Y después de un rato, notando la cosa punzante bajo la palma de la mano, la punta limpia y perfecta de un alambre muy delgado, muy rígido, que le salía de la oreja y pasaba entre los dedos extendidos y fríos.

Horrible, horrible, ésa no era forma de morir; se puso de pie, ira, las manos como garras. Para explorar la silenciosa habitación donde había muerto. Nada que evocara su presencia, nada, sólo su raído maletín. Abriéndolo, encontró dos cuadernos de espiral, páginas nuevas y limpias, una novela no leída pero muy en boga, una caja de cerillas de madera, y un paquete medio vacío de Gauloise. La agenda de Browns forrada en piel no estaba. Palpó la chaqueta, deslizó los dedos en sus bolsillos, pero no estaba.

No, pensó, tú no lo habrías escrito ahí, ¿verdad que no? Pero nunca podías recordar un número o una dirección, ¿verdad que no? Volvió a buscar por la habitación, una extraña calma se apoderaba de ella. Tú tenías que anotar las cosas, pero eras reservado, y no confiaste en mi librito de Browns, no; conocías a una chica en un café y anotabas su número en una caja de cerillas o en el reverso de algún papel, y lo olvidabas, para que yo lo encontrara semanas después, al ordenar tus cosas.

Entró en el minúsculo dormitorio. Había una silla plegable roja, y una plancha de gomaespuma amarilla y barata que hacía las veces de cama. La espuma estaba marcada con una mariposa marrón de sangre menstrual. Levantó el colchón, pero no había nada.

—Habrás tenido miedo —dijo, la voz le temblaba con una furia que no trató de comprender, las manos frías, más frías que las de Alain, pasándolas por el empapelado rojo buscando alguna junta descolada, un escondite—. Pobre estúpido de mierda. Pobre estúpido muerto...

Nada. Otra vez a la sala, y sorprendida de algún modo de que él no se hubiese movido; esperando verlo saltar, «hola», haciendo ondear unos centímetros de alambre trucado. Le quitó los zapatos. Necesitaban suelas nuevas, nuevos tacones. Buscó dentro, tocó la tela. Nada. —No me hagas esto. —Y otra vez al dormitorio. El estrecho armario. Apartando a un lado un manojo de baratas perchas blancas de plástico, una fláccida funda de lavandería. Arrastrando la plancha de gomaespuma hacia el armario y subiéndose encima, los tacones hundiéndose en la espuma, para deslizar las manos por la tabla del anaquel, en el rincón del fondo, un pliegue de papel duro, rectangular y azul. Abriéndolo, viendo cómo las uñas que con tanto cuidado se había arreglado estaban agrietadas, y encontrando el número que él había escrito allí con rotulador verde. Era un paquete vacío de Gauloise.